GENÉTICA.

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Foto de Antonio Hernández Moreno.

 

MALA SUERTE O CUESTIÓN DE GENÉTICA.

Tengo la fatal predisposición de encontrar a hombres que no me convienen. En realidad no sé si se trata de mala suerte o es derivada de la genética conductual: —«Los humanos somos conscientes de nuestra herencia y podemos mejorarla a través del ejercicio de su libre albedrío»—. Pero yo no he sido capaz en mis treinta y dos años de marcar la diferencia, puede que el 70% del coeficiente de inteligencia que se debe a los genes pese sobre mí como una losa. Con ello no quiero decir que toda la culpa o responsabilidad recaiga sobre mi progenitora; pero si echo la vista hacia atrás puedo asegurar con total certeza que  mi vida tiene bastantes puntos en común con la de ella.

            El primero —mi padre— se embarcó en la feliz idea de que los veinte años era buena edad para tener a su primer hijo. De no haber sido así creo firmemente que hubiera puesto los medios suficientes para que mi madre —aquella joven de tan solo dieciocho años— no se quedara embarazada de mí. La felicidad, como os habréis podido imaginar, duró lo que una piruleta en la puerta de un colegio. A los tres meses de mi llegada al mundo, decidió que era demasiada responsabilidad y se deshizo con un portazo de cualquier vínculo paternofilial.

            El segundo —seis años mayor que mi madre—que ya contaba con veinte y una hija a punto de cumplir los dos; aparece como el candidato perfecto para suplir la carencia de la figura paterna con la que había ido creciendo. Supongo que en  el tiempo que estuvieron juntos, intentando formar una familia, fueron medianamente felices. Y de no haber sido porque la juventud es buena para muchas cosas y mala para muchas otras, él no se hubiera marchado.

            …Y en estos devenires, fueron pasando los años en los que mi madre nunca dejó su empeño de encontrarme al sustituto  de mi padre biológico y por ende, una pareja con la que compartir sueños e inquietudes: David, Pedro, José, Rafa… nombres que han engrosado  la enorme lista que guarda en su memoria como Finales que se merecen una historia,  título del último libro de Albert Espinosa —y aprovecho la ocasión para recomendar su lectura ya que os encontraréis con unos relatos que os llegaran al alma tanto para bien como para mal—.

            ¡Ejem! A lo que íbamos: Que yo no necesitaba de nadie, sólo de ella. Pero nunca lo entendí hasta que me veo a mí misma en la misma situación, valga la redundancia, treinta dos años más tarde. Pasando de una relación a otra como si estuviera haciendo un casting para el mejor compañero eventual. Sí, eventual, porque dada mi experiencia, en el tema que nos ocupa, puedo confirmar que nada dura lo suficiente como para cansarme de ello, al menos eso no va conmigo —todo lo contrario a lo que le sucede a mis «parejas»—. Por eso recalco que debe ser genético. Algún gen defectuoso que haya mutado en mí como ya lo hizo anteriormente con mi madre y nos haga proclives a mantener sucesivas relaciones sin otro propósito que perecer cuando más confiadas y necesitadas estamos de ese amor. Un amor sugestivo en su primera etapa y ominoso a su término.

          Incluso a veces he llegado a pensar en mi desesperación, que la «Eugenesia» debería estar aprobada en casos excepcionales como es el mío. Pero es una barbaridad —y lo digo totalmente convencida— el querer mejorar la raza humana defendiendo formas de intervención manipulada y métodos selectivos con el fin de mejorar los rasgos hereditarios. Ya tuvo la historia un gran depredador como Hitler —convencido de que a los seres humanos se les podía clasificar en «razas» con claras diferencias tanto físicas como síquicas entre ellas. Llegando a predominar la bien conocida: «raza aria»—. O su congénere  Fujimori, que  realizó la misma operación para disminuir el número de nacimientos en los sectores más pobres de su país practicando su plan de «Esterilizaciones forzosas» a cambio de comida o bajo amenazas de no ser atendidas en centros de salud si se negaban a ello.

          De esta forma solo me queda la opción de cambiar mi destino a fuerza de batacazos, de sinsabores… Como dice mi madre: «No hay nada mejor que aprender de los propios errores». Lo que ocurre es que a sus cincuenta años creo que sigue cometiendo los mismos y me da miedo —tengo que confesarlo— el seguir su consejo.

          Mi lista comienza a ser preocupante pero no hay nada que una buena copa de Jameson Ginger and Lime no pueda aliviar, a la espera del siguiente al que ya le guardo un sitio junto a los integrantes de la susodicha. Ocupará un buen merecido quinto puesto y si hace méritos para ello hasta puede que le escriba una nota a pie de página. Tengo que llamar a mi madre y comentarle que Luís, desde ayer a las 9.45 ha pasado a tener el ex de pareja.

             Ya les dejo —sintiendo haberles hecho perder el tiempo— pero si por un casual a alguien se le ocurriese qué puedo hacer o supiera el motivo por el cual me veo en esta situación, por favor, no dejen de escribirme.

P.D. Se me olvidaba darles las gracias.

                                                                       Traficando con mentes.

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