UNA PUTA LLAMADA BERTA.

            A Berta no le hizo mucha gracia tener que bajar al bar de la esquina para cambiar el billete con el que su último cliente  -al menos por esa noche-  pagaba por el servicio prestado. De aquel billete solo una cuarta parte se la echaría al bolso, el resto pasaría a ser  -como lo era ella-  de la propiedad de El Travieso, el chulo que regentaba la mayor parte del Parque de las Avenidas.

            Su apodo venía dado al carácter inquieto  que poseía desde la infancia; las travesuras habían sido y seguían siendo una constante en su vida. Algunas tan irrelevantes como  meter a un gato callejero en un saco de cáñamo y someterlo a incontables vueltas para más tarde sacarlo de él. El pobre animal salía como alma que lleva al diablo dando maullidos, llevándose a todo lo que se le pusiera por delante y que pudiese impedir la fuga por hallar un rincón donde guarecerse. Pero aquellas travesuras infantiles se fueron complicando un poco más a medida que iba haciéndose mayor. Ya no se conformaba con torturar a pequeños animales, o sustraer del monedero de su madre unas monedas para ir a comprar petardos y colocarlos bajo la silla de la abuela. Aquello había quedado en el pasado, junto a su inocencia, ahora lo que se traía entre manos era mucho más serio, llegando a ponerse en riesgo en numerosas ocasiones. Pero  El Travieso, se había acostumbrado a que su vida estuviera  amenazada un día sí y otro también. Había adquirido un compromiso con la suerte dando por sentado que si esta, algún día, se le ocurriera darle la espalda lo tendría francamente mal. Asumiendo que sus días en la tierra habrían llegado a su fin.

            Sus comienzos no fueron otros que trapichear con mercancía robada que posteriormente revendía en el barrio. Los beneficios que percibía con aquellas operaciones no eran del todo satisfactorios para un hombre en el que la ambición se había apoderado de su ego; teniendo que ampliar su negocio con el tráfico de drogas. Al principio fue cauteloso y solo traficaba con pocas cantidades, tales como: las papelinas, para adentrarse con el tiempo en el territorio donde la heroína era la reina. Se había convertido en un «Camello» en un abrir y cerrar de ojos.

            Muchos de sus clientes eran fulanas que, necesitadas de «ponerse un pico» para afrontar las largas noches de insomnio, se acercaban a él para «ir a pillar». Carentes de afectos, se fueron dejando engatusar por bonitas palabras de aquel que les suministraba sus dosis diarias; creándoles una adicción hacia él tan fuerte o más que la heroína que corría por sus venas. Así fue como poco a poco, a base de infundirles una falsa confianza y un burdo respeto, se hizo con  una veintena de chicas que trabajaban para él sin descanso. Se sentía el puto amo del mundo, rodeado de lealtades muy bien pagadas y de almas encomendadas al diablo como la suya.

            Ninguna de ellas sobrepasaba los veintiséis años de edad, formando así una plantilla de jóvenes forzadas a complacer todas y cada una de las necesidades de cualquier cliente por muy exigente que fuese. Incluso de aquellos que tenían ciertas «rarezas» a la hora de satisfacerlos.

            El Dios Todopoderoso en su territorio, en lo más alto, y mucho más abajo  -en el inframundo-  el resto. Donde subsistían personas devotas a su quehacer  por su condición, y entre las cuales se hallaba Berta.

                                   EL SUEÑO DE BERTA.

            Llevaba dos años en la ciudad que la acogió junto con  sus trece compañeras de viaje. Por aquel entonces la esperanza de tener una nueva vida le hacía estar ilusionada. Atrás dejaba un mundo sórdido, del que no quería volver a saber más…

          «Era de noche y todos se habían ido a dormir. De repente, unos ruidos les hicieron  despertar de un sobresalto. Un grupo de asaltantes habían tomado el pueblo donde vivían. Abadau Kagara se había convertido en una hoguera gigantesca al mismo tiempo que ráfagas de proyectiles sobrevolaban sobre sus cabezas. Tras haber asesinado a sus padres, a los varones  se los llevaron para reclutarlos a grupos armados, y a las mujeres  -especialmente niñas-  para el tráfico con personas; explotación sexual.

         Deambularon varios días por las montañas con lo puesto. Muertas de frío y de hambre, llevadas a empujones e incluso arrastradas por caminos de fango. Para dormir las amontonaban, a empellones, con los rifles que portaban. Ese era el único momento del día donde podían recibir, las unas de las otras, el escaso calor que emitían sus diminutos e infantiles cuerpos. Así hasta que, finalmente, una tarde donde la lluvia había caído con más virulencia, llegaron a Maidugury (capital del Estado de Borno). Una vez allí  fueron metidas en una nave sin agua y sin comida, a la espera de saber qué es lo que iban a hacer con ellas. A la mañana siguiente, dos hombres muy bien vestidos, con trajes impolutos, se fueron repartiendo el grupo examinando exhaustivamente la mercancía. Ella fue a parar a la parte trasera de una camioneta, en la que emprendería un largo viaje. Viaje que la llevaría a una vida mejor, donde tendrían un trabajo digno, donde estarían a salvo de tanta barbarie… Nigeria era ya el pasado».

          De esta forma llegaron a la gran ciudad, Madrid, donde se suponía se iba a hacer realidad todo lo que se les había prometido. No tardaron mucho en darse cuenta de que su libertad pendía de una gran suma de dinero, y que solo ejerciendo la prostitución callejera podrían obtenerla.

      Para poder soportar  la asquerosa  vida que estaba obligada a llevar, una compañera le aconsejó  tomar cierta sustancia que contrarrestaría  los  efectos causados  por dicha profesión. El dolor sería menos dolor y el sufrimiento menos sufrimiento. Y aceptó, claro que aceptó, aquello que le ofrecía  El Travieso  no podía ser tan malo si era capaz de borrar las huellas  de todos los que manoseaban su cuerpo. Pero por más que lo intentaba todo era inútil, las huellas seguían estando allí, junto con sus alientos podridos y sus embestidas toscas y torpes  por satisfacer sus instintos animales. Porque eso es lo que eran para ella; auténticos animales. Su sueño se había ido al traste, aunque en un esfuerzo de no perder la esperanza -porque  según la bella Pandora «La esperanza es lo último que se pierde»-; Berta consiguió tener otro sueño, pero tan imposible de lograr como lo fue el primero. Soñaba  que una noche la rescatara su Edward particular y poder transformarla en su Pretty Woman. Pero ni ella era Vivian, ni el lugar donde trabajaba era Hollywood Bulevard. Allí no había grandes ejecutivos, collares de diamantes y rubíes, ni tampoco entradas para La Traviata. El mundo que la rodeaba carecía de ese glamur. El único que vestía con traje era El Travieso, y distaba mucho de ser su Pigmalión. Con porte y  hechuras de chulo barato, la había sometido y vejado al punto de no ser persona, a no saber contar si uno más uno son dos o es uno más, de perder la cuenta de los días que llevaba trabajando bajo su yugo, o de los suyos propios.

         A veces se contemplaba en el espejo, y veía a la niña que fue arrancada  de los brazos de sus padres; inocente y miedosa, mientras que en otras ocasiones, veía a una niña avejentada, pero aún con miedo. Inmediatamente daba la espalda a aquel reflejo que tanto daño le hacía, se enfundaba sus largas botas, se subía la falda de cuero hasta el límite permitido  -donde las piernas dejan de ser piernas- y acomodaba los pechos en un escaso sujetador que, más que esconder, incitaba a asomarse a aquel canalillo hecho con tanto esmero, perfecto y agitado al mismo tiempo. Salía de la habitación a la que, con un poco de  suerte, regresaría minutos más tardes; eso supondría que la noche comenzaba bien. La noche, una más, otra de tantas…

VUELTA AL HOGAR.

«Con el tiempo se pasa» le dijeron en una ocasión.

          Pero a Berta nunca se le fueron las náuseas después de un polvo mal echado.  Con el estómago revuelto intentaba finalizar cada trabajo y salir lo más airosa posible.  A su entender, no hubiera sido de profesional el haberles vomitado encima; aunque hablando de perversiones… aún quedaba  mucho por escribir.

       Cada día que pasaba embutida, en aquel asqueroso uniforme, exhibiendo su anatomía de forma grotesca, se iba dando cuenta que para liberarse de él debería de transcurrir mucho más tiempo. Tiempo que, por otro lado,  se le iba de las manos; cargado de lamentables días y sombrías noches.

          Alguna que otra vez había llegado hasta sus oídos comentarios ajenos al mundo donde pertenecía:

             «¡Mirad, parece una puta!»

          Pero es que era una  PUTA; con todas las letras y el significado extenso de la palabra. Ella no había nacido para aquello. En realidad no sabía para qué lo había hecho, pero para aquello estaba segura que no.

            ¿En qué momento alguien decidió que lo mejor para ella era llevar esa vida de mierda? ¿Acaso ese alguien sabía de sus miedos, de sus inseguridades, de sus pesadillas?

             Las reflexiones eran cada vez más frecuentes, y cada una de ellas iba acompañada por un «chute». Por  minutos  (siempre el tiempo, el cruel y endemoniado tiempo), el malestar por la ausencia de droga cesaba. El cerebro dejaba de sufrir; se había reprogramado para responder tan solo a los estímulos de su maldita adicción. El cuerpo se desprendía de su parte física, material, y emprendía un viaje hacia sus orígenes. Allí donde se sentía amada, protegida, feliz… Al rato, regresaba al sofá donde su figura corpórea  había permanecido tendida; a la espera.

            Pero un día se negó a volver, el sueño le pareció más real que nunca. Se despojó de aquellas ropas, viéndose desnuda ante las lodazales aguas del Kaduna; retuvo la respiración, cerró los ojos… Nasha había regresado al lugar donde siempre había pertenecido; despertando en temporada de lluvias.

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