VULNERACIÓN.

Me despido de Sara en la esquina donde está ubicada una tienda de Orenge. Como es de costumbre ella toma la avenida de San Rafael mientras que yo, cruzo el semáforo de leds que muestra el tiempo que le queda al peatón para cruzar. Éste, va a dar a la Plazoleta de las Vacas —donde colocan las casetas cuando es la feria del libro— y a escasos trescientos metros, en el 4º B del número dos de la calle La Estación, vivo yo.

            Nos hemos quedado charlando hasta que el muñeco del semáforo se ha puesto en verde. Estoy cruzando cuando oigo unos pasos acelerados tras de mí, miro de reojo hacia atrás —no quiero desconfiar— quedan ocho segundos  para que cambie a rojo y seguramente no tenga ganas de quedarse al otro lado esperando otros treinta para poder cruzar. Es un chico alto y quizás tres o cuatro años mayor que yo. En el último segundo da un pequeño salto y consigue llegar hasta la acera. Continúo andando y sigo oyendo los pasos cada vez más cerca. Busco las llaves en el bolso —mi madre me tiene dicho que siempre las tenga en la mano cuando regrese a casa, así no tendré que esperar en la calle hasta encontrarlas—. Me paro unos segundos hasta dar con ellas, tiempo suficiente para que el chico me adelante, echa un vistazo por encima del hombro y continúa su camino dos calles más adelante donde desaparece. Tengo que decir que me siento aliviada, me encuentro sola de nuevo y aunque no lo parezca me da cierta seguridad no tener a nadie a mi alrededor a estas horas.

         Abro el portal cuando de repente alguien me empuja hacia su interior haciéndome caer al suelo. Intento gritar pero de inmediato me tapa la boca con una mano mientras que con la otra me amenaza con un cuchillo: —«Si gritas te rajo, zorra»— y de seguido siento un golpe  brutal en mi cara haciendo que la nariz comience a sangrar, dejándome semiinconsciente. No puedo moverme, el peso de su cuerpo me aplasta, trato de dar patadas, forcejeo con las pocas fuerzas que me quedan pero solo obtengo otro golpe que consigue reventarme el labio. Saboreo la sangre en mi boca. Él se afana en bajarse el pantalón hasta que su miembro queda liberado de la prenda.

       Tengo el vestido arrebujado en la cintura, es de gasa, en blanco roto y con un bordado en el bajo. —Empuja con violencia—. La semana pasada, mi madre me sorprendió con él después de haberle comentado que había visto un vestido en el escaparate de Bershka y que nada más verlo me había enamorado de él. —Siento su apestoso aliento en mi cara—. Al salir de mi cuarto esta noche con él puesto mi madre ha aplaudido  mi elección; ha abierto sus manos descubriendo unos pendientes en oro viejo que habían pertenecido a mi abuela: «Creo que te van perfectos». Mi padre, por el contrario, no ha dicho nada; tampoco es que haya hecho falta, pues solo con ver cómo me miraba, me he dado cuenta de que soy la niña de sus ojos, unos ojos que brillaban de orgullo, de amor.

         Ha dejado de jadear como un cerdo. Su cuerpo ya no hace presión sobre el mío. Me hago un ovillo escondiendo mi desnudez. Abre la puerta y sale, huyendo de la imagen tan espantosa que deja atrás.

        Me incorporo, empiezo a notar el suelo frío, recojo el bolso y subo al ascensor. ¡Las llaves! No quiero despertar a mis padres, no quiero que me vean en este estado, se asustaran si me ven aparecer así. ¡Aquí están! Abro la puerta, la voz de mi madre desde su cuarto:

        —¿Elena?

        —Sí, mamá.

        —¿Todo bien cariño?

        —Sí, mamá.

        —Buenas noches mi vida. Mañana me cuentas.

        —Buenas noches mamá.

        Entro en mi habitación, me desnudo rápidamente, odio el vestido. En la ducha  dejo que el agua vaya limpiando el dolor, acurrucada en una esquina. Siento como si este cuerpo no fuese el mío, y es que no lo es, ya no es el mismo. Está marcado por moratones y es muy pesado, a penas puedo con él. Me refugio entre sábanas a olor a jazmín —mamá por fin ha encontrado un suavizante que le guste.

        Quiero dormir pero tengo qué pensar en lo que les voy a decir mañana cuando me levante. Les diré que me caí por las escaleras… no sé, algo se me ocurrirá que pueda ser creíble. Tengo que evitar que sufran, soy lo único que tienen y no puedo causarles más daño del que me han hecho a mí.

        Estoy cansada… dolorida… Me escuece el labio cuando las lágrimas consiguen llegar hasta él. Estoy cansada… dolorida… muy, muy cansada.

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