LA VERDAD EMBUSTERA.

Tres días, tres días en los que vivo pegada a un teléfono con la esperanza de que llame; tres en los que mi cabeza no hace otra cosa que pensar en porqué no lo hace; tres en los que intento recuperar mi vida, la que tía antes de conocerlo, porque esta no es mía, es de él. Me ha ido robando poquito a poco sin que me diera cuenta que cada vez era menos yo y más él. Y, aún siendo consciente de todo ello, sigo aquí, en mi infinita estupidez de creer que si llamara, todo sería distinto, echándole de menos, mucho de menos. Y eso que fui yo la que puso un punto final, nada de comas, paréntesis o puntos suspensivos…

          Ni tan siquiera un punto y seguido, no me sirve; no lo quiero. Necesito algo que de sobra sé no me va a dar: un comienzo. Porque como mucho, él es de puntos y apartes, y a mí no me da la gana de racionar nuestra relación en párrafos para seguir contando lo mismo. Suena el teléfono, es él. Tal vez si lo dejara sonar hasta el último tono… si mi impaciencia se tranquilizara… si mi DESEO por escuchar de nuevo su voz no fuese tan mayúsculo…

          -¡Hola!

          -¡Hola! He estado pensando que tal vez podríamos hablar… Me he dado cuenta…

          «Podríamos hablar» «Me he dado cuenta», por eso ha tardado tanto en llamarme. Me quiere. Segura estoy que estos días lo ha pasado tan mal como yo. Y es que cuando dos personas se aman tanto, como nosotros, no pueden estar separadas; como mucho por dos renglones, nada más.

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