SIN LÍMITE.

Mi padre siempre nos había dicho que solo quería lo mejor para nosotras. Y lo mejor -según su criterio- fue el abandonarnos una fría mañana de invierno. Aún recuerdo que aquel día el mercurio había rozado el límite de congelarme el alma.

          «Adiós Nica… debo marcharme. Eres demasiado pequeña aún para comprender los motivos reales que me llevan a tomar esta dura decisión… pero créeme que es la más acertada en estos momentos. Te quiero».

          Y se fue… Su corazón sentía la necesidad de despojarse del dolor, de cedérmelo a mí, de alejarse del abrazo que lo estaba asfixiando. Me quedé allí parada, frente a la puerta por la que minutos antes había desaparecido mi padre. Solo la voz de mamá a mis espaldas hizo que voltease la cara y dejara de mirar aquella maldita puerta cerrada.

          «No te preocupes cielo, todo va a ir bien. A partir de ahora mamá se ocupará de todo».

          ¡Me había leído la mente! Porque tras el portazo, miles de preguntas se fueron agolpando en mi cabeza: «¿Quién me llevará al colegio?» «¿Quién me dará el beso de buenas noches?» «¿Quién transformará mis rabietas por sonrisas?»

          Y aquel: «Yo me ocuparé de todo», era la respuesta a todas ellas.

          Aún así no pude correr hacia unos brazos que esperaban mi llegada. Habían sido demasiadas ausencias como para poder olvidarlas en un plis-plas.

          Mi madre era encantadora, ¡tanto!, que mi padre y yo éramos demasiado insignificantes para apreciarlo. Ella necesitaba de un público más instruido en esas clases de espectáculos. Y ese público solo lo podía hallar fuera de casa. Era lo que viene siendo: «Un alma inquieta», o lo que solía decir mi abuela materna: «Una irresponsable que ni tan siquiera el hecho de haber tenido una hija le había hecho sentar la cabeza. Una DES-VER-GON-ZA-DA».

          La verdad es que nunca tuve dudas de que me quisiera, aunque fuese en contadas ocasiones -que yo recuerde-. En esas ocasiones, dejaba aflorar lo que sentía por mí; y debo decir que me llegaba a conmover, haciéndome parecer la niña con más suerte del planeta. Me mostraba parte de ese mundo en el que ella era la principal protagonista y yo, una mera espectadora. En el cual reía, pero también lloraba. Porque una cosa siempre y por desgracia llevaba a la otra. Era ahí, en esos momentos de trance, en los que mi mamá volvía a casa por una corta temporada y se limitaba a hacer lo que se esperaba de ella: ser buena hija, hermana, esposa y madre. Supongo que eran demasiadas cargas para una persona acostumbrada a vivir para sí misma; así que de nuevo volvía a los aplausos callejeros y a los cumplidos ajenos.

          Pero esta vez resultó ser diferente a las anteriores. Ahora era mi padre el que se marchaba, temiéndome lo peor: No volvería. Y ese pensamiento sacudió mi cuerpo haciéndome ver que en un segundo me había quedado huérfana.

          Pasadas unas semanas, todo volvió a la normalidad -a la normalidad de mamá- obligando a mi abuela y a mi tía a hacerse cargo de una criatura de siete años. Yo no quería abandonarla ¡ lo juro!, pero mis súplicas de niña no sirvieron de nada. Mamá me echaría en falta cuando volviese del lugar donde me había dicho que iba a tardar un ratito de nada… Mientras que aquellas dos mujeres me llevaban cogida de las manos hacia mi nuevo hogar. Esperé vestida y sin deshacer la maleta, porque estaba segura de que vendría a buscarme, pero eso nunca sucedió. Vino pasados unos días, pero no a por mí, sino a reclamar y a mandarnos al mismísimo infierno… «¡Nica, tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida!» «¡Te quiero mucho cariño!»… vociferaba, intentando deshacerse de los empujones de mi abuela. Salí corriendo a su encuentro, pero fue demasiado tarde, de su rastro solo quedaba un jarrón roto en medio del pasillo, nada más. Me asomé a la ventana con la esperanza e ilusión de verla, pero hallé a una mujer sentada en la acera de enfrente, y a la que unos hombres le propinaban piropos burdos al ver sus fallidos intentos de ponerse en pie. Enjugué las lágrimas con la cortina y le di la espalda por primera vez a mamá.

          «Todo va a estar bien Nica, todo va a estar bien… » -Me repetía hasta el cansancio mi abuela, meciéndome en su regazo.

          Pero nunca había estado bien, no lo estaba, y probablemente nunca lo estaría. Las personas no cambian y sus hechos tampoco, pero mi mamá me quiere y yo quiero a mi mamá.

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