EL JARDÍN ACUÁTICO

 

 

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Foto de Amalia J. Catena.

 

 

Ella quería parar el tiempo, así que cogió todos los relojes de su casa y se olvidó de ellos metiéndolos en una caja cerrada con llave. Más tarde se acercó al estanque que había hecho construir en un rincón de su jardín y se deshizo de ella arrojándola al agua. Había conseguido aquel remanso de paz combinando ejemplares de el Barbo Dorado, el Pez Abramis Brama, el Cacho y el Goldfish con plantas como el Iris, el Jacinto de agua, los nenúfares y cómo no; la Flor de Loto. Por todo ello y por ser donde había pasado largas tardes sentada sobre el Césped Ribereño que bordeaba el perímetro del estanque, decidió que era el lugar perfecto donde desaparecer del tictac insidioso que marcaba su vida. El tiempo había dejado de existir para ella, ahora se limitaría a continuar sin más.

Pasados unos minutos, se dirigió con paso firme a donde había dejado la caja. La cogió entre sus manos y cavando un hoyo bajo el sauce, donde las noches le llegaban al son de un vaivén lento y pausado que hacía crujir la madera de abeto chino del asiento de la mecedora, la enterró. Pronto crecería la hierba de nuevo, haciendo desaparecer la tierra escarbada que había dejado en forma de un pequeño montículo. El tiempo se encargaría de pararse así mismo en los relojes que contenía.

Se levantó con no poca dificultad. Sus doloridas rodillas aquejadas de artrosis eran incapaces de soportar el peso de su cuerpo. Llevaba una prótesis en la izquierda pero ya le había advertido su médico que cuando comenzara a fallar, su reparación sería difícil y complicada. Le había hablado de unas inyecciones de célula madre como nuevo tipo de terapia o bien para parar el proceso degenerativo o bien para regenerar el cartílago dañado; pero ella no pudo menos que responder con cierta suspicacia cuando se lo aconsejó: «Usted fíjese bien en la edad que tengo. Si todavía hubieran células abuelas» le dijo. —Ambos rieron—: «A ver… son unas células que se encuentran en todos los organismos independientemente de la edad que se tenga» le informó entre bromas. Pero de aquello ya hacía varios años y tras haberlo descartado, tan solo le quedaba su inseparable y gran amigo Sebastián.

Sebastián era un bastón. Nada sofisticado ni de coleccionista como los que llevaban de puño la cabeza de un animal. Este era un simple bastón en madera de haya con empuñadura en «T» que le servía fielmente para apoyarse al andar. Lo había bautizado  humanizando de alguna forma a aquel artilugio que la sostenía en pie acompañándola en sus pequeños paseos: «Vamos Sebastián, que hoy hace muy buena tarde  y mis piernas necesitan de ejercicio si no, pronto dejaré de necesitar tu ayuda y te aseguro que no me gustaría prescindir de ella. Son tantos años ya juntos que verte arrinconado junto con mis zapatos de tacón me daría mucha lástima. Además, aquí, entre tú y yo: ese aparato que llaman andador no me gusta para nada. No sé por qué, pero no me cae nada bien. Es tosco y lento, muy lento; no es que nosotros seamos Usain Bolt pero nada comparable con lo otro: dos pasos y te sientas, otros dos y te vuelves a sentar… Así no, Sebastián, así no se puede ir a ningún sitio. Tú me entiendes ¿verdad que sí, amigo?… ¡Ay Sebastián, que me parece que mis inútiles piernas hoy no quieren avanzar más! Están más torpes de lo normal. Si ya decía yo que nuestra amistad estaba durando demasiado y no sabes ¡cuánto me duele tener esta vez la razón!». Cambió de mano a Sebastián, dio media vuelta y desanduvo la corta distancia que había entre los limoneros y la entrada de la casa.

 Sentada en la butaca del salón, arropada con su vieja manta de felpa hasta la cintura y Sebastián descansando a su lado, apoyado sobre uno de los brazos de la misma, pensó en cuánto tiempo le quedaría  a aquellos relojes del jardín para que sus manecillas dejaran de dar vueltas para siempre. ¿A qué hora y qué día sucedería? Estaba segura que cuando el último de ellos comenzara el recorrido angustioso de saber que era el minuto definitivo, lo acompañaría en su despedida. Era una forma de enterrar a su destino que estaba próximo; a ella misma. Prefirió vivir en esa ignorancia de saber que en algún momento todo se para, se paraliza, se detiene, se suspende… se termina. Solo quedaría su hermoso jardín acuático, los árboles frutales dando color y vistosidad, la sombra de la imponente copa frondosa del sauce y una mecedora vacía bajo él. Así que cerró unos ojos cansados y humedecidos en sal cansados de ver tanta soledad.

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