AMORALÍSIMO.

 

 

Me estoy tomando el café de las siete de la tarde. Los martes y jueves suelo aplazar el de las cinco a esta hora ya que me quedo esperando a Claudia a que salga de su clase de balé. A no ser que esté ocupada suelo sentarme en la mesa del fondo, junto a la ventana, me gusta fijarme en la gente que transita por delante de ella sin percatarse que hay alguien al otro lado que les está observando. Así fue como lo conocí:

            —¿Qué toma?

            —Lo de siempre.

            —Un cortado, entonces.

            —Sí, gracias.

          Paso la mano por el cristal empañado dejando un camino de pequeñas gotitas por las que puedo contemplar a los viandantes. Rodeo la taza con ambas manos, la sensación de calor me provoca un escalofrío que recorre toda mi espalda haciendo que cierre los ojos por unos segundos. Al abrirlos, me encuentro sentado frente a mí a un hombre que me mira sonriente. Apoya su barbilla sobre una de sus manos mientras que no deja de sonreírme, ahora con cierta picardía.

            —Perdona, ¿te conozco?

            —No pero yo a ti sí.

        La respuesta me deja desconcertada y pienso: «Es un caradura que me está tomando el pelo». Pero al mismo tiempo tengo curiosidad por cómo puede terminar nuestra charla así que decido seguirle el juego.

            —¡Vaya! Y se puede saber de dónde.

       —Jajaja, no puedo creer que no me reconozcas después del tiempo que hemos pasado juntos.

            —… Lo siento, pero no recuerdo…

           —Pensé que lo harías. Llevas semanas aquí sentada examinando a todo el que pasa por delante de esta ventana, lo que me hizo pensar que te gusta observar pero desde un lugar donde puedas proteger tu privacidad.

            «¡Joder!» «¡Quién demonios es este tío!». Mi cabeza comienza a rebobinar cientos de caras pero no consigue hallar la suya.

            —Llegas andando acompañada de una niña a la que llevas agarrada fuertemente de la mano —supongo que será tu hija—  y de la que te despides con dos besos en la puerta de la academia Todo Baile. De inmediato cruzas la calle por el paso de peatón, nunca por el semáforo. Pocas veces te paras a saludar al resto, salvo cuando coincides con una chica, de media melena rubia, y a la que le regalas un par de minutos de tu tiempo. Aminoras el paso, ya no tienes prisa, nadie te espera, sólo el café de las siete.

            Creo que me estoy arrepintiendo de haber entrado en el juego.

            —Vienes directamente a esta mesa, a no ser que esté ocupada, cosa que te molesta ya que estás convencida de que los martes y jueves el camarero debería tener la deferencia de colocar la placa de reservado. Te sientas mirando hacia la puerta de entrada, de esta forma el plano de visión es mucho más amplio; te permite visionar el tramo de vía que va desde la tienda de informática Ofitecnic hasta el escaparate de los Almacenes Ruidera. En alguna ocasión te has parado frente a él, ensimismada en el menaje de cocina —por lo que deduzco que te gusta cocinar o por el contrario: comer—. No te ofendas por esto último, considero que no tienes nada que ver con la mayoría de las mujeres de tu edad. Edad, por otro lado, que no pienso revelar ya que no quiero resultar un ineducado.

            Me levanto, no soporto el descaro o mejor dicho; la desvergüenza de este tipo.

          —Por favor —me agarra de la mano— aún no te has terminado el cortado y quedan veinte minutos para que salgas por ésa puerta. —Señalando la salida de la cafetería.

            No sé por qué extraña razón vuelvo a sentarme. Su mano es cálida, suave, invita a no querer deshacerse de ella. Tras unos segundos mi buen juicio hace que rompa el contacto con él  haciendo que mi mano se libere de la suya. Continúa:

            —Siempre haces el mismo gesto; colocas ambas manos alrededor de la taza, respiras profundamente el olor a café intenso —como si quisieras bañarte en él—perfumarte de su aroma y no del J´Adore que desprendes. Ahí debo decir que si me preguntaras con cuál de los dos me quedaría te respondería: Contigo, por supuesto.

            Me deja totalmente descolocada.

            —… Más tarde abres los ojos marrón-verdosos que resaltan con el tono cálido de tu piel. Hoy miran extrañados y tu boca —que suele estar relajada saboreando a sorbos el café— está inquieta, pellizcando los labios inconscientemente y que a mí, he de confesar; me parece una mueca incitante.

            Quisiera decir algo, pero es tanta información y que yo misma desconocía sobre mí, que no puedo articular palabra.

            —Será mejor que te vayas, quedan tan solo diez minutos para que desaparezcas. Perdóname, hoy te he robado tu tiempo de espera.

            Miro el reloj. Me pongo en pie, junto a él. Tengo que irme pero mis piernas se resisten a dar el primer paso.

            —Adiós— le digo, pero suena a un: ¿hasta el jueves?

            No responde, se limita a mirar a las personas que en ese momento llenan la calle con ruido de voces ininteligibles. Cruzo al otro extremo —por el paso de peatones— Claudia acaba de salir, sale corriendo a mi encuentro fundiéndose en un abrazo conmigo. Me siento observada. Desvío la mirada hacia la ventana indiscreta, no hay nadie. De alguna forma me siento decepcionada, pensé encontrarme con sus ojos.

            No he vuelto a verlo. Ése fue nuestro primer y último encuentro. Yo continúo atada a una silla con la esperanza y también el deseo —por qué ocultarlo— de encontrarme de nuevo frente a él. Ha menudo sueño con sus manos recorriendo mi cuerpo desnudo, con su boca cubriéndome de besos mientras noto su aliento en mi cuello. Me desvelo sobresaltada, excitada, con la piel encendida, deseando que una noche más robe la escasa moral que va quedando dentro de mí. Escondida bajo un velo de prejuicios y terquedad que se va consumiendo gracias a él, logrando que en cada fantasía mande la razón de aquello que me hace feliz independientemente del bien o del mal.

            Y pasa una semana más y con ella un martes y un jueves… Y a volver a empezar. Sé que está ahí fuera, acompañándome en cada paso, en cada cerrar de ojos, en cada sorbo de café, en la distancia… en la liviandad  de mi integridad virginal.

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