UNA Y OTRA VEZ.

 

 

FB_IMG_1549284135730 Foto cedida por Antonio Hernández Moreno.

 

SIEMPRE MANDA EL CORAZÓN

 

El órgano más importante y la máquina más perfecta del cuerpo humano. El garabato bien definido en un papel expresando nuestros sentimientos atribuyéndole el nombre de «El órgano del amor». Pero una vez más me he equivocado porque las palpitaciones sentimentales nada tienen que ver con él sino más bien con el cerebro.

 Éste, se vuelve más receptivo con el amor haciendo posible que nos podamos enamorar hasta siete veces en la vida. E incluso está preparado para amar a dos o a tres personas a un mismo tiempo. ¡Ahí es nada! Y yo preocupada porque la lista de relaciones frustradas ha alcanzado la segunda página de mi diario. Y sorprendida porque puedo estar enamorada de dos personas a la vez y no sentirme culpable ya que no somos una especie biológicamente monógama. ¡Todo un descubrimiento!

Por otro lado, es inquietante saber que los síntomas del enamoramiento guardan cierta similitud con una patología cardiovascular:

  1. Ansiedad inexplicable, asociada a una opresión en el pecho.
  2. Sudor frío.
  3. Estómago revuelto —no confundir con las llamadas «mariposas en el estómago»—.

Llego a la conclusión, después de pensar detenidamente en los tres puntos anteriores, que puedo estar sufriendo un ataque al corazón y no un flechazo o una atracción hacia otra persona. Debe ser que los niveles de serotonina —que hacen que esté pensando en todo momento en Carlos— los tengo por las nubes. Haciendo que me muestre más sociable y el buen humor —unido a un optimismo desmedido— estén presentes en mi estado de ánimo. La química del amor.

Pero todo este chorro de sentirme excitada, llena de energía, con el tiempo se va calmando transformándolo en tolerancia. Me voy acomodando, lo que comúnmente se le conoce como «habituación» y comienzo a malinterpretar la situación con pérdida del amor para más tarde rematar con la mítica frase: «Ya no siento lo mismo». Y ahí es donde aparece de nuevo el cerebro —el que se enamora y no el corazón— que me alerta de que abandonar una relación no es tan sencillo. Él necesita de un tiempo para reinstaurar su normalidad haciendo que me duela el corazón.

Porque ¿puede doler el corazón? Sí. Señal de que algo va mal, muy mal. Y retomo los síntomas y comienzo a angustiarme y los sesenta o cien latidos por minuto, mil veces al día… se me disparan y ya no soy dueña de mis pensamientos porque el maldito cerebro está entretenido en recuperar su estabilidad regulando los niveles de serotonina, oxitocina y… ¡qué más jodidas sustancias! haciéndome entrar en pánico.

Comienzo a comerme la cabeza de si debo dejar a Carlos o continuar con una relación que para mí se ha vuelto anodina. Ya no cumple las expectativas que tenía puestas sobre él —aunque fuesen un tanto fantasiosas—. Tal vez necesite otro amante para volver  a sentirme atraída hacia él. Lo digo porque me ha pasado una y otra vez, es como un patrón a seguir: comenzar una nueva relación y revivir viejos sentimientos con mi ex. Me imagino que ese es el motivo por el que los sicólogos recomiendan no mantener ninguna especie de contacto —por mínimo que sea— con la persona en cuestión. De esa forma dicen que «las conexiones se debilitan y con el paso del tiempo las recaídas son cada vez menos frecuentes». Pero yo continúo viendo  a mis ex o bien por obligación —por una cuestión de trabajo— o por puro placer, porque soy incapaz de romper ese vínculo que me une a ellos. Así que voy anotando nombres nuevos en mi diario junto con los anteriores que se van repitiendo hasta conformar una lista ¡qué digo yo que algún día tendré que acortar! Más que nada porque algunos están por duplicado y llegada a esta altura, me cuesta horrores memorizar cada nombre o ponerle cara a cada uno de ellos.

En definitiva: esta noche he quedado con Juan —un antiguo ex con el que compartí unos meses en el que los encuentros se limitaban al tiempo de que disponíamos entre una reunión y otra— sobra decir que no fue nada formal. Pero esos escarceos hicieron que al volver a ver a Pablo, el pulso se me acelerara y sintiera una opresión en el pecho —nada que ver con el primer síntoma— ya que nunca he terminado en una sala de urgencias sino más bien tomándome unas copas en la barra de un bar en las que las luces te hacen sentir más favorecedora de lo que a la luz del día pareces, y con su pierna derecha entre mis muslos semidesnudos —debido a que la falda ha pasado a ser un trozo de tela que solo consigue cubrir y no sin esfuerzo, esa parte de mi fisonomía que reposa sobra un taburete—.

Así que finalmente voy a tener que darle la razón al cerebro porque puedo confirmar —sin ninguna base científica, todo basado en mis experiencias— que una se puede enamorar siete veces en la vida —aunque yo me atrevería a decir que a unas cuantas más si me atengo a lo que ya os he explicado anteriormente—.  Que el corazón es el que impulsa la sangre para que pueda llegar a todos los órganos de nuestro cuerpo para después… Pero ahora no voy a exponer  el ciclo completo, solo hay que hacer ejercicio de memoria y remontarse a 6º Curso para saber que el corazón es uno de los órganos del aparato circulatorio. Y que toda analogía del amor y el corazón es simbólica, palabras de románticos poetas y demás que le han hecho merecedor de poemas:

 

Mi corazón temblando, con latidos

me dice:

—¿Por qué, por qué, me entregas al

primero que pasa

y dejas que una mano ciega me martirice,

o me suelte lo mismo que si fuera

una brasa?

¿cómo no ves que nadie quiere llevar

 mi peso,

que nadie retribuye mi impávido

cariño?

me destrozan mis alas amorosas, y

en eso

soy semejante a un pájaro que está

en manos de un niño

¡si supieras!… Hay seres que me dan

contra el suelo,

hay otros que me hielan, y otros se

divierten

como soy tan confiado, causo mucho

recelo;

quienes mejor me tratan son los que

no me advierten.

¿No sabes que padezco? ¿no sufres 

mi tristeza

desesperante y larga?¡si ya no

puedo más!…

Aumenta mi infortunio, con mi

delicadeza.

¿Por qué me das a todos, por qué,

por qué me das—.

Siento en mí, cual gotera, su honda

palpitación;

sus latidos son lágrimas que casi no

contengo;

y le digo muy bajo:—corazón,

corazón

yo te doy porque tú eres lo más

bello que tengo.

Mi corazón de Pedro Miguel Obligado.

 

 

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