INSTANTE.

Mi segundo día en Santa Pola y estoy decidida a conocer a alguien para pasar el resto de mis vacaciones así que me envuelvo en mi toalla pareo —no he conseguido nunca hacerme un vestido tipo oriental o con palabra de honor…— me cuelgo del hombro mi cesto tipo capazo con el fondo plateado y una estrella turquesa y por último, cubro los ojos con mis Blumarine con cristales en gris degradado que consiguen un look moderno y actual: ¡Ya estoy lista para la aventura!
Dirijo mis pasos en dirección playa Varadero, la recepcionista me ha comentado que es la mejor playa para conocer gente. —Debo decir que el tono que ha utilizado al decirme: «conocer gente» me ha sonado un tanto pícaro— pero aún así le he hecho caso ya que, he de confesar, que mi propósito es precisamente ése.

La playa está abarrotada así que extiendo mi toalla pareo en un hueco que hallo entre un grupo de jóvenes adolescentes rodeados de botellines de cervezas y una pareja de alemanes con los cuerpos totalmente carbonizados. Quiero pensar que no están aquí porque un grupo de médicos alemanes consideraron que las aguas de este litoral tienen propiedades especiales para problemas óseos y que esta ciudad tenga el plus de que al estar a nivel del mar, pueda favorecer la curación de ciertas enfermedades mentales.

Me embadurno con factor cincuenta y me dispongo a tomar el sol cuando un montón de arena invade mi espacio haciendo que ésta, se quede pegada a mi cuerpo. Me levanto rápidamente para verle la cara al individuo que ha mostrado ser un gañán pero ha desaparecido. La pareja de alemanes me señalan una espalda a dos sombrillas de distancia y sin encomendarme a nadie me voy directa hacia el susodicho. Le palmeo el hombro y éste se vuelve hacia mí descubriendo unos ojos en marrón oscuro que me miran sorprendidos por mi actitud un tanto altiva.

—Creo que no te has dado cuenta pero me has llenado la toalla de arena —digo sin saber muy bien por qué.

—¡Vaya, pues lo siento mucho! —Con una media sonrisa.

Seguramente está pensando: «Esta chica está majareta». Conque sin darle más motivos para ello me doy media vuelta y me marcho.

—¡Oye, pelirroja! —alzando la voz a mis espaldas— si quieres puedo recompensarte invitándote a una cerveza.

—Pienso: «¡Vaya, con ojos marrones, está resultando ser todo un caradura». Pero cedo sin más, siempre me han llamado la atención los atrevidos. —De acuerdo.

Permanecemos de pie junto a la barra —no sé cuánto tiempo llevamos así pero si hemos tomado cuatro cervezas a razón de quince minutos cada una, salen sesenta minutos, lo que equivale a una hora—. Soy una fanática de los números, todo tiene que estar relacionado con ellos. Si voy por una carretera tengo que sumar los números de todas las matrículas de coches que me voy encontrando, cuento desesperadamente los dedos de las manos de las personas con las que estoy, la distancia en pasos de las calles por las que ando… ¡una locura! Definitivamente tengo que hacérmelo mirar.

Vamos por la quinta —sumo otros quince— y comienzo a notar sus efectos. Él propone acercarnos al puerto, coger un barco taxi y pasar el resto del día en Tabarca. Acepto. «Pues debemos darnos prisa porque el último sale a las 14 h y no creo que esperen por nosotros» —comenta. Miro el reloj y efectivamente quedan 15 min 12 s… 11 s… 10 s… El tiempo justo para la sexta. Me lleva en volandas hasta que conseguimos llegar a la caseta donde se compran los billetes.

—Dos, por favor, ida y vuelta.

—El de vuelta para qué hora —pregunta la chica.

—Para el último que salga —responde sin consultarme. No me agrada que dé por hecho que quiera quedarme hasta que a él se le antoje. Aunque debo admitir que me gusta que tome la iniciativa, eso facilita el trabajo.

—Perfecto.

Al llegar me encuentro con la única isla habitada de la Comunidad Valenciana. ¡Es fantástica! Su aguas transparentes y su fondo marino con bancos de peces, estrellas de mar… son una buena alternativa para todo aquel que quiera practicar snorkel o el buceo… y no le apetezca estar tumbado al sol horas y horas. Todo un paraíso declarado Reserva Marina.

—¿Te gusta? —me pregunta.

—Me habían hablado de ella pero jamás me hubiera imaginado lo bonita que es.

—Ven, vamos a comer algo.

Mientras miro la carta el sonríe, le pregunto por qué lo hace y me contesta: «Caldero de arroz, es lo típico y te aseguro que no te vas a arrepentir». Creo que este chico lo tiene todo muy claro. Me gusta, así que comienzo a jugar con mi pelo enredándomelo en el dedo mientras acaricio mis labios con la lengua. Él percibe las señales que le estoy enviando y responde a ellas mordiéndose el labio inferior: «Creo que deberíamos pasar de la comida e irnos a un sitio más tranquilo» —me dice. ¡Esto se empieza a poner interesante! Ya está bien de tanto rodeo, de cortejar a una señorita ¡por favor! No estamos en la época georgiana de Jane Austen, ni somos los protagonistas de Orgullo y Prejuicio o Persuasión —por citar alguno de sus libros—. No es que no me guste el romanticismo pero en estas vacaciones no es lo que voy buscando. Así que le tomo la palabra, me levanto de la silla y le guiño un ojo para que me siga. Sé que está mal, muy mal lo que acabo de hacer —dejar la mesa cuando el camarero ya nos había cogido la comanda—; lo de insinuarme me parece que ha sido todo un acierto a juzgar por la forma que ha tenido de cogerme por la cintura y llevarme, pegada a su cuerpo hasta la orilla. Nos zambullimos en el agua y comienza a acariciar mis hombros, a besar mi cuello, a rodearme con sus brazos… Me desenredo de él y corro hacia la arena, tirándome sobre la toalla; a la espera. En unos segundos mi cuerpo queda en la sombra por una silueta situada frente a mí. Se pone de rodillas, a horcajadas, dejándome encerrada entre sus piernas, sin escapatoria. «Tampoco es que me importe» —pienso. Como tampoco me importa que estemos rodeados de gente.

Noto el peso de su cuerpo sobre el mío, húmedo, salado, incitándome a seguir sus movimientos. Me desata la parte de arriba del bikini echándolo hacia un lado descubriendo ante sus ojos unos pechos erectos, obligándolo a hacer una parada, exigiéndole un poco de atención antes de llegar a mi boca que lo espera ansiosa. Noto su lengua jugando dentro de mi boca mientras su mano derecha se desliza lentamente dentro de la braguita brasileña. Suspiro ¡cómo no hacerlo! Estoy ofreciendo una escena de puro erotismo en una playa atestada de gente y eso me excita aún más. Le cojo la mano y le susurro al oído que pare. De continuar estoy segura que pasaría de los suspiros a gemir como Mía Khalifa en Un cuerpazo llegado del Líbano. Saca su mano y yo me quedo con ganas de más. ¡Joder, ahora mismo la isla me parece horrenda! La cambiaría por un lugar escondido, donde la niña de coletas rubias no pudiera ver mi cara de placer cuando el miembro de ojos marrones presionara mi deseo por acogerlo, por atraparlo, por hacer que en cada embate me deshiciera por dentro. Pero soy consciente que debo frenar, poner un alto. Me incorporo y él se acuesta junto a mí, en silencio. Enciende un cigarrillo, le da una calada y me lo pasa. «No fumo, gracias» —le digo. Hace una mueca de no importarle y sigue fumando.

Estoy sentada, dándole la espalda. Decepcionada de cómo ha terminado nuestro momento sexual exacerbado. Él debe pensar lo mismo. Se pone en pie, echa a andar, mira por el encima del hombro y dice: —«deberíamos irnos, pronto sale el último barco taxi»—. Hacemos el trayecto de vuelta un tanto molestos. Cuando me voy a despedir me invita a una última cerveza en el hostal donde se hospeda. Me parece muy tentador, eso quiere decir que desea continuar con lo que empezamos así que acepto; de nuevo.

Subimos las escaleras a trompicones evidenciando las ansias por llegar a la habitación. Si es que a este cuchitril sucio, descuidado y maloliente se le puede llamar así; donde las sábanas desgastadas y con cierto olor a naftalina —aunque creo que las polillas se han adaptado a él, a juzgar por la familiaridad con la que andan por toda la pensión— visten una cama que de haber podido hablar, se habrían llenado horas y horas de vacío donde la prudencia gana por muy poco al atrevimiento. Me da la sensación de que no soy la primera mujer que sube esas escaleras y que tampoco seré última.

Me arroja sobre la cama, se deshace del bikini en unos segundos, me aplasta con su cuerpo sudoroso mientras su boca comienza a buscar rincones que hacen que me retuerza de gusto. Lo atraigo más hacia mí, enredando su cuerpo con mis piernas, haciendo que un grito se escuche por todo el cuarto, olvidándome de las formas que debe tener una señorita de buena educación. Caemos exhaustos el uno junto al otro. Le acaricio el pecho musculado y tostado por el sol, quiero más. Él sonríe, me coge la mano y se la lleva a su miembro: «Dame unos minutos y estará listo para ti». Me siento encima de él, rozándome con delicadeza, me agrada lo que veo desde esa perspectiva y eso hace que vaya al encuentro de su boca desesperadamente. Me recibe complacido. Acaricia mis pechos que empiezan a balancearse siguiendo el movimiento lento de todo mi cuerpo, hasta que él mismo, agarrándome de las caderas, rompe ese ritmo y hace que de nuevo rompa el silencio con gemidos de gozo. Me coloco sobre él, nuestros cuerpos están empapados en sudor, a crema, a sal… no me importa y parece ser que a ojos marrones tampoco. «Un momento, necesito ir al baño» —me dice.

He debido de quedarme dormida, miro alrededor pero enseguida me doy cuenta de que en el cuarto sólo estoy yo. Me levanto, voy al aseo pero al verlo descarto la idea de ducharme, mejor en la habitación de mi hotel. Tras esperar 25 min resuelvo irme —algo me dice que no va a regresar— recojo mis cosas, cierro la puerta tras de mí, bajo las escaleras que horas antes había subido acompañada, excitada y con ganas de que me echaran un polvo. Cuando voy a salir al exterior la voz de una mujer me llama la atención:

—¡Oiga… usted… pelirroja!

Antes de volverme, cojo aire, presiento que no es para nada bueno.

—Sí —respondo. ¿Ocurre algo? —acierto a decir mientras me hallo frente a una bestia de unos 120 Kg aprox. con cara de pocos amigos.

—Se deben 60 euros por el cuarto y 25 de bebidas; lo que suman…

—… 85 euros en total —respondo rápidamente—. Será experta en manejar situaciones de esta índole pero a números no hay quién me gane. Busco en el capazo el monedero pero no lo encuentro. Empiezo a sentirme nerviosa. «¡No puede ser, estoy segura que lo metí antes de salir del hotel!» ¿Se me habrá perdido en la playa?» —pienso—. Vacío el capazo entero bajo la atenta mirada de la mujer que no deja de dar golpecitos con los nudillos en el mostrador. No está, sólo la tarjeta del hotel cae de él. ¡El muy cabrón, me ha robado! Intento explicar lo que me ha sucedido, que el tipo con el que estaba se ha largado y que se ha llevado el dinero y las tarjetas… estoy sin blanca. Para evitar males mayores sugiero que alguien me acompañe al hotel, recoger parte del dinero que había sacado para tener efectivo y así poder pagarle. La señora no parece estar muy convencida —debe de haber oído este discurso millones de veces— pero finalmente acaba accediendo a mis súplicas; a ella tampoco le interesa llamar a la policía y que se personen en su hostal de dudosa reputación. Y en lo que a mí respecta; tenerles que contar que un tipo al que apenas hace unas horas he conocido y con el que he follado, me ha quitado todo lo que llevaba encima—literalmente—: No me agrada. Siento tener que expresarme de esta forma pero es que a lo que hecho no se le puede llamar por otro nombre. ¿Arrepentida? Tal vez sólo en parte.

¡Hijo de puta! —repito una y otra vez, mientras sigo las pautas de un contestador— ¡Cómo he podido ser tan estúpida! ¡Al fin! Acabo de bloquear las tarjetas por teléfono, del resto me ocuparé cuando llegue a Madrid.

Cuento el dinero que me queda tras pagar a la madame de los suburbios, me alcanza para el viaje de vuelta y poco más. Se acabaron las vacaciones por culpa de ese hijo de perra.

La recepcionista se sorprende de mi partida. Firmo mi salida el día 12 de julio y no el 15 como estaba previsto según la reserva.

—¿Todo bien? — me pregunta.

— Sí, todo bien, me ha surgido un problema familiar y debo irme cuanto antes. Miento.

—Vaya, lo siento… que no sea nada — me responde.

—Gracias, eso espero. —Miento de nuevo—. Recojo la maleta, echo a andar pero ella me detiene.

—Ahhh… se me olvidaba… —cogiendo un sobre y extendiéndomelo—, un joven vino ayer por la tarde y me dijo que se la entregase a su marcha.

Extrañada lo cojo, aquí no me conoce nadie.

—Gracias.

—A usted… y que tenga un buen viaje de regreso.

—Si tú supieras —digo para mí.

No hay nada escrito en él así que lo guardo en la mochila, ya lo leeré más tarde. Ahora no tengo tiempo que perder si quiero coger el autobús que me lleve a Alicante y una vez allí el AVE de las 15.36 h. Quiero irme de aquí lo antes posible.

Acaba de pasar la azafata con el carrito, me ha ofrecido algo de comer o para tomar pero dada mi precaria situación económica la he rechazado muy amablemente. Pronto estaré en casa para asaltar la nevera, aunque ahora que recuerdo creo que la dejé vacía antes de partir hacia mis encantadoras vacaciones. ¡Cada vez que lo pienso se me revuelve el estómago! Extraigo de la mochila el enigmático sobre y al desdoblar el folio no puedo por menos que maldecir… ¡miserable! ¡malnacido!

Querida pelirroja:

Creo que te sorprenderá el hecho de que te haya escrito una carta pero creo que deberías saber de cómo ha sucedido todo realmente.

Nada más aparecer por la playa me di cuenta enseguida de que eras una turista y que viajabas sola. ¡Cada vez que me acuerdo! Con tus gafas, el pareo rodeando tu cintura a modo de falda, un cuerpo de escándalo… la presa perfecta. Siento decírtelo así pero es que me lo pusiste muy fácil. Así que te habrás dado cuenta ya que lo llenarte de arena no fue por casualidad si no algo premeditado. Todas reaccionáis de la misma forma —y tú no ibas a ser distinta a ellas— os vais directamente hacia el individuo a pedir explicaciones, indignadas por lo que os acaba de hacer. Y ahí está él —en este caso, yo— para pediros perdón y resarciros. La verdad es que tampoco tuve que esperar mucho: cinco cervezas, un paseo a Tabarca, una comida en un buen restaurante —aunque esto último fue un envite para que enseñaras tus cartas—.Y no lo dudaste ni un segundo, enseguida diste señales de qué es lo que buscabas y cómo lo querías. Conque no tuve que hacer mucho más, tan sólo disfrutar de lo que me estabas ofreciendo. Y ¡vaya si lo disfruté! Y es ahí donde debo darte las gracias, me hiciste pasar una tarde realmente excitante.

En la playa ¿te acuerdas? Quise ponerte al límite para ver cómo respondías y lo hiciste tal como lo había imaginado, un tanto cautelosa pero al mismo tiempo, sedienta de obtener tu recompensa. Me distancié —sabía que si me mostraba molesto te empezarías a romper la cabeza pensando que ahí acababa todo. ¡Qué equivocada estabas pelirroja!—. Y estuve ausente el resto de la tarde hasta que desembarcamos y de nuevo te propuse irnos a donde me hospedaba —te habrás dado cuenta que ni loco me hospedo ahí, ¿verdad?

—Es un cuchitril de mala muerte, pero la señora me hace el favor y tampoco cobra demasiado—. ¿No te habrá llevado mucho? Le dije que no se pasara pidiendo pero ya sabes cómo son estas cosas, todos quieren sacar «tajada». En fin, el resto ya lo sabes, tuve que cobrarme por los servicios prestados y de los que te serviste afanosamente —¡y de qué forma!— con total dedicación. No creerías que la tarde te iba a salir gratis ¿o sí? Siento decirte que mis honorarios son altos…¡Ay! Pero eso también lo sabes.

Conclusión: solo quería advertirte que para la próxima vez que quieras salir y follarte—siento ser tan brusco— al primero que se te cruce seas más cuidadosa. Hay individuos, como yo, que te hacen sentir que eres tú la que eliges, la que lleva las riendas, la que decide. Error: no peques de ingenua pero tampoco te muestres tan abiertamente como si tuvieras la situación bajo control. Luego vienen los lamentos, los hijos de puta, los… toda esa clase de calificativos que te recuerdan lo torpe que has sido. Reconoce que es lo que estabas buscando pelirroja, lo que ocurre es que no te ha salido todo lo bien que esperabas.

En fin, que ya me estoy repitiendo y tampoco quiero dejarte como una pazguata a la que le han estafado. ¡Tampoco ha sido todo malo, también hemos tenido nuestro ratos buenos! Quédate con éstos.

Un placer pelirroja.

Estrujé lo que parecía una carta escrita por mi conciencia. Una conciencia que retumbaba en mis sienes a punto de reventarme la cabeza. Un sinvergüenza —con todas las letras— que se permite el lujo de espetarme en mi propia cara lo imbécil, estúpida y majadera que he sido. Destrocé la carta en mil pedazos, no quería que hubiera pruebas de lo insensato que fue pensar el tener unas vacaciones llenas de sexo, sin más.

Estuve llorando hasta Atocha, hasta casa, hasta que vi que la nevera estaba vacía… hasta que me quedé dormida.

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