CULPAS.

Me voy apagando lenta, muy lentamente. Mis ojos se mantienen entreabiertos a duras penas. Mi cuerpo -fatigado por tanta lucha- reposa en la cama intacta, cubierto tan solo por una manta de Cachemir. No es de Hermès ¡qué decepción! Aunque tengo que decir, que cuando la desenvolví del papel regalo, los ojos me hicieron chiribitas. Busqué desesperadamente algo que me dijera que no era una manta cualquiera, pero no lo hallé. Miré la etiqueta y me di de bruces con la realidad: «Manta Tema de quinientos once gramos aprox. Color liso con flecos decorativos. Realizada en un 80% de lana y un 20% ciclo de lana de Cachemira. Extra suave, bla, bla, bla… Zara Home». No quiero ser desagradecida pero se podían haber estirado un poco más, con que hubieran puesto cien euros de nada por cabeza… ahora estaría cubierta por una enorme «H» de la colección Altaï. Cien por cien natural, de procedencia la India, ultra delicadas pero espectaculares.

          Siempre me había imaginado mi muerte como algo sensacional, no por el hecho en sí, sino por el esmerado trabajo de cuidar hasta el más insignificante de los detalles -una manta- por ejemplo. Llevaba meses preparándola así que no podía fallar nada.

        «Tras unas lista interminable de llamadas al móvil de los grupos de contactos de familia y amigos, comenzarían a buscarme y ¡cómo no! el primer lugar sería mi casa. Tina -mi mejor amiga- le habría dicho a Jorge -mi otro mejor amigo- que la acompañase a casa. Entrarían con la copia de llaves que le hice cuando me mudé a vivir a esta zona. Más cerca de ella. En primer lugar harían sonar el timbre varias veces, y al no obtener respuesta, harían uso de las mismas. Una vez dentro, recorrerían el angosto pasillo y cada una de las estancias gritando mi nombre; hasta llegar al lugar donde yo les estaba esperando hacía varias horas.

         »Llantos y más llantos de dolor, desesperación, incredulidad… Y siempre la misma pregunta: ¿Por qué?… ¿Por qué?… ¿Por qué?… No había motivos -al menos aparentes- para querer quitarme la vida. ¡Y ahí estaba yo! Cual Ofelia flotando en las frías aguas de un lago (debo decir que esa fue mi primera opción); pero finalmente me decanté por una muerte más placentera, el solo hecho de pensar que la muerte me encontrara sumergida en la bañera me parecía una falta de glamour total».

         ¡La muerte no es cualquier cosa, y mucho menos si es la de una; por favor! Hay personas que frivolizan con el tema sin darle su merecido reconocimiento, sin importarles lo más mínimo cómo las hallen, dónde y a quienes afecten. Esa clase de conducta me altera muchísimo, la dejadez, la pasividad, esa falta de creatividad… me exaspera. Originan su muerte como ¡si tal cosa!, ¡así mismo! ¡de cualquier forma!, ¡qué más da! Realmente me indigna, y a mí, como suicida, me ofende.

           Sentirían un miedo atroz, paralizándolos al instante. Me mirarían fijamente, sin dar crédito a lo que estaban viendo. Minutos más tarde se acercarían a mí, y es ahí donde hallarían el frasco de pastillas sobre la mesilla y una carta dirigida a ambos:

Para Tina y Jorge

«Mis queridos amigos:

          Siento el haceros pasar por todo esto, pero es la única manera que he hallado para poder continuar. Esto es solo un parón que hago en mi camino para poder retomarlo más tarde. Sin vosotros. Porque me hace daño veros juntos, felices y viviendo esa felicidad como si no hubiera un mañana. Os he amado a los dos, pero más a una que a otro, siendo para mí una auténtica tortura el disfrazar ese amor por amistad. Imagino que esta carta os debe parecer injusta, generando una especie de amor-odio hacia la persona que la ha escrito, pero es tan solo una declaración de intenciones donde explico el porqué de este acto. Me despido pidiéndoos perdón por el daño que os haya podido causar, excepto por la forma de haceros partícipes en mi decisión de alejarme de todo lo que me duele. Solo os pido que esta carta no llegue a manos ajenas, quedando el hecho a la incertidumbre. Gracias por tanto y por tantos años. Adiós».

          Y ese sería el broche de oro a mi obra. Ahora quedan los vítores y aplausos o en su defecto los abucheos y la repulsa. Pasen, vean y juzguen. Sin miedos porque yo ya no lo tengo.

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