LA ESPERA.

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                                                                                              Foto de Antonio Hernández Moreno.

 

MECIENDO SUEÑOS

 

Sentada en el umbral de la puerta, con las palmas de las manos vueltas hacia arriba, una sobre la otra y posadas sobre el regazo, pasaba los interminables días de asueto que se habían ido prolongando en el espacio tiempo. No es que mi intención fuese el de memorizar cada desconchón de la pared encalada o las telarañas que hacían posible la plena libertadde movimiento de aquel arácnido de ocho patas de una esquina a otra de la puerta. He de aclarar que en casa siempre se han respetado a las arañas. Desde el mismo día en que mi abuela leyó un artículo en el que decía que las arañas eran depredadoras y que podían llegar a terminar con cualquier clase de plaga de bichitos como los mosquitos o las pulgas. De esta forma dejaron de ser perseguidas por un espray casero que mi abuela había elaborado en el que mezclaba: 1l de agua, 5 gotas de esencia de aceite —lavanda, era su preferido— y 5 gotas de jabón de lavavajillas. A mí, personalmente, la decisión no me pareció en un primer momento la más acertada y no fue por el ánimo de verlas morir a consecuencia de ser rociadas con el repelente, sino por el olor tan agradable que dejaba éste en las habitaciones. A su favor, tengo que decir; que mi cuerpo dejó de tener las desquiciantes ronchas que me tenían todo el día rasca que te rasca.

Cuando la sombra del limonero se iba acercando peligrosamente a la del naranjo, sabía que en breve el sol se escondería tras la tapia dejando el patio a oscuras. Comenzaba mi cuenta atrás: uno, dos, tres… sesenta… y vuelta a empezar: uno, dos, tres… Cuando me iba acercando a los tres minutos aproximadamente, aparecía mi madre y encendía los faroles que colgaban de una de las paredes del porche. «No sé cómo puedes andar a oscuras» me decía «algún día te vas a tropezar y te romperás la crisma». «Deja a la chiquilla, mujer» intercedía mi abuela «con la poca guerra que da». Cogía la manguera y comenzaba a regar las macetas. Les hablaba con tanto mimo y tal dulzura que tanto las hortensias, como los geranios y las buganvillas, se alzaban para escucharla brindándonos con su aroma. De sobra sabían que era la última rociada del día así que ponían todo su empeño para que mi abuela se sintiera orgullosa de ellas. Pero si había alguna que destacase por su fragancia era la dama de noche. A mí me gustaba más llamarla: el galán de noche. En una casa donde la figura masculina nunca estuvo presente —el tiempo suficiente como para no olvidarme de sus ojos— me parecía buena idea que la planta tuviera connotaciones de varón imaginando que pudiese oler como él. Me remitía a unas manos fuertes, a carreras entre los árboles frutales, a una mirada dulce que aún, a día de hoy, se me encoge el corazón al recordarla.

Los días eran distintos. Los blancos, los púrpuras, los rojos, los azules… eran los protagonistas de las horas centrales del hastío. Mi abuela —junto con papá— había hecho un espectáculo de todo aquello, logrando finalmente que fuésemos fieles seguidoras de ello. Pero tras perder a la voz ronca que acunaba miedos sólo quedaron los colores. Creyó que serían la mejor compañía que podía tener una niña de mi edad. Así que me soltó de la mano e hizo que me adentrara en el mundo que había ido creando para mí pensando que de esa forma, su ausencia dolería menos. Se equivocó. Ya no había princesas que rescatar, ni caballeros que se batiesen en duelo. Ya no había ranas a las que besar, ni castillos por conquistar. Ya no había cisnes que se transformaran en bellas damas, ni jóvenes apuestos que surcaran mares en busca de tesoros perdidos. Ya todo había terminado: … Y colorín colorado ese cuento había acabado.

La espera se fue acomodando a codazos apoderándose del lugar que se dejaba entrever como una posibilidad. Pero lo peor que te puede pasar es esperar a algo que nunca va a llegar o ni tan siquiera volver. Así que un buen día, me levanté del umbral que por tanto tiempo había sido mi asiento favorito y decidí vivir otros cuentos…

El galán ha abierto sus flores  como cada noche, posándose en el alféizar de mi ventana, guardando mis desvelos: «A la nanita nana, nanita ella, nanita ella…».

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