DESENTENDERSE.

 

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                                                        Foto de Amalia J. Catena.

 

 

Desapareció como agua por el desagüe, como viento que azota, como lluvia que empapa pero no moja, como sol que abrasa… como los días que nos tuvimos envilecidos por el afán de prolongar lo inexistente.

            No era amor, o al menos no lo parecía, porque la enemistad me llevó al rencor, al resentimiento que había ido adquiriendo tras saber de su engaño. Me lo puso muy fácil —el odiarlo—, y en las ganas de compensar todo el daño sufrido me embarqué en un viaje de venganza de no retorno. Cavé dos tumbas: una para él y otra para mí —aconsejada por Confucio—. Entendía que cuando todo acabase el seguir en este mundo sería más cuestión de suerte y no dependería tanto de nosotros.

            Saqué toda la artillería que no eran más que recuerdos, imágenes, lugares, palabras, promesas que en su día nos hicimos transformando el futuro en próximo. Ahí fue cuando la rabia apareció sin previo aviso, sin avisar, sin esperarla, como su embuste; como el día en que nos conocimos.

            «¿Por qué tirarlo todo por la borda?» Me hice tantas veces esa pregunta que a punto estuve de perdonarle, de salir corriendo y buscar su abrazo. De consolarme escuchando el latido del corazón apoyada en su pecho, ¡se estaba tan a gusto allí! En ese recoveco que era mío hasta que dejó de serlo. Obligarlo de nuevo a darme esos besos que tanto ansiaba, a exigirle que sus ojos me volvieran a mirar con deseo, a apoderarme de su alma. Pero nada fue posible porque como bien dice María do Cormo —Carminho— junto con Pablo Alborán en Perdóname:

 

Ni una sola palabra más

No más besos al alba

Ni una sola caricia habrá

Esto se acaba aquí

No hay manera  ni forma

De decir que sí.

            Me deshice del dolor engurruñándolo hasta que cupo en una sola mano, arrojándolo al mismo lugar donde habían quedado todas las miserias. Palada a palada volví a cubrir de tierra aquellos dos huecos que había cavado para nosotros. «No mereces tanto esfuerzo» me dije, pero era la única forma de encontrarme. Así que con las uñas rotas y sucias por el trabajo descansé sobre ellas al mismo tiempo que mi aborrecimiento se lentecía por ti.

            Cada año regreso al mismo lugar parándome frente a ellas, pongo una rosa sobre el césped que las ha cubierto y dejo que se marchite por falta de amor a la intemperie. Recordándome que bajo ella reposa el compromiso de permanecer unidos para siempre.

 

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