PLEGARIA.

« Me arrepiento Señor de todos y cada uno de mis pecados». Se decía mientras sujetaba fuertemente, con ambas manos, el crucifijo. Todas las tardes a eso de las seis y media, se arrodillaba en su reclinatorio, apoyaba sus brazos en el respaldo, y empezaba con la expiación de los delitos cometidos contra la fe de Cristo.

          Yo, junto con mi hermana -tres años mayor- solíamos expiarla por un agujero que había en la puerta de su dormitorio producido por la carcoma. Tengo que apuntar, que ésta, no solo había destruido la puerta que separaba a mi tía del resto del mundo, sino también todo lo que había en el interior de aquel cuarto; empezando por ella.

         El cuarto de mi tía era como un confesionario, pero a gran escala. Lleno de estampas de Santos a los que nunca llegué a ponerles nombre, como el sinfín de velas encendidas y que ella misma se encargaba de que nunca se llegasen a apagar. No sé si aquellas estatuillas le hicieron algún favor en todos los años en las que les estuvo rezando, pero por la vida que llevaba no creo que le hicieran mucho caso, haciendo oídos sordos a todas sus plegarias.

          En una ocasión, mi madre, -hermana de mi tía Marta- nos había llegado a comentar que un mozo del pueblo, la había pretendido en sus años de juventud. Que por aquel entonces, mi tía, danzaba por toda la casa exhibiendo un carácter alegre exento de complejos o de cualquier clase de prejuicios. Sus ojos, de color negro como el azabache, eran juguetones e intranquilos, y poseían el poder de contagiar a cualquiera que los mirase. Que en escasas ocasiones se recogía el pelo y que cuando lo hacía era tan solo un cordón de zapato el que lo sujetaba; dejando mechones acaracolados caer sobre un rostro mimado por el sol.

          ¡Sí que había sido guapa! Una linda morena como mandan los cánones -mientras observábamos con detenimiento la foto que había puesto mamá en nuestras manos-. Hipnotizando al objetivo y seguramente a quien se hallara tras él. Mi madre también lo era, pero de rasgos más sutiles, bien perfilados y elegantes, digamos que era como si le hubieran dibujado cada uno de ellos con suma delicadeza, borrando cualquier atisbo de imperfección. No así como los de mi tía; los suyos eran trazos gruesos, voluminosos, felinos… Una auténtica belleza salvaje.

         El porqué de su encierro sólo ella lo sabía, preservándolo de incómodos comentarios en su santuario, fuera de explicaciones y de toda lógica. Quiero imaginar que intentó ser de nuevo la joven de la fotografía. Porque otrora era mi viva imagen, y el solo hecho de pensar que el destino me había marcado de igual forma, me erizaba la piel, y un escalofrío húmedo recorría todo mi cuerpo echándolo a temblar. Presagiando que mi vida estaba a punto de cambiar.

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