SIN MENTIRAS.

A mis cincuenta años recién cumplidos, podría comenzar a desahogarme, a soltar por la boca todo aquello que he ido guardando por no herir a terceras personas. Lo que se le viene llamando: «daños colaterales», o para que nos entendamos y expresarlo de una forma más simple y clara: «no joder al personal». Pero en esta etapa en la que me encuentro con sudores y sofocos, alteración del sueño, dolor de cabeza, sequedad en la piel… por no mencionar otros cambios en mi cuerpo que hace que las relaciones íntimas hayan ido disminuyendo con mi pareja; puedan llegar a comprender que muy poco o nada me importe lo que llegue a ocurrir con el resto del mundo. Que la irritabilidad -y todo lo demás- se la achaquen al estado por el que toda mujer tiene que pasar, y no a que mi marido me haya estado engañando estos dos últimos años.

         Y me digo: ¡Qué carajo! ¡Sólo yo tengo la culpa de que mi matrimonio se esté yendo al garete! He ido perdiendo tantas cosas en este periodo de tiempo, y las que aún mantengo, parecen ser tan poco atractivas para él, que es lógico que las haya tenido que buscar en otra parte.

          Entonces pienso: ¡Pero qué estoy diciendo! De nuevo a cuestas con estos malditos remordimientos. Él debería de estar aquí, apoyándome, aconsejándome, consolándome en un momento tan crucial para mí. Sin embargo, me ha abandonado para adentrarse en una cama más joven, de sábanas con olor a lilas, a sensualidad… Tampoco le han de faltar orquídeas rojas y amarillas, porque a él le gusta estar rodeado de belleza. De esta forma se dejará llevar; recorriendo caminos entre gemidos, caricias y besos hechos a fuerza de olvidar que ha de volver al lugar donde le corresponde. ¡Es tan caballeroso por su parte que tenga la decencia de querer seguir siendo mi marido, que no puedo por menos que aplaudir su desfachatez! Y aquí sigo, con esta ridícula y anticuada farsa, en la que mi dolor de cabeza le viene que ni pintado (igual a mí también). Me he alejado tanto de él, tanto de mí… que ni tan siquiera el saber lo que estamos haciendo con nuestras vidas me reconforta.

          De nuevo me viene otro sofoco, y mi corazón se pone a palpitar como si hubiera hecho una maratón… -Acabo de oír la puerta de casa-. Cierro los puños y cuento hasta diez para poder relajarme. Me doy la vuelta consiguiendo finalmente que mi respiración se asemeje a la de una persona que está dormida. Noto su cuerpo junto al mío y un vacío entre ambos. Da unos pequeños toques a la almohada y en cuestión de segundos, de nuevo, todo vuelve a la calma.

          Una vez más la desesperación, la aspereza, la susceptibilidad, el enojo y ¡qué sé yo!, vienen dados por mis cincuenta años de mujer. Pero quién sabe si algún día en un arranque de cólera -de los que sufro últimamente muy a menudo-, me pongo el mundo por montera y hago que todos mis síntomas sean debidos a una causa mucho más placentera, más ociosa, entre jacintos azules y púrpuras… ¿Quién lo sabría? Nadie. Porque la realidad seduce tanto o más que la propia fantasía.

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