MISERERE.

Estoy tumbada en la cama junto a él y la sensación de sólo rozarle me da asco. Así que me sitúo lo más lejos posible, al borde del precipicio. He tenido que aprender a andar por la cresta de una montaña, descalza, casi desnuda, porque nadie me dijo qué equipaje debía llevar para el viaje que prendí hace hoy, exactamente, cinco años. 

            No le he recordado la fecha, puede ser motivo para una nueva discusión y que por costumbre sé cómo terminan todas. Es mejor callar aunque el silencio sea mi peor enemigo. Dada la situación y las circunstancias en las que me hallo, lo mejor es que desaparezca de la faz de la tierra —suena muy bíblico pero es realmente lo que necesito— un diluvio que arrase su odio dejándome limpia por dentro, borrando las huellas que va dejando tatuadas en mi cuerpo y en mi ser.

            No hay opciones y las que hay no son válidas:

            1º­ Denunciar: Numerosas campañas como «Ni una menos»,  nos animan a ello con frases como: «Eres tú quien tiene el poder de cambiar tu situación. ¡Pide ayuda!».  Y después qué…

            2º­ Información sobre los derechos jurídicos, asistenciales… una vez que hemos relatado el maltrato al que estamos sometidas y aportando pruebas —recomendable en la denuncia  como: parte médico, sicológico, prendas…—.

            3º­ El juez: Decidirá en qué grado de peligrosidad nos encontramos para emitir un veredicto. La mayoría de los casos terminan sufriendo las medidas de alejamiento como método disuasorio. Sobre esto tengo que decir que sólo sirve en los casos en los que el denunciado se encuentre con la mejor de las voluntades de acatarla. Y que por desgracia el número de quebrantamiento de una medida cautelar es mucho mayor que el anterior.

            Seguimos viviendo en un infierno esperando  que nuestra bestia se arroje sobre nosotras poniendo fin a un sufrimiento que hemos hecho nuestro.

            Su respiración es de una persona sana: es ligera, silenciosa, tranquila… Sin remordimientos, sin ningún atisbo de culpabilidad. Nada que ver con la mía: es fácil de escuchar y muy pesada; enferma. Contando con que alguna noche consiga entregarme a los brazos de Morfeo. Duermo sin cerrar los ojos, ¿es posible? Sí, es una enfermedad —lagoftalmía— pero que he acusado desde mi primera bofetada. Ya no es un acto involuntario sino más bien un método de prevención, de mantenerme alerta sobre posibles represalias.

            Tengo miedo pero el tenerlo me hace ser valiente para pensar que puedo terminar con esta situación. Hay una frase que lleva rondándome la cabeza desde hace varios años y creo que ha llegado el momento de ponerla en práctica. Después no sé, tal vez la oiga en boca de un abogado, de un jurado… mientras espero sentada en el banquillo en el que debería de haber estado él.

            Espero a que amanezca, unas horas más no tienen importancia si las comparo con los años que llevo haciéndolo. Un nuevo desencuentro, una bofetada, un puñetazo, una patada, una paliza…Pero esta vez estaré preparada y con un poco de suerte finalmente podré decir en voz alta: «Ha sido en defensa propia».

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