LO QUE NUNCA QUISE SER

                                                                           1

El agua cae levemente sobre los cristales en los que mis manos han dejado sus huellas minutos antes. La tarde se va diluyendo ante mis ojos dando paso  al cierre de un capítulo más de mi vida. Nunca me había detenido, el tiempo suficiente, para contemplar la lluvia. Esas minúsculas partículas líquidas llamadas gotas a las que solemos dar forma de lágrima cuando las dibujamos. Observándolas me doy cuenta de que es un error inevitable aparear ambas palabras —lluvia y llanto— como también es inevitable que se me erice el vello cuando El piano jondo suena por El llanto de la lluvia.

La llovizna me viste de luto, no quiere colores en un día sombrío. Se esconde bajo un manto de nubes que impiden la entrada a una sonrisa que  hoy no quiere aparecer, como tampoco lo hizo ayer, ni antes de ayer, ni hace una semana… no sé cuánto tiempo lleva desaparecida pero tampoco me importa mucho. En los últimos tiempos he perdido tantas cosas que por una más no voy a formar un escándalo. Me he ido acostumbrando al desinterés, a la dejadez, al descuido, a no buscar lo que he perdido; si es que algún día lo tuve, porque ya lo pongo en duda. Hablo de ti, sí, de quién más podría hablar; ¿tal vez de mí? es posible pero yo ya me conozco y además no me apetece. Llevo semanas ¡qué digo semanas! ¡más bien meses haciéndolo! ¿por qué no debería hacerlo? Tus recuerdos me pertenecen y voy a hacer con ellos lo que me dé la gana.

Aunque solo me sirvan para torturarme un día tras otro. De cualquier forma tú ya no vas a volver, es más,  ni tan siquiera te lo planteas: «Charlotte, no me llames más por favor, deja de ponerte en ridículo» me dijiste la penúltima vez, creo, porque fueron tantas las veces que cogí el móvil y pulsé la tecla de rellamada que no sabría decir si fue exactamente la penúltima, la antepenúltima, las cien primeras veces… no sé. Lo que sí recuerdo es que después de aquellas palabras lo volví a hacer, el por qué, tampoco lo sé. Supongo que guiada un poco por la rabia, otro poco por la desesperación y muy mucho por la necesidad.  Me negaba a borrarte de la memoria del móvil y de la mía. Hasta que un día, una persona —vete a saber a quiénes les obligan a dar una información tan irritante— me respondió con un mensaje en el que ponía: «Ese número tiene las llamadas restringidas». Porque digo yo que a alguien se le debe de haber ocurrido tan magnífica frase para que un individuo te saque de su vida sin ensuciarse las manos. Deduje que de las tres posibles formas que hay de bloquear a una persona tú te decidiste por la de forma indefinida, para mí. La más sensata si cabe recordar que te rayaba con tanta llamada. Pero tengo que decir que aquel mensaje fue como una gran bofetada a la creencia de que algún día entrarías en razón y te dieras cuenta de que el haberme dejado había sido la peor decisión te tu vida. De esta forma tan básica, tan simple y tan jodida desaparecí.

                                                                           2

Había quedado con un amigo para irnos a tomar algo, era viernes y era inexcusable no salir. El día había comenzado bien: ningún problema en el trabajo, incluso la enfermera jefe nos había felicitado al turno de mañana por lo bien que se había ido desarrollando la jornada. Salí contenta —Gloria no es una mujer que se prodigue mucho en halagos con el personal que está bajo su cargo— así que un contentamiento se apodero de mí de manera sorpresiva que me fui canturreando para casa. Al llegar no tuve más remedio que encender la radio para seguir con el rollo y ¡qué estaba sonando! ¡Dura! de Daddy Yankee. Retiré rápidamente sillas y demás mobiliario que me estorbaban e improvisé una pequeña pista de baile en dos patadas —no es que yo sea una forofa del reggeaton— pero en zumba este tema es un clásico con lo que al escucharla se me van los pies y comienzo a hacer la coreografía que Rosa —en su infinita paciencia— ha logrado que por fin me moviese al mismo compás que el resto de la clase. Estaba en estas cuando el móvil sonó:

            —¡Hola guapa!, ¿qué haces?

            —Echando un baile —le respondí a Sergio.

            —Preparándote para la noche ¡eh!

            —Jajaja, cómo lo sabes, hay que quemar la pista.

            —Guarda un poco para luego, no comas ansias —riéndose.

            —Ok. Dime, para qué me has llamado.

            —Te comento: el caso es que… —cogiendo aire—: se ha apuntado a la party Noelia. —Sin respirar.

            —¡Cómo, no jodas!

            —Lo sabía, sabía que te ibas a enfadar cuando te enterases.

            —Pero quién demonios le ha dicho que íbamos a quedar.

—La verdad, no sé cómo pasó exactamente —haciendo memoria—. El caso es que estábamos: Vicky, una compañera suya del trabajo, —por cierto tengo que decir que es monísima— y que le hubiera echado los tejos de haberme gustado las mujeres… —suspirando— y aquí el menda. Bueno, a lo que voy que me lío… pues como te iba diciendo: estábamos los tres tan tranquilamente tomándonos un café en Your better coffee, —ya sabes, la nueva cafetería que han abierto en la calle Batalla de Bailén, donde estaba antes una papelería… a ver cómo se llamaba… Papelería Hnos Martín… no, no era Martín… eran…

            —¡Sergio! Me vas a decir de una maldita vez lo que pasó.

            —¡Uy, mujer, cómo te pones! Solo quería situarte.

            —Al grano, que me estoy poniendo de los nervios.

            Sergio es una persona un tanto peculiar. Es de esas que para relatarte cualquier cosa echa mano de circunloquios, perífrasis… hablando claro; que utiliza más palabras de las estrictamente necesarias para expresarse, lo que viene siendo; dar rodeo o enrollarse demasiado. Así que había que cortarle para poder llegar al «quid» de la cuestión.

            —Vale guapa, no mates al mensajero.

            —Sergio, me estoy haciendo vieja por momentos.

            —Entendido. Como te iba diciendo y omitiendo detalles superfluos como: dónde estábamos, qué hacíamos o para qué habíamos quedado… Vete al meollo Sergio que te vuelves a ir del tema —se dijo para sí—. Vicky tenía unas entradas para el concierto de Dani Martín que da el sábado en el Wizink Center. Lo que ocurre es que le faltaba una para que pudiésemos ir todos. Con «ir todos» me refiero a Esteban, Mario, Vicky, tú y yo. Ya sabes, los de siempre. Decidimos que una buena idea sería echarlas a suerte cuando se acordó de que Noelia la había llamado por teléfono para invitarla al mismo concierto, así que dedujimos que debería de tener una de más. Enseguida, sin perder tiempo, le devolvió la llamada aceptando la invitación. Pero claro, como bien dice el refrán: «No hay mal que por bien no venga». Lo que significa; que si nos cede la entrada, ella tiene que venir con nosotros. No queda de otra.

            —¡Joder Sergio! sabes que no la soporto.

            —A ver guapa, que tampoco es Santo de mi devoción, pero es lo que hay si queremos ir todos al concierto. Además, esa inquina que tienes hacia ella te la deberías de mirar, me estás preocupando. Tampoco es que haya hecho algo tan malo la muchacha para que le tengas ojeriza.

            —Es que es tan mona ella, con su manicura siempre perfecta, sus mechas cobrizas, su maquillaje apenas perceptible que la hace aparentar cinco años menos y sus estilismos que parecen recién sacados de la Mercedes-Benz Fashion Week. Y ni que decir de ese vocabulario de niña bien que me entran ganas de vomitar cada vez que la oigo hablar.

            —Ya guapa, tú decides: si quedarte en casa un sábado por la noche y morirte de asco o venir a ver al macizo de Dani Martín. Yo lo tendría muy claro… a mí es que ese tío me pone los pelos como escarpias, como si cuando canta Eres ese caramelo… que quería… me lo estuviera diciendo a mí.

            —Jajaja, está bien, me has convencido.

            —Así me gusta. Nos vemos esta noche y seguimos hablando.

            —Muy bien.

            —No te retrases, que sabes que no me gusta esperar solo. La gente se queda mirando con cara de lástima como diciendo: «A este pobre ya lo han dejado plantado».

            —De acuerdo, seré puntual.

            —Bien, hasta luego entonces.

            —¡Chao!

            Para cuando colgué, la música ya había terminado y la que estaba sonando no me atraía en absoluto. Apagué la radio, ordené el salón, saqué del frigo un taper con las sobras de ensalada César del día anterior y me dispuse a pasar una tarde de lo más tranquila, reponiendo fuerzas para lo que se avecinaba.

                                                                         3

El local estaba hasta la bandera. Después de dar varias vueltas por fin encontramos un hueco donde poder acercarnos a la barra y pedir. Después de quince minutos esperando a que uno de los camareros nos hiciera caso y dejar de parecer que estuviésemos jugando al Indomimando pudimos alejarnos ya con nuestras bebidas en las manos.

No sé cuánto tiempo llevaríamos allí dentro cuando de repente se hizo la luz entre tanta gente. Te vi aparecer de detrás de un grupo de chicas que bailaban lo último de Ozuna, balanceando sus caderas con descaro mientras que sus largas cabelleras caían por sus espaldas descubiertas hasta la cintura. Parecieran sacadas del video clip. No te diste ni cuenta de mi presencia pero yo ya no puede dejar de mirar en la dirección donde te encontrabas. Intentaba llamar tu atención compitiendo, en una batalla absurda, contra todas las mujeres que nos hallábamos en tu círculo más próximo. Contoneándome de una forma tan disparatada que casi me descoyunto. Me estaba recomponiendo de uno de esos vaivenes cuando al alzar la vista cuál fue mi sorpresa al ver que te dirigías hacia mí. Tu caminar era lento y a cada paso que dabas mis piernas se ponían a temblar cada vez más. Hasta que llegaste a mi altura, el pulso se me aceleró y la boca se me secó. Di un trago apurando lo que quedaba en la copa y me dispuse a regalarte una de mis mejores sonrisas. Pero pasaste de largo, ni tan siquiera me miraste al pasar por mi lado ¡cómo es posible! si nuestros cuerpos casi se rozan, si nuestras manos se podrían haber tocado con tan solo haber estirado los dedos, si con haber girado la cabeza unos milímetros nuestros ojos se hubieran encontrado… Todo aquello podría haber pasado si no es por la rubia con minifalda de lentejuelas que brillaba más que la bola de luces del pub. Me quedé con cara de pasmarote y con una copa llena de hielos en las manos.

No sé qué le estarías contando a la rubia pero ella no dejaba de lucir su perfecta dentadura que brillaba más que su falda. Siento que me tocan el hombro.

            —¡Qué cómo va la noche! —pregunta.

            Es Sergio que vuelve de su periplo.

            —Jodida —respondo— mientras le señalo a la parejita que no deja de reír tontamente.

            —Ya, ahora entiendo. Nena, pues a por otro, que será por qué no hay esta noche. Yo estoy como loco. Cuando veo a alguno que me gusta aparece otro mejor. Al final me he quedado con aquel —señalando a un moreno de estatura media que no dejaba de mirar a Sergio con insistencia—. Creo que no voy a poder acompañarte a casa. —Con una sonrisa lasciva.

            Cuando salimos de fiesta solemos compartir taxi. Les cae en el mismo recorrido y nos sirve para comentar qué tal nos ha ido la noche a ambos.

            —Está bien, al menos una de las dos se lo va a pasar en grande cuando llegue a casa —dándole un codazo.

            —Eso espero guapa, aunque pinta bien.

            —Anda, lárgate, y pórtate mal.

            —Como lo sabes.

            —Hablamos para lo del concierto.

            —Ok.

            Dejé la copa en uno de los peldaños de la escalera que bajaba a los servicios. Fui abriéndome paso hasta que por fin pude ver la salida. Había casi más gente fuera que dentro, el ambiente era denso debido a los 21º  de mínima que llevábamos padeciendo durante unos días. Paré un taxi y en media hora estaba tendida sobre la cama con tan solo una braguita brasileña como atuendo. Miré el reloj, demasiado tarde. Cerré los ojos e intenté dormir un poco antes de que sonara la alarma.

 

4

Me levanté de un salto, no había pegado ojo. Pero mañana podría descansar, cambiaba mi turno a la tarde, así que tendría tiempo para recuperar el sueño atrasado. Soy de la opinión de que los fines de semanas deberían de ser para relajarse y recargar pilas pero cuando estudié enfermería no lo tuve en cuenta. Tras siete horas frenéticas llegué a casa exhausta. Me desnudé y me tiré de nuevo en la cama deshecha de la noche anterior. Hacía demasiado calor, me levanté a por un vaso de agua fría, cogí unos cuantos hielos del congelador, los lié en un paño y me volví a la habitación. Me pasé los hielos suavemente por todo el cuerpo mientras que iban dejando un canalillo de agua por todo él. Y no sé por qué tu cara me vino a la memoria. Eso hizo que arqueara mi espalda y sintiera un flujo de calor que me hizo gemir de agrado. Sonó el móvil. «¡Joder!» pensé.

            —Dime Sergio.

            —Vaya, qué desidia guapa, cualquiera diría que no has pegado ojo y si hay alguien que no ha dormido esta noche ha sido moi.

            —Algo parecido.

            —No me digas que al final tuviste jaleo con el morenazo.

            —¡Qué va! No todas tenemos la misma suerte que tú.

            —¡Ah sí! eso sí que es verdad, y guapa ¡qué noche me ha hecho pasar el maricón!

—A juzgar por tu entusiasmo ha debido de ser espectacular.

—Mítica diría yo.

—Jajaja, pues me alegro. Ya era hora de que alguien te diera tu merecido.

—Ya lo creo, luego te cuento que aún lo tengo en casa.

—¡Cómo! serás desgraciado.

—Te dejo guapa, parece que se ha quedado con ganas de más.

—Disfruta tú que puedes. ¡Eh! No te olvides que hemos quedado para el concierto.

—Allí estaré, no te preocupes, aunque me tenga que llevar a este atado al cuello.

—Hasta dentro de un rato.

Estaba esperando en la entrada de la zona de Goya. Allí habíamos quedado para entrar juntos al recinto. Había ido en metro, pasaba de dejarme una pasta en el parquin. Mandé varios wasaps a Sergio para saber por dónde andaba. En el último, por fin, me contestó: «Estoy en 5 min guapa, mua». Antes de que transcurrieran los cinco minutos comenzó a llegar el resto.

—¡Hola! —saludó Esteban con dos besos—. Seguidamente fueron Mario y Vicky, que al acercarse me susurró: «Siento lo de Noelia cariño».

Noelia apartó a Vicky de un manotazo y apareció delante de mí con una sonrisa de lado a lado.

—¡Hola guapis!

—¿Qué tal Noe?

—«Sssúpermegabien» —con ese tono de voz gangoso y alargamiento de la «s».

—Me alegro —respondí con una sonrisa forzada.

—¡Hola a todos!

Había llegado la alegría personificada en Sergio con voz chillona. Pero he de agradecer que no tuviera que seguir la conversación de besugos con Noe.

—Bueno —dijo Esteban— ¿quién se va con quién?

—Yo iré con Noe —respondió rápidamente Vicky—. De todas formas ha sido ella quién me ha invitado.

¡No sabe cuánto le agradecimos el resto de su valentía en aquellos momentos! Pasar un concierto entero sentada al lado de Noe puede llegar a ser comparable como una de las peores cosas que te pueden pasar en la vida. Expresiones como: «Me mola mazo» «es súper fashion» «es muy cool» «esto es crazy»… son como una verdadera tortura para cualquier oído.

Sentados cada cual en sus asientos no pude por menos que acercarme a Sergio y preguntarle por su última conquista:

—¿Dónde has dejado al maromo?

—Le he dado permiso para que descansara unas horitas —poniendo ojos de pícaro— esta noche seguiremos.

—Así que vas a hacer doblete.

—¡Uy, y triplete si se da el caso!

—Por eso te has puesto tan guapo ¡eh!

—Mis mejores galas, como diría Noe…

—No, por favor…

—«Jo, cómo te pasas, ¿no?» «o sea ¿no?» «porfita».

—Jajaja, eres el demonio.

—«Tía, eres la milk» «¿saes?».

—Para ya , anda, que me duelen las mandíbulas de tanto reírme y centrémonos en el concierto.

—Eso, eso, que este tío no tiene desperdicio «te lo juro por la cobertura del móvil».

Después de dos horas de concierto decidimos volver al pub de la noche anterior. Noe nos hizo el favor de marchar para casa, supongo que para una niña bien como ella es demasiado cutre ir a garitos donde la música está demasiado alta, donde no hay apenas espacio para moverse y donde la gente que lo frecuenta no suele verse en acontecimientos donde se codea lo mejorcito de la sociedad madrileña.

Eché un vistazo rápidamente y antes de que terminara la vuelta de 360º mis ojos se detuvieron al presenciar; objetivo a la vista. Allí estabas, con una copa en la mano y haciendo como que bailabas ¡tan mono! No iba a dejar pasar esa oportunidad ni que otra rubia oxigenada acaparara tu atención. Así que me armé de valor y haciéndome camino entre el gentío me planté frente a ti: «¡Hola!» te dije. Me miraste sorprendido. No sé si por el descaro que tuve al acercarme o porque te hizo gracia la forma en la que lo hice. Ahí comenzó mi calvario. Aquella maldita noche en la que se me ocurrió la grandiosa idea de abordarte; dejando claro de que me gustabas y utilizándolo muy bien a tu favor. Era más que evidente que mi atracción por ti era mayor que la tuya por mi. Simplemente te dejabas llevar por algo que no te suponía el mayor esfuerzo: citas esporádicas en las que el sexo estaba implícito. Frases como: «El mejor sitio donde estar ahora es entre tus piernas» hacían que perdiese el norte y me sentara sobre ti a horcajadas para sentirme el ama. Tener el dominio, someterte a mis vaivenes que hacían que gimieras de placer. Compartiendo sudor, jadeos y embriaguez. Que cuánto duró ese emborrachamiento, cinco citas exactamente. Porque tampoco es que dijésemos de quedar  sino más bien de si coincidíamos. «Podíamos vernos mañana» proponía como una imbécil. A lo que tú contestabas: «Si coincidimos, puede ser». Me debería de haber dado cuenta que expresiones como; «… estar ahora…» «… si coincidimos…» eran propias de un hombre que solo veía en mi una forma fácil de obtener lo que quería con la mayor de las garantías. Dejaste de aparecer por el local, sin más, pero cometiste un gran error y fue el darme tu número de móvil. Así que me aferré a él como a un clavo ardiendo y soportando estoicamente tus millones de excusas para no volver a vernos. Algunas tan disparatadas como: «Voy a estar fuera unas semanas porque tengo que suplir a un compañero de Barcelona» o esta otra «Tengo un catarrazo que no puedo ni mantenerme en pie» a esta contesté: «Si quieres puedo acercarme y hacerte mimos». Estuviste rápido en tu respuesta: «No, no, no quiero molestarte, además me voy a meter ahora mismo en la cama y seguramente que en cinco minutos estoy dormido». Pero si debo quedarme con alguna, sin duda me quedo con esta: «Estoy en urgencias con un amigo, luego te llamo y te cuento» mientras que de fondo se oía a una mujer preguntándote que dónde guardabas las copas. Supongo que  tu amigo estaba realmente mal porque que su voz sonara aguda y sexy se debería a un cambio hormonal.

Sergio me está llamando, será para que nos veamos, pero no tengo ganas de salir; le diré que venga a casa. Como él muy bien dice: «Ese término tan moderno de amigovio, no me gusta para nada. ¡Qué coños es eso! El amigo con derecho a roce de toda la vida o que te follo cuando me dé la gana pero seguimos quedando como amigos. ¡Joder! las cosas claritas desde un principio; si somos amigos pues amigos, si follamos pues follamos pero teta y sopa… ¡Qué no y qué no! Que mezclar las dos cosas nunca sale bien». Y tiene más razón que un Santo. Que mi Sergio será una loca descreída pero dice verdades como puños; «Guapa, te lo digo de corazón, ya lo sabes, pero te has convertido en lo que nunca quisiste ser».

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