TENSIÓN EMOCIONAL.

 

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Foto Antonio Hernández Moreno

 

EQUINOCCIO OTOÑAL

 

Puedo llamarte de muchas formas pero «amor», no es una de ellas. En este declive sentimental las emociones se han desparramado enlodando lo poco de limpio que quedaba entre TÚ y yo. El compromiso de permanecer juntos, por siempre, lo adquiriste tú —de antemano sabías que no ibas a dejarme marchar nunca—. Te pertenezco. Comienza el carrusel de emociones:

      Las emociones primarias —que existen en todo ser humano— pasan a ser secundarias porque después del miedo me sobreviene el enojo, la rabia de no saber cómo enfrentarme a ti.

            Más tarde acuden a mí las emociones negativas —tóxicas— intento evitarte, es la única forma de permanecer en el caos moral de tu comportamiento. Pero evadir los minutos —que se llegan a alargar en mi cuerpo impunes a cualquier sanción— me da a entender que los derechos humanos están sobrevalorados.

            Un día aparece la emoción social —para sentirla se necesita otro sujeto, ni siquiera te mereces que te nombre como persona— y la venganza comienza a rondar por mi cabeza.  Sin darte cuenta me has proporcionado todas las herramientas para llevarla a cabo.

            Sentada en el taburete de la cocina no dejo de mirar tu cuerpo cubierto por esa horrible manta de plástico dorado con la que un policía te ha tapado. «¡Menos mal!» pienso. Al fin dejo de ver la cara de estupefacción que se te ha quedado como rictus.

            Me invade una emoción ambigua —ni positiva ni negativa— porque a pesar de estar viviendo una situación INAGUANTABLE tengo la ESPERANZA de poder superarlo.

            Me quedan las emociones positivas pero es que jamás te has preocupado para que formaran parte de mi universo particular. La alegría, la satisfacción, quedaron tras la puerta, nunca las incluiste en nuestra convivencia. Se quedaron fuera, en el rellano, esperando a que un día las invitases a entrar. Pero nunca sucedió y hoy eres tú el que sale por la misma puerta que te negaste a abrir infinidad de veces, y son ellas, las que te miran con desprecio y luego me miran a mí y sonríen y yo dejo que pasen dentro.

             De nuevo volvemos a estar juntas, nunca nos deberías de haber separado.

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