Una historia más…

Hola a todos de nuevo:

Hace algún tiempo, comencé a escribir una pequeña historia en mi página, Peor es nada que se fue convirtiendo poco a poco en un libro titulado: Amigas mías. Los siete primeros capítulos de los treinta y uno que la componen los compartí con vosotros dejando de hacerlo para dedicarme más de lleno en la labor de escribirla más pausadamente. Ahora, una vez terminada, he decido regalárosla en forma de dos capítulos por semana. Os dejo la sinopsis para que tengáis una pequeña visión en conjunto de la novela:

Cuatro mujeres —Sofía, Julia, Nuria y Patricia—, se verán obligadas a poner  a prueba su amistad debido a una serie de circunstancias que las envolverán complicando su relación. Amor, engaño, traición, envida, dolor… son algunos de los sentimientos y emociones que llegarán a sentir en ese momento en que sus vidas está más alborotada que nunca.

¿Serán capaces de sobreponerse y continuar con la amistad que desde años las ha unido? O por el contrario ¿tomarán caminos distintos, haciendo que se transformen en simples desconocidas?

Un reto que se irá desgranando a lo largo de la novela, dependiendo de las decisiones que sus protagonistas vayan tomando.

Comenzamos con los siete primeros capítulos —para recordar— y dos más. ¡Ahí van! Espero que os guste. Para hacer algún comentario: marelia69.wordpress.com o bien en la página Peor es nada. ¡¡Gracias!!

Como siempre, agradecer a mi buen amigo Antonio Hernández Moreno por la foto de la portada.

 

 

Amigas mías

 

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Elia Castro Gordillo

 


 

 

 

 

 

1

La tarde estaba transcurriendo con total normalidad, las cuatro mujeres allí presentes habíamos acudido a nuestra cita semanal  como era de costumbre desde hacía ya  más de una década. Era una cita obligada y que solo por circunstancias de fuerza mayor podíamos eludir. Estábamos en casa de Nuria —esa tarde era la encargada de  preparar nuestra reunión— cuando  a Julia le pareció una idea estupenda lo de espetarnos sin más que iba a dejar a Cristóbal:

            —Voy a dejar a Cristóbal. Lo he estado pensando mucho, no creáis, pero es lo mejor para los dos.

            El silencio se hizo en el salón por unos segundos que parecieron horas mientras que la mirábamos sin salir de nuestro asombro.

            —¡Vamos chicas, no me miréis así, os tenéis que haber dado cuenta que entre Cristóbal y yo las cosas ya no funcionan como antes!

¡Pero es que no era pero menos! Incapaces de articular palabra fue Patricia la que se aventuró a comentar semejante confirmación.

            —Estáis pasando por una mala racha, como en todos los matrimonios, aún estoy por conocer alguno que no haya pasado por lo mismo. Yo cuando estoy en ésas, me suelo ir de compras, apuntarme a alguna actividad que me desfogue… Ya sabéis —sin dejar de dar vueltas a su capuchino— de esas que te quitan la mala hostia que llevas encima.

            Entonces fue cuando salimos de nuestro letargo y  tanto nuestros ojos como nuestra atención fueron a parar  hacia la persona que había hecho tal comentario a la espera de  que nos explicase qué clase de actividad era aquella. Patricia no era de deportes así que, y aún dudando  de saber de qué se podía tratar, todas pensamos en lo mismo.

            —¡Joder Patricia! ¿Es que estás liada con alguien? —preguntó Nuria.

            —No exactamente, la palabra que pueden definir mis actos es la de; flirteo… —Animándose a dar un sorbo de su café—. Manifestar cierto interés sexual por alguien pero sin compromiso.

            —¡Joder, joder… serás cabrona! —Nuria podía preparar el mejor capuchino del mundo pero también era capaz de formar una frase entera tan sólo con palabrotas. Cualidad que a Julia no le agradaba reprochándole la «boca de camionero que tenía».

            —Yo también —dijo Julia.

            —Tú también qué… —preguntó Patricia.

            —Que soy una cabrona, como dice Nuria, pero lo mío es aún peor.

            —No me jodas que tú también estás… —¡No puedes decir: no me digas, no me fastidies… no sé, cualquier otra cosa que no sea; joder y joder, todo el tiempo! —Interrumpiéndola.

            —Vaya hombre, la bien hablada, le pongo los cuernos a mi marido pero me molesta que me digan J-O-D-E-R —deletreando la palabra— cuando es lo que estoy haciendo.

            —Bueno, haya paz —me apresuré a calmar los ánimos—. Creo que esta tarde está siendo buena como terapia —ejerciendo de sicoterapeuta—: llego a la conclusión de que Patricia tiene escarceos, de vez en cuando, con distintos hombres y sin ánimo de comprometerse y que Julia, por otra parte, mantiene una aventura  que dura más en el tiempo; motivo por el cual va a dejar a Cristóbal. Corregidme si me equivoco.

            —Así es —afirmó Julia—. Hace un par de meses que me veo con alguien y la relación va cada vez mejor. Él también está casado y nos hemos planteado el dejar a nuestras parejas e irnos a vivir juntos. —Se había echado sobre el respaldo del sillón orejero—. No sé cómo sugerirle lo del divorcio ni cómo se lo vaya a tomar. Para él es una crisis pasajera, se niega a reconocer que nuestro matrimonio se ha terminado. Aunque tendrá que aceptarlo cuando le presente los papeles para que los firme.

            —Pues como se suele decir: «Al mal paso darle prisa». —Aconsejó Patricia—. Yo bien es cierto que las crisis no  me las he tomado como algo trascendental, sino  como un entretenimiento a la rutina de pareja, es como hacer un paréntesis, cambiar de costumbre, no sé, renovarte como mujer, volver al sexo impaciente, sorpresivo y sin reclamos. Jamás se me ha pasado por la cabeza el dejar a Pedro, —soltando la taza que aún se mantenía caliente entre sus manos— no sabría qué hacer sin él. Supongo que es la costumbre de la que huyo pero a la que siempre vuelvo.

            —¡Coño con la terapia, si hasta os voy a tener que dar la razón!

            —Jajaja… —riéndonos al ver la cara de Nuria—. Tú síguenos haciendo estos maravillosos capuchinos que de lo demás nos encargamos nosotras.

            —Pues me sale una tarta de mousse de chocolate y Baileys para chuparse los dedos. Para la próxima contad con ella.

            —No me lo puedo creer —dijo Julia.

            —¿El qué? —preguntamos al unísono.

            —Acaba de hacer una frase sin ninguna palabra mal sonante. Sabía que al final lo conseguirías.

            —¡Hostias es verdad!

Las carcajadas retumbaron por toda la habitación.

2

Jueves quince de septiembre, las seis menos cuarto de la tarde y Nuria que no aparece. Lleva media hora de retraso y no es que nos parezca inusual, el aparecer a deshora es algo inherente en su carácter. Pero nos había prometido la tarta de mousse de Baileys y estábamos impacientes por degustarla. La verdad es que he de admitir que a ninguna de nosotras nos sorprende su tardanza, más bien nos es indiferente, aunque en más de una ocasión se haya llevado una  reprimenda y sin por ello  conseguir  que corrija su falta de puntualidad. Palabra que no está en su vocabulario y que debería escribir en mayúsculas junto con: joder, coño, hostias…

Julia nos había empezado a relatar el episodio que había tenido con Cristóbal al entregarle los papeles del divorcio:

            —Qué os parece chicas, esta mediodía al llegar del trabajo, le he dicho que teníamos que hablar,  mientras le entregaba los papeles, y a qué no sabéis lo que me ha contestado.

            Patricia y yo la miramos de forma inquisitiva para que continuase con su relato.

            —«Muy bien, si es lo que quieres… Por mí perfecto. Quieres que te los firme ahora o después de que coma, vengo con un hambre que me muero». —Palabras textuales. Y yo me he quedado con una cara de gili… de imbécil que no he sabido ni qué responder.

            Seguíamos sin poder articular palabra.

            —Pero lo bueno de todo  es que se sienta a comer como si tal cosa, deja los impresos, si tan siquiera echarles un vistazo, y me pregunta: «¿Qué tal te ha ido la mañana?». No me digáis que no es para crisparse.

            —Claro, claro —acertamos a decir al mismo tiempo.

            Julia miró el reloj que Cristóbal le había regalado por su último aniversario. Se trataba de un reloj con correa de silicona, esfera lisa y cristal de Zafiro; de la colección diseñada por Max René para Bering. Ninguna fruslería.

            —¡Pero que son la seis de la tarde y Nuria que no aparece!

            No tardó ni dos segundos en sonar el timbre. Patricia se levantó como un resorte desapareciendo por el pasillo —como buena anfitriona, dejándome con una desesperada Julia—. Debe ser ella —nos dijo antes de que la perdiéramos de vista.

            A su regreso, traía a Nuria que venía maldiciendo en su lenguaje habitual.

            —Vengo con los nervios a flor de piel. Si os cuento no os vais a creer lo que me ha pasado esta mañana. —Poniendo un paquete envuelto en papel de aluminio y metido en una bolsa del Carrefour, sobre la mesa—. Aquí está lo que os prometí, no sé ni cómo la he podido terminar de hacer  porque estaba que me subía por las paredes.

            –A ver mujer, qué te ha pasado. —Palmeando el asiento vacío junto a mí—. ¡Cuéntanos! —Mientras Patricia nos iba cortando un trozo de tarta a cada una.

            —Anoche, me fui a la cama pensando que tenía que ir al INEM para sellar la tarjeta, cuando al mirar la fecha esta mañana me he dado cuenta que se me había pasado el plazo.

            —¿Y?

            —Pues que me he presentado en las oficinas y después de estar esperando ¡una hora, joder, que ya está bien! la chica me dice que no puede sellarla ya que la fecha está vencida y que si no me ha llegado una notificación certificada donde se  me comunica que  me han abierto un Expediente Sancionador.

            Silencio.

            —Al oír Expediente Sancionador ¡imaginaos! me he puesto de los nervios y le he respondido que a mi casa no ha llegado ninguna carta. Y ¿a qué no sabéis lo que me ha dicho? —Claramente la tarde iba de adivinanzas—. Pues que en breve la recibiría.

            —¿Y la sanción? —preguntó Patricia.

            —¿La sanción? —repitió Nuria—. Un mes sin cobro de prestación. Y si deseo continuar como persona demandante debo inscribirme de nuevo. Es más, me dice que he tenido suerte porque suele haber sanciones aún  más severas si se incurre en la misma falta reiteradas veces.

            —Pero qué día tenías que haber ido, —sorprendiéndome por la medida tan desproporcionada.

            —El jueves.

            «Pero si hoy es jueves» pensamos todas.

            —Jueves ocho.

            —Pero si de eso hace…  —dije en voz alta.

            —Ya sé lo que me vas a decir…  —Cortándome antes de que pudiera terminar la frase—. Que de eso hace una semana. ¡Confundí las fechas, coño! No creo que sea para tanto, un olvido lo tiene cualquiera. Así que allí me han tenido toda la santa mañana  rellenando impresos los muy hijos de pu…

            —¡Nuria por favor! —Le reprendió Julia antes de que esta acabara como de costumbre—. Además tú no sabes que se puede sellar por Internet. Tienen un portal web específico para ello.

            Nuria la miraba sin entender de lo que le estaba hablando. Internet, portal, web… ¡Pero qué cojones era todo eso! Sí hombre, Internet, Google, los conocía porque tampoco era tan tonta ¡hostias! Pero ¿portal? como no fuera el de su casa; y la web; ahí ya la han matado.

            —Me parece muy bien Julia, pero te olvidas que las nuevas tecnologías y yo estamos reñidas. Que a mí me sacas del historial de búsqueda y estoy perdida.

            Jajaja, nos echamos a reír Patricia y yo mientras que Julia miraba a Nuria como un caso perdido.

            —No tienes remedio —dirigiéndose a la autora de aquellas palabras— pero no te quito mérito a la hora de hacernos reír. Yo venía un poco fuera de sí y has hecho que me olvide un poco del tema.

            —¿Y eso?

            —Ya te contaré.

            —Es sobre Cristóbal —me aventuré a decir— si hubieras estado a la hora que se dijo, lo sabrías.

            —¡Coño Sofía! Pues no os digo lo que me ha pasado, si he tenido que hacer la tarta de los huev… —Tapándose la boca con las manos— de mousse de Baileys a toda prisa.

            —Por cierto, está riquísima, ya me pasarás la receta.

            Todas asintieron con la cabeza confirmando mis palabras.

—¡Uff, qué tarde es ya! Os tengo que abandonar —dijo Julia en lo que daba el último bocado a su trozo de tarta—. Tengo que pasar por un sitio antes de llegar a casa.

            —¡Ayayay… que tú vas a ver a…! —soltó Patricia.

            —¡No! Hoy no hemos quedado. Los jueves los suele pasar con su hijo, lo acerca al fútbol y después se van al Burguer.

            —¡Ahhh…! Muy bien, ¿verdad chicas? —preguntó Patricia en modo de aprobación.

            ¡Por supuesto! Contestamos el resto aceptando el comentario.

            —Eh… yo también me voy.

            —¿Tú también tienes que pasar por un sitio antes? —Con cierto tono irónico.

            —No cariño, yo me voy directa a casa —respondí a Nuria.

            —Jajaja, entonces me voy contigo  y así me pones al día. —Recogiendo el bolso.

            —De acuerdo. Nos mandamos un whatsapp  por el grupo, bueno… a Nuria una nota con carácter informativo, como no entiende de tecnología. —Dándole un achuchón.

            —¡Qué guasa tienes!

            Una vez en la calle, Julia nos acompañó hasta llegar a la esquina, donde tras despedirse de nosotras, aceleró el paso desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.

            —Oye, ¿Tú qué piensas de lo que acaba de decirnos Julia?

            —Sinceramente, no sé qué pensar; pero no me inspira mucha confianza, la verdad.

            —Igual que a mí; joder.

3

Durante tres semanas Julia nos tuvo en vilo por sus ausencias en nuestras tertulias semanales. No nos explicábamos qué le podía estar sucediendo, aunque todo daba a entender, por los datos que habíamos ido recabando, que era algo relacionado con su divorcio y las causas que lo habían provocado. A mí, Julia, me caía especialmente bien; de todas las que conformábamos el grupo era la más disciplinada, severa en sus juicios e inflexible en sus sospechas; haciendo que en ocasiones pareciese áspera y dura en el trato. Ya tenía amistad con ella antes de que se formara; #Estamos todas —nuestro grupo de WhatsApp— al que más tarde se uniría Patricia y por último nuestra querida Nuria.

            Nos conocimos en clases de yoga. Por aquel entonces mi vida necesitaba de una reestructuración tanto física como sicológica. Lo segundo me había llevado a lo primero. ¡Qué contrariedad no!  En esta ocasión, el orden de factores sí había alterado al producto. El no estar mentalmente preparada para afrontar una ruptura, me había hecho caer en la desidia de no mostrar interés alguno por mi estado físico. Me fui abandonando hasta el punto de no querer mirarme en un espejo de cuerpo entero, el de no pararme en los escaparates de tiendas de ropa  porque sólo aquellos donde el letrero especificaba que había tallas grandes, eran  los únicos a los que yo podía tener acceso. A llevar una vida de ermitaña donde los donuts, el dulce de leche, las pizzas y las hamburguesas Double Quarter Pounder with Cheese (pedido a domicilio) y acompañadas con unas refrescantes Coca-Colas, eran mis sedantes ante la excitación nerviosa y la ansiedad que eso mismo me provocaba. Había caído en un bucle donde el final era de nuevo el principio, donde mi pelo había perdido su brillo natural, donde mis labios no sonreían con la frescura de un Infalible 24H de L´Oreal Paris tono 506, donde en mis manos no resaltaba una manicura Lei Carlotta Clarissa, donde en mis ojos no había sombras más que las de unas marcadas ojeras dadas por largas noches de insomnio, donde las mejillas coloreadas habían dado paso a unas mejillas regordetas y tintadas por el rubor del avergonzamiento, donde… donde… donde… Donde en lo más escondido de mí había dejado de ser yo. No sé en qué momento vi la luz al final del túnel pero todo lo que me rodeaba era sucio, no se prestaba a ser conocido por alguien que no fuese yo misma. Así que aquel programa en el que sus protagonistas eran mujeres que relataban su experiencia  tras haber pasado por una ruptura traumática, hizo que reconsiderase la posibilidad de volver a ser persona. Recogí el testigo y me puse manos a la obra o mejor dicho; en manos de una nutricionista, del kizomba y del yoga. Ocupé las horas en no pensar en aquello que no fuese lo que me estaba devolviendo a la realidad de la que huí y de la que ahora volvía a ser partícipe, ya podía verla con más objetividad, sin dolor, sin lágrimas.

Llevaba unos meses recomponiéndome cuando apareció en mi vida Julia. Era tan estricta en su hacer, buscando siempre la perfección  en cada postura —Asanas—,  en el modo de enrollar la esterilla, en cómo conseguía abstraerse de las personas que asistíamos a la clase haciéndola única y diferente… tal vez por eso y por su forma de hablar tan correcta —sin permitirse el lujo de decir algún improperio o palabra que pudiera desentonar con su actitud— lo que me llamó tanto la atención de ella. Ella me ayudaría a poner un punto y final y no me equivoqué; desde el mismo día en que le pedí si me podía decir la hora fuimos inseparables. Me permitía tener ese equilibrio gracias a su gran coherencia y yo, por el contrario, aportaba sensibilidad a sus actos. Nos habíamos convertido en una expresión algebraica: en un binomio.

Su vida familiar estaba compuesta por su marido, Cristóbal, el gran amor de su vida desde los catorce años. Sin hijos, se habían dedicado el uno para el otro siendo ellos mismos sus propios caprichos. Una vida holgada gracias al puesto de él como subdirector de un banco y a la tienda de ropa, de la que Julia era propietaria: Bohemia, de estilo «boho chic». Algo que me pareció genial en el momento en que lo supe ya que me hice asidua  llegando a ser una clienta fiel. En todos los años en los que he frecuentado la amistad de ambos, nunca me hubiera imaginado que una pareja tan perfecta pudiera romperse en mil pedazos. ¡En qué demonios estaría pensando Julia! ¿En qué momento creyó que yo podría respaldar la locura que iba a cometer o que ya había cometido? Me había hecho cómplice contándome sus planes de divorciarse de Cristóbal pero había omitido las causas, haciéndome creer  que su proceder venía dado por la desgana y el desinterés por ambas partes. El enterarme de las causas al mismo tiempo que el resto del grupo me hizo sentir que me había traicionado, la confianza se había esfumado relegándome a una más. Soy egoísta pensando así, lo sé; pero no puedo ser parte y jurado… no puedo, lo siento. Ella mejor que nadie sabe de mi pasado y debería entender que posicionarme, como pretende que haga, sería estar de acuerdo con lo que un día me hundió en la miseria. Y eso jamás. No juzgo, ni quiero ni deseo hacerlo, cada cual es libre de hacer lo que mejor considere para una misma, pero hay que pararse a valorar los daños colaterales que pueden producir una decisión. En mi caso fueron devastadores y no llego a entender cómo Julia puede ser esta vez el verdugo.

4

—… Pensé que te pondrías de mi lado —concluyó Julia.

Se puso en pie y sin volver la vista atrás salió de la cafetería donde dos horas antes nos habíamos citado. Dejaba claro que la tarde no había sido del todo favorable para ninguna de las dos.

Hacía tres semanas que no sabía nada de ella, pareciera que se la hubiera tragado la tierra. Desde que me enteré de las auténticas razones por las que dejaba a Cristóbal he de decir que me sentí defraudada; y no tanto por la falta de confianza que había tenido para conmigo sino por las formas de afrontar su nueva situación. Nos había apartado de su vida anteponiendo «su locura», a años de amistad. Durante meses nos había estado engañando a todas, hasta que sus remordimientos habían podido más que su falta de sensatez.

Por fin, aquella mañana, devolvió uno de los tantos mensajes de WhatsApp que le había enviado, así como llamadas telefónicas donde mi única respuesta era: «El móvil al que ha llamado está apagado o fuera de cobertura». Por eso, aquel mensaje diciendo que si nos podíamos ver esa misma tarde me sorprendió bastante, finalmente se dejaba ver de nuevo. Nos habíamos citado a las cinco y media así que cuando el reloj del salón dio las cuatro comencé a arreglarme; Julia es muy puntual con lo que seguramente estaría diez minutos antes. Cuando llegué —antes de la hora prevista— vi que desde el fondo de la cafetería me alzaba la mano llamándome con un tono más elevado al que acostumbro a oírla, pero sin alcanzar el desagradable timbre de un grito.

—¡Hola! ¿Qué tomas? Yo acabo de pedirme un café bombón.

—¡Hola, y cuánto tiempo! ¿no crees? —Sentándome en la silla vacía de su derecha.

—Sí, tienes razón, creo que te debo una disculpa.

—¿A mí sola? —dije un tanto molesta—, hay más personas a las que creo que les debes una explicación o al menos, tener la deferencia de responder a sus  mensajes, ¡qué menos!

Patricia y Nuria, alarmadas por la desaparición tan repentina de Julia, me habían hecho partícipe tanto de su preocupación como del enfado, en cierto modo, que sentían hacia ella.

—Lo sé, pero he tenido el móvil desconectado hasta esta mañana, en la que nada más encenderlo me han salido un montón de alarmas  de mensajes y llamadas perdidas. —Mientras daba vueltas al café que le acababan de traer—. He intentado leerlos todos pero me ha sido imposible. Por eso he quedado contigo, más adelante lo haré con el resto.

—Pero se puede saber qué demonios te ha pasado para que desaparecieras, de aislarte de esta forma, de no querer saber nada de nadie, de… —Me di cuenta de que los ojos de Julia comenzaban a llenarse de lágrimas y decidí parar—. ¡Venga, mujer! no te preocupes, que sea lo que sea seguro que le encontramos una solución. —Cogiéndola de la mano que tenía posada sobre la mesa—. A ver, qué es eso que te tiene tan angustiada.

Cogió un clinex del bolso y se enjugó las lágrimas que le corrían por el rostro.

—Como ya sabes voy a dejar a Cristóbal.

—Sí, ya me lo habías comentado, lo que se te olvidó decirme fueron los motivos. Y tengo que decirte que me sentí desilusionada por la forma en la que me enteré. Creí que teníamos la suficiente confianza como para habérmelo dicho en privado. No sé Julia, nos conocemos desde hace mucho tiempo como para que no lo tuvieras en cuenta.

—Lo siento, de verdad, pero se me fue de las manos y cuando me di cuenta estaba metida de lleno en una relación en la que no sabía ni cómo había llegado a ella. Los meses fueron pasando y la relación, que en un principio parecía un coqueteo sin importancia, se fue haciendo poco a poco más estable. Hasta el punto de plantearnos el irnos a vivir juntos y dejar a nuestras respectivas parejas; pero eso ya lo sabes.

—Sí, sí, lo sé. Pero y tú, ¿sabes tú lo que estás haciendo? Y ¿estable?… ambos estáis casados, se supone que eso da estabilidad. Julia, lo digo en serio, estás segura de dónde te has metido.

—No… no sé… —mientras que las lágrimas volvían a brotar de sus ojos marrón café como el que se estaba tomando— he querido dar marcha atrás en muchas ocasiones pero no he tenido la suficiente fuerza de voluntad para hacerlo. Cada vez que nos veíamos me juraba a mí misma que sería la última… —agachando la cabeza— me da vergüenza admitirlo pero el tener esos encuentros me hacía sentir que estaba viva; era como  insuflar a mi rutina un  chute de adrenalina. El día que quedábamos me arreglaba de otra forma, me gustaba oírle decir que estaba guapa, que yo le había dado un nuevo sentido a su vida y que sin pensarlo se estaba enamorando de mí como un tonto…

La Julia que yo conocía había desaparecido, frente a mí había una mujer deshecha que era incapaz de mirarme a los ojos. Su culpabilidad no le permitía decir ni una palabra más, un nudo en la garganta le impedía continuar.

 «No entiendo nada» pensé. «Ella nos había asegurado que se iban a ir a vivir juntos, que estaban dispuestos a dejar a sus parejas y que para su sorpresa Cristóbal no había puesto impedimento alguno para concederle el divorcio. Entonces: ¿a qué venía todo esto?».

—Julia, no estoy entendiendo nada, hasta donde yo sé, Cristóbal no se ha opuesto a tu deseo de terminar con vuestro matrimonio, es que hay algo más que no me hayas contado.

—No sé por dónde empezar, me…

—¿Alguna cosita más? —El camarero, tan inoportuno, se había acercado a   nosotras para retirar las tazas; dándonos a entender que si no íbamos a consumir nada más nuestro tiempo de permanecer sentadas en la mesa estaba llegando a su límite—. No, gracias. —Echándole una mirada de que poco me importaba lo que estaba sugiriendo y que estaríamos allí el tiempo que creyéramos oportuno—. Debió entenderlo enseguida porque de inmediato dio media vuelta con la bandeja y el dinero de nuestras consumiciones.

—A ver ahora si nos dejan… me estabas contando que no sabías por dónde empezar ¿es así?

—Sí, es así. —Julia se había ido tranquilizando, pareciera que la intromisión del camarero le había sentado bien, aprovechándola para coger aire—. Todo estaba bien hasta hace apenas dos semanas. ¿Te acuerdas de la última vez que quedamos todas para vernos en casa de Patricia?

—Sí, claro que me acuerdo.

—Te acuerdas que os comenté que tenía que pasar por un sitio antes de volver a casa.

—¡Ajá!

—Pues ese sitio es el hotel donde solemos encontrarnos. Mientras estábamos en casa de Patricia recibí un mensaje en el que ponía que necesitaba hablar conmigo urgentemente. Por eso salí corriendo sin apenas despedirme.

—Ya entiendo.

—No, ahora es cuando no vas a entender nada. —Cerrando los puños con fuerza—. Cuando llegué él ya estaba en la habitación. Sentado en la cama ojeaba uno de los típicos folletos que ofrecen los hoteles a modo de información para el turista sobre la ciudad que está visitando. Al verme lo cerró e instintivamente se acercó para besarme. Pero ese beso fue distinto, no era como los anteriores. Me supo a despedida.

Julia, con la mirada perdida, seguía relatándome la escena como si la estuviera viviendo de nuevo.

—Me dijo que no podía hacerlo. Que pesaba mucho trece años de matrimonio y un hijo de diez; —mordiéndose el labio inferior—, que no podía abandonar a su hijo, que sólo pensar el dolor que le podría causar el hecho de que sus padres estuvieran separados le rompía el alma. —Con voz entrecortada—, que todo se había terminado entre nosotros porque no estaba dispuesto a dejarme ser por más tiempo la amante. Yo me merecía a alguien que pudiera darme todo su tiempo, no momentos robados a sabiendas que les pertenecían a otros.

—Y ahora ¿qué vas a hacer? ¿volver con Cristóbal?

—¡No puedo! —Hincándose las uñas en las palmas de las manos—, al menos que quieras ayudarme.

—¡Ayudarte! ¿Cómo?

—Hablando con él. Si le contaras que todo ha sido una estupidez por mi parte, que jamás fue mi intención hacerle daño, que me he dado cuenta de que él es el hombre de mi vida y que siempre lo ha sido… No sé, Sofía, lo que se te ocurra. Tú lo conoces, sabes que es un buen hombre y quizás a ti te escuche… a mí ni siquiera me coge el teléfono.

—Pero yo no puedo hacer eso —apoyándome en el respaldo de la silla—  no puedo mentirle, ambos sois mis amigos.

—¡¿Mentirle?! —en tono ofensivo.

—Sí Julia; pretendes que le diga todo eso sabiendo que no es verdad. Que si tu aman… bueno, lo que sea, te hubiera dado un sí por respuesta y hubiese dejado a su familia; tú, ahora mismo, no estarías aquí llorando por volver con Cristóbal.

—¡PERO QUÉ ESTÁS DICIENDO! —El tono iba in crescendo.

—Cálmate, quieres; es la verdad. Si estás aquí es más por rabia, por despecho, que por cualquier otro sentimiento. Deja que ponga en duda tu deseo de volver y el amor que le profesas a tu exmarido.

—¡¡¿¿Pero qué te pasa??!! —Julia había montado en cólera.

—Pasa; que te has portado como una gran egoísta y malcriada que al no obtener lo que deseas la montas con una pataleta. Y ahora pretendes que yo haga de abogado del diablo. Pues no puedo hacer lo que me pides.

—Creí que éramos amigas… estaba confundida.

—No, Julia, te equivocas de nuevo, porque lo somos te digo todo esto. Eres tú la que estás menospreciando nuestra amistad porque si realmente te importara no me estarías pidiendo que hiciese tal cosa y mucho menos sabiendo de mi pasado. No puedes obligarme a posicionarme del lado de la mentira, del engaño, de la burla… porque no lo haré jamás, ni por ti ni por nadie.

La charla finalizó con una frase contundente en la que iba implícito un deseo mal expresado.

«Pensé que te pondrías de mi lado…».

5

—¿Sabes algo de Julia? —preguntó Nuria.

—Lo mismo que vosotras: nada.

—Entonces tampoco sabrás por qué se salió del grupo ¿no?

—Tampoco, aunque puedo tener una ligera idea.

Desde que tuviéramos aquella conversación tan dañina para ambas Julia había desaparecido por completo. Su salida del grupo #Estamos todas, dos días después de la susodicha había hecho saltar las alarmas del resto, dejando constancia de que el grupo ya no le interesaba lo más mínimo haciendo que el número de participantes mermara y ese «todas», quedara obsoleto. Yo no había vuelto a contactar con ella ni tenía intención de hacerlo; supongo que creía que era obligación suya. Lo mismo debería de haber pensado ella, ya que el mutismo, por su parte, era más que evidente. La verdad era que cualquiera que fuesen las razones, nos habían ido distanciando haciendo que tantos años de amistad quedaran resumidos a una tarde. El resto de integrantes habíamos continuado con nuestra cita semanal siendo el tema principal la salida de Julia. Aún sin estar, seguía monopolizando las conversaciones.

—Cómo que tienes una ligera idea. Yo he intentado ponerme en contacto con ella cientos de veces pero me ha sido imposible. Los doble check azules me confirmaban que los había leído, pero  ninguno de ellos tuvo respuesta.

—A mi me ha pasado lo mismo, —añadió Patricia.

—Así que ahora mismo nos dices qué cojones ha pasado Sofía porque tú has de saber algo.

—Es que no creo que deba ser yo la que os cuente…

—¡Ah no! —Sin dejar que terminara la frase—. ¿Entonces quién coño crees que es la indicada para contarnos? porque hasta hace una semana nos llevábamos bien. Así que ya estás largando por esa boca.

Creí que a mí no me correspondía desvelar lo que había sucedido ya que a colación saldría el tema de Cristóbal… lo que había pretendido que hiciese yo… y sinceramente pensaba que era un asunto personal el que ella quisiera o no contarlo. Pero viendo la insistencia de Nuria y la mirada inquisitiva de Patricia apoyando a esta, no tuve más remedio que ceder.

—Hace una semana quedé con ella, tras haber pasado varios días sin tener noticias suyas, como también os ha pasado a vosotras, —quitándole importancia al hecho de que yo hubiera sido la elegida para que me contase, de forma confidencial, la situación en la que se encontraba—. Resumiendo: Julia quiere volver con Cristóbal porque con el que supuestamente iba a irse a vivir la ha dejado. —Sorbí de mi refresco bajo la mirada atenta de mis interlocutoras—. Sabía que no se iban a conformar con esas migajas, había abierto la caja de Pandora y con ella la curiosidad.

—¡¡¿¿Y??!! No pretenderás que nos quedemos con las ganas ¿verdad?

—¡Jodeeerrr…! Lo sabía —dijo Nuria—, sabía que esto iba a acabar así, y que la gran perjudicada iba a ser Julia, ¡joder! ¡joder! y ¡joder!

—Qué pasa Nuria ¿por qué te enfadas tanto? Al fin y al cabo ella sola se ha metido en la boca del lobo. Siento por lo que  está pasando pero las que obramos de esta forma nos exponemos a quedarnos sin nada. Es un riesgo que hay que asumir desde el primer momento en el que comienzas a «faltar», por decirlo de alguna forma, a tu pareja. El pretender más tarde que todo quede en «Agua de borrajas», es demasiado pretencioso.

—Totalmente de acuerdo —dije.

—Ya chicas, si no lo digo por eso; yo pienso igual que vosotras pero si le hubiera comentado… Veréis —echándose hacia delante mientras apartaba el vaso para dejar sitio donde apoyarse—: hace cosa de un mes o un mes y medio, se oía el rumor de que el marido de Lucía —la mamá de Javier, compañero de mi  Diego— le estaba «poniendo los cuernos» con una que, al parecer, tenía una tienda de ropa. Por lo visto, ella los habría encontrado saliendo de un hotel en una aptitud más que cariñosa mientras que regresaba del fútbol con su hijo. Dada la situación tan grotesca por la que se enteró de que su marido, realmente le estaba siendo infiel, ella le habría puesto un ultimátum: O dejaba de ver a esa mujer —y creo que la palabra a la que se refirió a nuestra Julia, no fue precisamente esa— o se olvidaba de ella y de su hijo de por vida. ¡Con dos cojones! Así que a él no le ha quedado más remedio que agachar la cabeza y «con el rabo entre las piernas» obedecer a cada exigencia de su mujer si quiere llevar la fiesta en paz.

Nuria hizo un pequeño alto en su discurso para beber un trago de agua. Nosotras, por el contrario, sin poder abrir la boca, nos habíamos quedado paralizadas con toda la información que estábamos recibiendo y que aún éramos incapaces de asimilar.

—Yo, enseguida me di cuenta que la protagonista de esta historia era Julia — continuó Nuria— todo concordaba: que tenía una tienda de ropa, que estaba casada con uno  que trabajaba en un banco, que  por lo visto no tenían hijos… En fin, un montón de cosas que me hicieron pensar desde un principio de quién era esa mujer. La tarde que nos confesó sus planes, ¿os acordáis? fue ahí donde ya no tuve ningún género de dudas; tenía que ser ella, sí o sí.

—¡Oop! —Conseguimos decir al unísono. Asombradas por todo lo que acabábamos de escuchar.

—Y ahora viene lo mejor.

—¡¡¿¿Quééé…??!! ¿Pero es que aún hay algo más?

—Parece ser que le ha hecho firmar una cláusula —mediante un convenio regulador— en la que expone: que si su actual marido volviera a incurrir en la misma falta, ella se quedaría con todo e incluso con la patria potestad de su hijo. Siendo las innumerables infidelidades por parte de él como causa relevante en el proceso. ¡A tomar por el culo! ¡por cabrón! ¡bien merecido se lo tiene! El tipo es una joyita ¡eh!

—No me lo puedo creer. —Fue lo único que pude decir ante tanto disparate.

—A que sí. Tal vez si le hubiera prevenido sobre los rumores que se iban extendiendo tan rápido como la pólvora, ahora mismo no estaría pasando por esta situación tan humillante. Pero no quiso escucharme —apesadumbrada— lo intenté miles de veces pero al no obtener respuesta di por hecho que era ajena a los comentarios que se vertían sobre ella y que pudiera ser que esta vez el muy ¡hijo de puta! fuera en serio. Pero no ha sido así. Debí  insistir más.

—No te preocupes, has hecho lo que tenías que hacer, no hay más ciego que el que no quiere ver.

—Sofía tiene razón. Has hecho lo que has podido. A todas nos constaba lo absurda que se había vuelto con esta relación. No voy a ponerme del lado de ese pedazo de… —dando un resoplido para no caer en el insulto fácil— pero tampoco voy a defender lo indefendible. Al margen de cómo debe de sentirse en estos momentos, también debemos de pensar en la otra parte implicada y que se ha visto envuelta en esta trama tan surrealista como esperpéntica llamada: Cristóbal.

—Es cierto, Julia es nuestra amiga aunque al parecer, por el momento, no quiera saber nada de ninguna de nosotras. Bueno, al menos de ti sí —dirigiendo su mirada hacia mí—  tú pudiste hablar con ella.

—Para lo que me sirvió, mejor no haberlo hecho. Digamos que no terminamos  muy bien. —Las caras de ambas por saber qué había pasado me hicieron continuar—. Sólo me dijo que la había dejado —sin dar más explicaciones— pidiéndome ayuda para poder volver con Cristóbal. Nada más. A juzgar por lo que nos acabas de contar tú sabías más que cualquiera de nosotras.

—Tendrá cara dura, cómo se atreve a pedirte semejante cosa. Después de haberse estado riendo de él y habiéndolo puesto en boca de todo el mundo… ¡Joder con Julia! en qué coños estarías pensando —bufando de rabia—. Y tú ¿qué vas a hacer?

—Nada; le dije que me dolía por lo que estaba pasando pero que a pesar de todo no podía hacerlo. Le reproché su actitud, su forma de proceder y el daño que había causado con su insensatez; y sin querer oír más: se levantó y se fue. Así que no me cabe la menor duda que su salida del grupo viene hostigada por la rabia y el enfado de nuestra conversación. Lo siento chicas, mea culpa.

—Ya reaccionará. Algún día se dará cuenta de la barbaridad que está cometiendo al vernos como a sus enemigas. Pero no podemos seguirle el juego, es un asunto muy delicado como para lidiar por ella. ¡Démosle tiempo! Sé de lo que estoy hablando —cogiendo aire—: hace unos años me vi en una situación algo parecida y necesité de alguien que me dijera que  lo que iba a hacer era una locura. Por suerte tuve a ese alguien que me puso los pies en la tierra y me hizo pensar que tenía mucho que perder y nada que ganar. Ahora me quedo con  los devaneos, los tonteos esporádicos —como más  os guste llamarlo—, sin ánimo de establecer un compromiso. Sabiendo ambas partes que no deja de ser meramente un juego. Os chocará lo que os voy a decir después de lo que os acabo de contar; pero soy feliz con Pedro y os puedo asegurar que no he hecho nada que pudiera poner en riesgo mi relación con él. Aunque en alguna ocasión haya dado otra impresión.

—¡La madre que me parió! Yo debo ser la tonta del grupo, la que tiene la lengua más suelta, pero al fin y al cabo la más tonta.

—O la más inteligente. —Me apresuré a corregir.

—Sin duda alguna –confirmó Patricia—. Ten por seguro que Diego y tú sois mi pareja favorita.

—Ya, ya, lo dices con la boca chica, pero ahí te voy a tener que dar la razón. Tenemos nuestras desavenencias, nuestros enfados de tres días en los que él los acaba pasando en la habitación de invitados y yo durmiendo a pierna suelta en nuestra cama de uno ochenta o como la llaman los americanos: cama King size —jajaja… echándonos a reír— pero sin que la sangre llegue al río o el humo salga a la calle  —jajaja….

Finalmente pudimos terminar con unas risas que como siempre venían dadas por el buen humor y el encanto de nuestra querida Nuria.

6

Estaba anocheciendo, las calles comenzaban a ser iluminadas por la luz de las farolas debido a la escasa fuerza de un sol poniente. Había pasado la tarde organizando la excursión del colegio que estaba prevista para la segunda quincena de mayo al Forestal Park de Santander. Me parecía que este parque multiaventura era una opción nada desdeñable para pasar un día lúdico y divertido; donde el alumnado podía investigar — creyéndose Gerónimo Stilton en el aula de la naturaleza— como recorrer diferentes rutas de senderismo o mostrarse como auténticos monos ardillas descolgándose por las tirolinas. El llevarlos a la playa como habían sugerido algunos miembros del consejo nos pareció una idea poco atractiva para otros, ya que Liendo cuenta con unas playas como la del Arenal de Sonabia o la de San Julián que son espectaculares, pudiendo disfrutar de ellas durante todo el año. También tengo que añadir que aunque Liendo es un municipio costero, se caracteriza más por sus increíbles acantilados que por la extensión de sus playas.

Me hallaba en la cocina preparándome una tosta de espárragos envueltos en beicon y queso fundido, cuando el timbre de la puerta sonó. Al abrirla me encontré con Patricia que pedía poder hablar conmigo: «Tan sólo serán cinco minutos», me dijo. Sorprendida tanto por la visita a deshora como por la petición y premura de la misma, me hice hacia un lado dejando un pasillo por donde podía acceder al interior de la casa. La seguí pasillo adelante hasta llegar al salón, donde una vez en él, ocupó un lado del sofá dándome a entender que yo debería de ocupar el opuesto.

—Huele muy bien, ¿estabas preparando algo?

«¡Cómo!» pensé: «¿Ha venido hasta aquí para interesarse por lo que voy a cenar? No me creo ni la mitad».

—Me estaba preparando una tosta de espárragos con… Pero ¡qué más da eso! —respondí asombrada—. No creo que te importe mucho lo que estuviera preparando.

—La verdad, no mucho. Me puedes dar algo de beber.

—Sí, por supuesto ¿qué tomas?

—Lo mismo que tú. —Señalando la copa que tenía entre mis manos.

—Bien. —Cogí la botella de Sauci Joven llenando su copa hasta los tres cuartos; según las reglas a seguir para servir la cantidad adecuada dependiendo del caldo que se vaya a probar; con los vinos blancos conviene ser más generoso que con un crianza, un tinto o un reserva, en los que la mesura no es por una cuestión de tacañería sino para que se airee y pueda desplegar todos sus aromas, haciendo el disfrute del catador.

—Gracias —dando un sorbo.

—Y bien, me vas a contar o por el contrario te marcharás sin decirme realmente lo que has venido a hacer aquí esta noche.

Se hizo una pausa ciertamente incómoda en la que el regusto del vino en nuestras bocas se volvió ácido. Mi sexto sentido pocas veces fallaba, a veces creía poseer la capacidad para saber lo que sienten y piensan los demás, adecuando mi relación con esas personas según lo que veo en ellas. Saber «leer» en ciertos gestos o expresiones y saber cómo les están afectando mis palabras y obrar en consecuencia; es el llamado: contagio emocional. Patricia había presionado los labios varias veces con lo que se estaba delatando. «Así que tienes algo que decir, pero no quieres hablar sobre ello». Puse en funcionamiento mis neuronas espejo haciendo que la culpa y la vergüenza no tardaran mucho en salir a flote.

—¿Qué tal el día? —pregunté. Corrigiendo mi forma de interrogar, la anterior frase había sido lapidaria y no quería que se sintiera intimidada por mí.

—Nada nuevo, con la rutina de siempre. ¿Y tú? ¿Qué tal el tuyo?

—He estado trabajando toda la tarde en una excursión que vamos a hacer en mayo con el colegio; con lo cual me he perdido mi clase de kizomba. —Me daba  cuenta de que no le estaba importando lo más mínimo lo que le contaba; mis neuronas espejo estaban haciendo efecto—. Así que tendré que recuperarla la semana que viene… —dando un sorbo de mi copa—  a ver si saco un hueco.

—Ya, —mis palabras habían caído en saco roto—. ¿Has sabido algo de las chicas?

—Eh… no… ¿por qué? Habíamos quedado para el viernes.

—Es verdad. —Nos íbamos acercando al verdadero propósito de la visita nocturna—: Julia; ¡al fin!

—Tampoco, ya sabes que hemos perdido toda relación con ella. ¿Por qué? ¿Ocurre algo que tú creas que deba saber? —Sin perder contacto visual.

—No he sido del todo sincera —de nuevo esa presión en los labios—; y creo que al menos una de vosotras lo debería de saber.

—Bien, soy toda oídos.

—Yo no soy quién para juzgar a Julia porque de todas creo que soy la menos indicada y más por lo que te voy a contar ahora:

Esto pasó… —haciendo memoria— alrededor de unos cuatro o tal vez cinco meses. Había salido con el grupo de pádel a tomarnos unas cervezas como solemos hacer todos los viernes después del partido. Llevábamos una hora cuando vimos entrar en el bar a un grupo de hombres que venían de celebrar y que seguían dispuestos a continuar con la fiesta al juzgar por sus risas y el alboroto que formaron. Entre ellos estaba Cristóbal. Yo me hice la distraída y me refugié entre la gente para no ser vista. A la media hora,  más o menos, decidimos marcharnos y fue cuando me encontré de cara con él, me estaba cortando el paso. Nos estuvimos saludando y me invitó a quedarme para tomar unas copas.

El relato estaba tomando un camino que para nada me estaba gustando; algo me decía que lo siguiente que escuchara iba a ser peor; estaba a punto de experimentar de nuevo un gran dolor.

—Se nos hizo tarde y él se ofreció para llevarme a casa. La noche había trascurrido con agrado y sin darnos cuenta nos estábamos besando en el coche —tragó saliva— no sé… supongo… habíamos bebido unas copas… Debió de ser eso porque yo jamás me hubiera acercado a él con ese propósito; te lo juro Sofía, debes creerme.

No pude articular palabra pero mi cara debió expresar todo lo que sentía.

—¡Sólo fueron unos besos de nada! Después de aquello no ha vuelto a pasar nada más entre nosotros. Ambos nos dimos cuenta enseguida que había sido un error y que estábamos seguros de que fueron las circunstancias las que nos llevaron a ello. Cuando Julia dijo que se separaba de él, el corazón me dio un vuelco; pensé que en un arranque de honestidad Cristóbal le había podido contar el desliz que tuvo conmigo.

—Pero no fue así y vuestro «desliz», como tú lo llamas quedó oculto por la infidelidad de Julia. Para qué contarlo entonces ¿no? —Pude decir finalmente—. Lo que no acabo de entender es de por qué ahora y por qué a mí.

—Porque tú lo debías de saber.

—¿Yo?

—Sé lo que sientes por Cristóbal desde hace tiempo, yo también tengo un sexto sentido. —Sin dudarlo continuó—: pero tú jamás te hubieras interpuesto entre ellos aún sabiendo que su matrimonio no tenía futuro. Ni tan siquiera ahora que están divorciados te atreves a darte una oportunidad con él. No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo. Nuria y sus despistes; estoy segura de que ni se le ha pasado por la cabeza y Julia, bueno, estaba demasiado ocupada con su aventura como para imaginar que su confidente se sentía atraída por su marido. ¡Joder! Dicho así parece un serial televisivo.

No podía creer lo que estaba pasando. No sé que me dolía más, si el saber que Cristóbal y Patricia hubieran tenido una despedida sobrepasando los límites de la amistad o que mis sentimientos hubieran quedado al descubierto. Eran demasiadas confesiones y excesivas las penitencias que cumplir  para una  agnóstica como yo.

—¿No vas a decir nada, verdad? Te quedarás callada como siempre, dejando que las personas que te rodean tengan una imagen engañosa de ti. Tú solo escuchas y como bien sabes: la información es poder. Jamás nos has hecho partícipes de tu vida más allá de lo que creías que deberíamos saber, lo que es: nada. Me gustaría saber para qué te sirve conocer nuestras debilidades, tal vez para recordarnos que no somos perfectas o quizás para alimentarte de ellas y de esa forma sentirte superior a nosotras. Si pudieras explicarme tu conducta podría entenderte mejor, pero de sobra sé que no lo vas a hacer, al menos hoy. Solo espero que no actúes como Julia y desaparezcas después de esta conversación porque me encantaría seguir siendo tu amiga. He creído que era mi obligación que supieras lo que opino para que, de una vez, pudiéramos tener una relación sana desde un principio si es que te decides algún día en mostrarte tal y como eres realmente. —Tras un breve silencio—. ¿Ni tan siquiera vas a reprocharme la falta de sutileza que he tenido contigo?

—Es mejor que te vayas, se ha hecho tarde.

—Bien, ya veo —mientras cogía su chaqueta— solo una cosa más; cuando aparezca la Sofía que yo creo que eres, llámame por favor, te estaré esperando. Deja de tener miedo y parecer frágil e insegura ante los ojos de los demás, no puedes estar aparentando lo que no eres toda una vida.

Nunca quise la mentira como dogma de vida pero esta noche hubiera agradecido seguir en el engaño. Por unos instantes pensé que el pasado volvía  para instalarse en mi persona y que jamás me desharía de él. Esta vez no se lo pondría fácil pero necesitaba tiempo, esta noche no tenía fuerzas para arremeter contra su obstinada idea de perseguirme. Quería dormir, dormir hasta quedarme sin memoria, sin recuerdos, sin llanto que me hiciera sentir vulnerable. ¡La verdad es buena consejera pero duele tanto! La verdad se había hecho llamar: Patricia.

7

La tarde está siendo soporífera, la persistente lluvia ha hecho que la gente se quede en su casa haciendo casi prohibitivo el salir de tiendas. En toda la tarde tan solo dos personas han entrado a «echar un vistazo», como han subrayado y en escasa media hora han salido por la puerta tal cual entraron; sin bolsa que pusiese:

BOHEMIA

C/ Calle Barrio Hazas 115

Tlfno: 942 244 236

Liendo (Cantabria)

Qué estoy diciendo, más que soporífera está siendo aburrida, cansada, tediosa… podría seguir diciendo adjetivos que califiquen a esta tarde pero me estaría repitiendo y acabaría por hartarme. Mi ánimo sumado a lo cargante  que llega a ser la lluvia están a punto de producirme un estado de somnolencia que solo la campanilla de la puerta de entrada sonando me harían volver  al mundo de los vivos. He colocado y recolocado las túnicas por tallas, colores, cada una en su percha, he hecho mil y una combinación para saber qué bolso les vienen bien, algunos collares los he enrollado en el cuello de los maniquíes después de haberlos quitado de la vitrina, otros del escaparate… he remarcado el precio en algunas etiquetas y colgado las prendas que las dos mujeres se han probado sin llevarse ninguna finalmente:

«Me queda algo grande» —dice la más joven.

«Lo siento, son tallas únicas» —respondo, mientras que su acompañante sale del probador con una falda que de ser dos tallas más  le hubiera quedado de maravilla.

«Creo que me queda algo estrecha, si tuviera una talla más».

            La más joven le responde: «Son tallas únicas, me lo acaba de decir». Poniendo cara de que aquí no se pueden vestir, una por su extremada delgadez y otra por… En fin, que ninguna ha hecho que entrara más dinero en la caja registradora. Maldita tarde.

            Miro infinidad de veces el móvil para saber qué hora es y cuánto me queda  para cerrar. «Uff, las siete, aún me queda una hora de puro aburrimiento» pienso. Me doy cuenta que tengo una llamada perdida. Es de Patricia, ¿qué querrá esta ahora? Podría devolverle la llamada y así se me pasaría la hora que me queda charlando aunque fuese de estupideces. Pulso la tecla de rellamada pero al primer tono cuelgo. Me lo he pensado mejor, no quiero hablar con ella aunque para ello tenga que pasarme lo que me resta de tarde sentada en el taburete viendo videos de Yootube. «Mira que eres cabezota, qué mal haces no llamándola, después de todo ella  no te ha hecho nada», —me digo a mí misma—. Bueno, y pensándolo bien, a quién se lo voy a decir si estoy sola, más sola que la una. En la tienda no hay nadie, en la calle no hay nadie y en mi vida… tampoco. Estoy sola. A veces las echo de menos, sobre todo cuando nos juntábamos y nos reíamos hasta de nuestra sombra. Seguro que ellas siguen quedando todas las semanas. Yo ya no quiero, ya no puedo. Me he salido del grupo, me he salido de sus vidas. Miro el reloj del móvil de nuevo: «¡Joder! Las siete y veinte; solo han pasado veinte minutos. ¡Vaya mierda!  No sabía que los pensamientos ocuparan tan poco tiempo».

¡Joder! ¡Mierda! Pero qué demonios me está pasando. La culpa la tiene Nuria y ese lenguaje soez que le caracteriza. Yo nunca he tenido esas palabras en mi vocabulario y si las he tenido he sido muy discreta a la hora de soltarlas por mi boca; solamente las han escuchado aquellas personas que se lo merecían. Y últimamente han sido unas cuantas.

El móvil vuelve a sonar, miro la pantalla: «¡qué pesada joder!». Me sale sin darme cuenta; el tono que he utilizado es demasiado alto para una persona que está sola y no tiene a nadie quién la escuche. Quito el volumen y lo dejo en modo de vibración, no quiero verme obligada a decir más palabrotas, por esta tarde ya está bien. En unos segundos el móvil deja de vibrar encima del mostrador y me doy cuenta que seguramente ha sido la última oportunidad que he tenido para engancharme a una conversación o retomar una amistad, pero no hago nada por evitar que lo sea. Continuo mirándolo como si fuese la primera vez que lo hago, como si el móvil fuera un artefacto creado por el mismísimo diablo con ánimo de llevarme a su terreno convirtiéndome en una persona sin voluntad propia. Viviendo a expensas de que la luz azul no parpadee, que el tono sunset  de WhatsApp no suene o que para una llamada  escuche la canción; Lost on you. Esta última opción me gusta mucho más que las dos anteriores ya que me permite canturrearla antes de cogerlo:

Let´s raise a glass or two

To all the things l´ve lost on you

oh oh

Tell me are they lost on you?

Oh oh…

Sin duda alguna prefiero que me llamen.

           Esta vez parece ser que el tiempo me ha dado una tregua y ha pasado más rápido que en la anterior media hora. Comienzo a apagar luces, cojo la gabardina que permanece colgada en el perchero de la entrada desde las cinco de la tarde, me cruzo el bolso en bandolera sobre mi pecho, llaves en mano y me dispongo a cerrar no sin antes abrir el paraguas. La llovizna se ha convertido en chubasco acompañado de viento haciendo que el paraguas salga disparado como bala persiguiendo su objetivo. Salgo tras él y cuando logro alcanzarlo me doy cuenta de que ya de nada me sirve, estoy calada hasta los huesos. Intento recomponer mi aspecto pero no sé para qué, no hay nadie en toda la calle que pueda verme, nadie menos aquellas dos personas que bajo sus paraguas soportan estoicamente la que está cayendo sobre ambos.

SOFIA

No sé cómo me he atrevido a salir esta tarde, el agua se ha adueñado de las calles haciéndolas parecer auténticos ríos. En algunos lugares me llega hasta los tobillos; menos mal que en el último segundo me he puesto las Hunter, aunque en un principio tuviera pensado ir en zapatillas. Sabia decisión viendo que de no haber sido así ahora mismo tendría los pies en remojo. Ojalá hubiera acertado con otras decisiones, me hubiera evitado más de un dolor de cabeza.

            Antes de aventurarme a salir, estoy en el salón pensando qué hacer. Está casi a oscuras debido al color grisáceo del exterior y a las pocas ganas que tengo de encender la luz de la lámpara de pie que consigue una iluminación ambiente; o al menos eso fue lo que me dijo el chico que vino a hacerme la instalación eléctrica: «Si no le importa, yo le aconsejaría que aparte de poner un punto general de luz en el techo, debería de poner una lámpara de pie o de mesa junto al sofá para conseguir una iluminación ambiente, más acogedora». —¡Ajá!—respondí.

«Tal vez me lo haya dicho pensando en las noches en las que mi pareja y yo nos sentamos acurrucados en el sofá viendo una película romanticona; Orgullo y Prejuicio o Noviembre Dulce. O tal vez quiera ser él el que ocupe el lugar de mi pareja en el sofá»  pensé.

Enseguida deseché ambas posibilidades, yo no tengo pareja para compartir noches acarameladas bajo una luz acogedora y con respecto a la segunda… en cuanto bajó de la escalera me extendió la factura señalándome con el dedo donde debía firmar. Me alargó un bolígrafo Bic Cristal en color azul al que previamente le había quitado la capucha mientras guardaba en la caja de herramientas el taladro. Firmé. Acto seguido se dio media vuelta dirigiéndose a la puerta de entrada: «Que pase buena tarde señora, hasta luego». Ahí quedaron todas mis expectativas en un; «Que pase buena tarde SEÑORA». Me sonó tan grande, tan aplastante que me engulló reduciéndome al tamaño de una hormiga.

Bien, pues ahora ni tan siquiera esa luz está encendida. Para qué, no tengo con quién compartir la penumbra, ni películas románticas, ni cenas en un ambiente acogedor… La luz de la tele me es suficiente.

No debería de pensármelo más, si voy a ir a Kizomba debería de empezar a vestirme ya. Miro a través de los cristales pero están empañados por el vaho; paso la palma de la mano para tener un hueco por donde mirar y me imagino corriendo bajo la lluvia chapoteando entre los charcos, luchando contra el viento para que no se lleve el paraguas y cuidando de la bolsa de deporte para que no caiga al suelo. Todo se me hace cuesta arriba, demasiada lucha para una tarde en la que me siento especialmente perezosa. En unos segundos se me viene a la cabeza una situación parecida, se me eriza el vello de los brazos y noto como un escalofrío me recorre toda la espalda. Decidido; salgo corriendo hacia la habitación, meto la ropa de deporte en la bolsa, me calzo y salgo de casa mirando el reloj; me he entretenido demasiado en divagar, si no me doy prisa llegaré tarde.

JULIA

Estoy empapada, noto como los pies están nadando dentro de los zapatos. La calle se ha quedado vacía, la pareja que estaba en la esquina se acaba de meter en la cafetería. La noche se ha puesto apta solo para valientes. Por más que intento darme prisa el viento hace que de cada dos pasos que doy retroceda uno; así nunca llegaré a casa. A una casa vacía; desde que se fue Cristóbal la casa parece otra. La recorro una y otra vez sin acabar de reconocerla del todo, descubro algo nuevo todos los días, algo nuevo que era de siempre cuando Cristóbal estaba.

            He llegado a la altura de la cafetería, la luz que sale de su interior llega hasta la acera confundiéndose con la de la farola que se haya a mi lado. Por un momento todo mi entorno se ilumina como si de un sol artificial se tratase haciendo que mis ojos se claven en la pareja que se está sentando junto a la ventana. Doy media vuelta y salgo corriendo como puedo para salir de la zona alumbrada y no ser vista.

SOFIA

Desde que no tengo contacto con Julia intento evitar pasar por delante de su tienda. Eso me cuesta dar un rodeo de cinco minutos aproximadamente para ir a clase de Kizomba.  Llego tarde, seguro, está lloviendo a mares, así que esta vez no bordearé; pensándolo bien no tengo por qué esconderme.

            Las luces están encendidas. Tras la cortina de agua puedo vislumbrar la silueta de una mujer que está sentada tras el mostrador. Sostiene algo entre sus manos. Un móvil, tal vez. Julia es adicta a él. Un móvil en el que con total seguridad ya no aparezco en contactos, ni tan siquiera en la memoria del teléfono o en la de la tarjeta. El corazón me ha dado un respingo al volverla a ver, aunque haya sido mediante una sombra, un cuerpo difuminado. Tras estar unos segundos parada ante su escaparate pero desde la acera de enfrente —aún hay que guardar las distancias— vuelvo a echarme a andar. Tres pasos más y alguien me corta el paso. —Algo muy típico en él, fue lo mismo que le hizo a Patricia—. Parapetado bajo su paraguas me invita a tomarnos un café; le gustaría hablar conmigo, hace mucho tiempo que no nos vemos.

            «No puedo pararme, lo siento, voy camino a clase de Kizomba y ya llego tarde, muy tarde».  —Mirando de reojo el reloj—. «No puedo, de verdad». Me excuso.

            A él no parece importarle, insiste, no deja en su empeño: «Por favor, acepta, es absurdo que estemos charlando aquí, calándonos, mientras que podríamos estar ahí dentro». —Señalando la cafetería—. «Tan calentitos. A esa clase podrías ir otro día ¿no?».

            No puedo negarme, de todas formas tiene razón; la clase ya habrá empezado y la lluvia está haciendo que se me congelen los pies y las manos, aparte de otras cosas. Finalmente accedo. Nos disponemos a entrar cuando el grito de una mujer nos hace darnos la vuelta. Va corriendo tras su paraguas que parecer tener vida propia. Tras recorrer media calle se hace con él. Entramos en la cafetería notando en nuestros cuerpos el calor de la chimenea. Pensé: «Quién, salvo nosotros,  está tan chiflado como para andar por las calles a esas horas y con la noche de perros que está haciendo».

8

Empapada e indignada sí, de esta forma logro llegar a casa. Con un enfado de mil demonios al verlos. ¡Qué hacen esos dos juntos! Hay días que es mejor no levantarse y este, ha sido uno de ellos. Voy dejando un reguero de agua por el pasillo a la vez que me voy desnudando. Cuando entro al dormitorio que compartía con Cristóbal ya estoy en ropa interior, me dirijo al baño, abro el grifo de la ducha, espero que salga el vapor, me quedo desnuda y me cuelo bajo la lluvia, pero esta vez la sensación es más agradable; dejo que discurra por todo mi cuerpo y entonces me acuerdo cuando Cristóbal recorría con sus manos mi anatomía mientras que el agua caía sobre nosotros. Sus besos eran húmedos, su mirada tranquilizadora y su deseo implacable. Los cristales biselados dejaban ver las siluetas de dos cuerpos entrelazados que se dejaban llevar por la apetencia. Siempre terminábamos en risas con la complicidad que te da la confianza de estar con alguien que te hace sentir segura. Yo he traicionado esa confianza.

            He tenido otras manos pero mi cuerpo no ha reaccionado de la misma forma, dándome a entender que no eran bienvenidas, una buena falsificación de las originales pero al fin y al cabo una imitación. Ahora sólo reconoce las mías y se relaja bajo mi tacto; está seguro, sabiendo en todo momento lo que debe hacer, sin sorpresas, sin jadeos, solos él y yo; dos viejos conocidos. Salgo de la ducha, no quiero permanecer más tiempo en el recuerdo. Me seco rápidamente y me enfundo el pijama. Huele a él. Se le olvidó llevárselo cuando vino a por sus cosas. No hubo gritos ni palabras mal sonantes, todo fue de una forma civilizada; —increíble que la vida de una persona pueda caber en dos maletas y en un par de cajas—. Dejó las llaves sobre la mesa del comedor y salió como si fuese un día normal del que esperas que vuelva para cenar. Pero aquel día no regresó ni tampoco los siguientes. Tampoco espero que lo haga porque si es por desearlo  no pasa un  minuto, una hora, un día, que no ocupe mis pensamientos el verlo volver a  entrar por la misma puerta que decidió salir y con eso cerrar una etapa de su vida, de mi vida, de nuestra vida en común, dejándome huérfana de su compañía.

            Es mi culpa y la asumo pero el mismo hecho de asumirla me hace sentir como la persona más vil que hay sobre la tierra. ¡Cómo pude ser tan estúpida! Cada vez que lo pienso —y son muchas veces al cabo del día— se me revuelve el estómago. Ilusionarme con un hombre que me citaba a deshoras en hostales fuera del pueblo para realizar sus caprichos. Porque sí, yo era su capricho, un capricho con el que poder dar riendas suelta a su creatividad sexual —como solía decirme cuando estábamos en medio de esa creatividad—. Tal vez fue lo que me enganchó a esa relación de una forma imprevisible, volviéndome adicta a las mentiras compulsivas para poder pasar unas horas con él. De satisfacer fantasías que llevaban tiempo en mi cabeza y que eran vergonzosamente ilícitas proponérselas a mi pareja, a la de verdad, a Cristóbal. ¿Por qué? No lo sé. Si me hubiera sentado a hablar con él seguramente no hubiera caído tan tontamente en una relación dañina a todos los niveles. Cristóbal me hubiera comprendido, lo sé, y hubiéramos ido juntos, cogidos de la mano a descubrir nuevos placeres a explorar nuevas sensaciones a conocernos de mil formas diferentes sin espacio para la timidez.

            No fui capaz, mi silencio hizo que conociera al «Maestro de Ceremonias», conduciéndome hábilmente por caminos hasta entonces inexplorados transformándome en una aprendiz sobradamente cualificada. El sexo fue cobrando otra dimensión, viviendo  episodios que podrían haber pertenecido al guión de alguna película de erotismo sexual. Después de aquellas noches de lujuria de un deseo sexual exacerbado, el volver a casa a la rutina de una normalidad aparente me hacía mucho bien. Volvía a ser yo: la Julia que tiene una tienda de ropa, un grupo de amigas con las que comparte risas, un marido que es cómplice a tiempo completo de sus deseos, menos de aquellos más íntimos en los que se ha buscado a otro para tal menester. Todo esto ha sido lo que ha hecho añicos mi matrimonio. Aún no soy capaz de reconocer mi torpeza en voz alta, ni tan siquiera cuando lo digo para mí; el tono de mi voz desciende hasta volverse en un susurro, con miedo a que alguien pueda leer mis pensamientos o escuche lo que digo entre dientes ansiando vociferarlo a los cuatro vientos. Tengo miedo, pánico a que descubran a la Julia fantasiosa y que puedan llegar a juzgarme por ello. Todo esto me crea un conflicto interno por la educación recibida, en las que aún hoy en día la mujer es más pasiva que activa en cuanto se refiere al sexo. En muchas ocasiones retiro de mi mente imágenes que me provocan excitación creándome un gran malestar  al pensar que no debo permitirme tenerlas. Tal vez tenga que ponerme en manos de un especialista porque tanto silencio me está ahogando.

            Como hoy, cuando los he visto juntos, he salido huyendo como alma que lleva el diablo. «¿Habrán quedado?»  «¿Se han estado viendo a mis espaldas?». Son preguntas que golpean mis sienes haciéndome tener un dolor de cabeza terrible. Cojo del botiquín la caja del Nurofen y me tomo una cápsula con un sorbo de agua. Me tiendo sobre la cama —que ahora me queda grande, muy grande— y dejo que me haga efecto. ¿Cuánto tiempo he de esperar? Diez minutos, quince, media hora… he leído que el ibuprofeno tarda menos en hacer efecto que el paracetamol así que estoy de suerte. También podría haberme dado un masaje presionándome el centro de la frente con las yemas de los dedos pulgares durante unos segundos y se habría pasado; bueno, es lo que se dice como remedio casero cuando tienes un dolor de cabeza transitorio y no quieres automedicarte.

            Me queda enorme —el pijama— es lo único que me pongo para dormir desde hace… desde que me dejó. No, mentira, desde que me dejó, no: desde que lo  forcé a irse. No quiero que se vaya su olor pero ya son demasiadas noches cubriendo un cuerpo que no le corresponde. Comienza a desprender el aroma de la mandarina, del azafrán, del ámbar… del jabón perfumado Omnia Indian Garnet Bulgari. Inhalo con fuerza haciendo un sobreesfuerzo para detectar su presencia en la prenda, pero cada vez es más limitada. Empieza a ser más mío que suyo, a oler más a mí que a él.

            Me acurruco haciéndome un ovillo, las rodillas casi llegan a tocar la barbilla… ¡Maldito dolor de cabeza! Debería tranquilizarme y facilitarle el trabajo al Nurofen pero no puedo dejar de visionar una y otra vez en mi mente la imagen de ellos dos en la cafetería. Cierro los ojos a ver si de esta forma consigo borrar lo que mi mente se empeña en mostrarme una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una… y… otr…

            Me despierto sobresaltada, ¡cuánto tiempo ha pasado! Miro el despertador: son las ocho y cuarto, aún me quedan quince minutos. Con el tiempo me suelo expresar en minutos, me da la sensación de que así dispongo de más para levantarme y afrontar un nuevo día de mi pésima existencia.

9

Me encontraba mirando fijamente los posos del café. Se puede leer el futuro en ellos, quien sepa hacerlo claro, porque lo que es yo, tan solo veo una taza sucia  que debe ser enjuagada para meterla en el lavavajillas. Y si alguien me hubiera dicho lo que me iba a suceder la pasada tarde no me lo hubiera creído ni en cientos de años. Había aceptado  entrar en la cafetería con él. Con la persona que en mi imaginación me había traicionado al besar a Patricia. Lo había desterrado de por vida, la imagen que tenía de él se me había roto en mil pedazos. Y sigo enfurecida conmigo misma porque de nuevo he vuelto a caer, a ceder a otra invitación suya, pero esta vez para hacer una visita al Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel. Se supone que iremos el sábado —digo supone porque me dijo que me llamaría para confirmar ya que mi respuesta en un principio fue: «Lo pensaré»—. Aunque en verdad, tuve claro que iría desde el primer momento en que lo propuso pero debía de hacerme de rogar un poco, no podía ponerle las cosas demasiado fáciles. Podía haberle evitado la llamada, hacerle permanecer tres días en la incertidumbre pero se lo merece, por lo que hizo y por lo que seguramente hará. ¡De nuevo mi desconfianza por el género masculino! Mientras que mi corazón ansía tener compañía, está cansado de estar sólo, de escuchar historias ajenas a él, de ser un mero espectador, quiere volver a ser protagonista y tras rogarme reiteradas veces, le cedo un espacio. Aquí comienza su crónica:

DIARIO

            Miércoles 17 de septiembre del 2018

Julia nos comenta en una de nuestras reuniones que va a dejar a Cristóbal. El corazón me da un vuelco. Se llevan bien, como se suele decir es un: «Matrimonio bien avenido»; como escribe Fernán Caballero en su comedia teatral: Matrimonio bien avenido, la mujer junto al marido. Aunque siento decir que la primera es más un drama a juzgar por los hechos y el desenlace de la misma. Estoy a la expectativa, tengo que dejar que pasen los días pues puede resultar una decisión prematura tomada en un arranque de rabia y lo que yo pueda ver como una oportunidad se convierta en una ilusión pasajera.

Viernes 26 de septiembre

 He sufrido un gran dolor por él, pero a la vez un gran alivio al saber que Julia y Cristóbal se divorcian. Nadie se merece una ruptura de esa índole, los motivos de la misma son despreciables, lo digo por propia experiencia. Así que me es imposible no mostrarme más indulgente con una de las partes:

            «… El desgraciado es regularmente mucho más compasivo que aquel que no ha experimentado nunca lo que es desdicha e infortunio».

            La Moral universal o Los deberes del hombre fundados en su naturaleza.

Paul Henry Thiry Holbalch.

            Mi actitud ante el hecho confirma las palabras citadas anteriormente.

            Según nos ha comentado Julia, él no se ha sorprendido por la noticia. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa por el que se lo haya tomado con tanta normalidad? o más bien frialdad, diría yo. Sean los motivos que sean el divorcio está firmado ¡sí! y en breve pasará a ser de nuevo un hombre sin compromiso y poder rehacer su vida con quien quiera ¡tal vez conmigo! Tengo que ser prudente, ahora necesita tiempo, el mismo que necesité yo, el mismo que me curó, lo mismo hará con él.

            Martes 3 de octubre

Me inquieta muy mucho el whatsapp que me ha mandado Julia. Tras haber pasado varias semanas sin noticias suyas quiere verme. No puedo evitar tener un mal presentimiento, algo me dice que sea lo que sea me atañe directamente. Me armo de valor y voy a la cita y ¡cuánto hubiera deseado no haber ido! ¡por una maldita vez hubiera deseado no tener razón y que mis presentimientos no hubiesen acertado! ¡quiere volver con Cristóbal! ¿por qué? ¿por qué?… ¿por qué ahora? Es más, me pide que interceda por ella ¡ni puedo ni quiero!, ella ya ha tenido su oportunidad y la ha desaprovechado ahora me toca a mí. Y más aún cuando Nuria nos ha contado el porqué. Julia no ha actuado bien, se mire por donde se mire no hay forma de enmendar lo que ella misma ha provocado.

            Ahora bien; cómo se va a tomar Cristóbal  la intención de querer volver de hacer borrón y cuenta nueva. ¡Maldita sea Julia por qué quieres joderme la vida de esta forma!

              Jueves 5 de octubre

Estoy hecha polvo pero aún así me dirijo a la reunión del grupo. Falta Julia, como es habitual en los últimos tiempos, el #Estamos todas no hace referencia al nombre. El tema preside la conversación y está llegando a cansarme. No puede ser que un divorcio dé tanto para hablar y más cuando me parece de «puta madre», que lo hayan hecho. Contando que Julia, sibilinamente, no haya confundido a Cristóbal haciéndole pensar que es muy buena idea el retomar la relación. Que se merecen una segunda oportunidad  —sobre todo ella— que cualquier persona se puede confundir. ¡Qué cosas no le habrá dicho para hacerlo recapacitar y dar marcha atrás! Sólo espero que tenga la suficiente capacidad de raciocinio y no se deje embaucar por la «encantadora de serpientes», con esa habilidad o mejor dicho; maña para seducir con el lenguaje tanto verbal como corporal, con aplomo, tranquilidad de saber que lo que está diciendo es lo que quiere escuchar el oyente.

            No llego a conciliar el sueño por las noches.

            Lunes 16 de octubre

Cuando pensaba que nada peor me podía suceder, la visita de Patricia me queda sin palabras. Descompuesta, sin ánimos y mucho menos fuerzas para afrontar la confesión que me acaba de regalar. Un regalo que yo no le he pedido y que por narices he tenido que aceptar. Me ha caído como «Jarro de  agua fría», no me esperaba que el tiempo se pusiera en mi contra. Que la paciencia esta vez no iba a tener su merecida recompensa. Parece ser que la educación está reñida con el deseo. La culpa es mía y sólo mía, he calculado mal los tiempos, haciendo que otra persona se me adelante colándose  en la fila unos cuantos puestos, quitándome lo que por aguante, estoicismo y resignación me pertenece.

            Tras haberme enterado de que Cristóbal no había cedido a los ruegos de Julia —sabía que no se iba a dejar convencer— y respirar con cierto alivio, de nuevo vienen las dudas. ¿¡Patricia!? ¡Es que no se pueden mantener al margen! ¡Cómo ha podido hacerme esto! Máxime que según me cuenta sabe de mis sentimientos hacia él. Sin embargo lo ha hecho, ha interpuesto su apetito a nuestra amistad. Me ha tachado de ser una cobarde, de no atreverme a dar el paso que definitivamente me haga ser la Sofía que realmente soy. Y ella, quién es ella más que una oportunista sin recato alguno que va robando besos que tienen dueñas.

            Doy fin, de un solo trago, a la copa de vino que me he servido tras haber echado de casa a Patricia. Tal vez esto adormezca a mis demonios y me dejen descansar por una noche.

             Martes 8 de noviembre

He aceptado el ofrecimiento de tomarme un café con Cristóbal. Me dirigía a clase de kizomba pero él ha impedido que fuese. El verlo frente a mí me ha descolocado haciendo que el destierro al que lo había sometido haya quedado obsoleto. No me ha dicho gran cosa a lo que se refiere  a su divorcio, creo que da por hecho que otras fuentes me han mantenido informada en todo momento. Cosa que le agradezco enormemente ya que sólo la mención de esa palabra me crispa los nervios. Nos hemos limitado a hablar de su nueva situación, del piso que ha alquilado en Laredo —poniendo doce kilómetros de por medio— para evitar ciertos comentarios sobre lo sucedido y poder pasar página en un lugar donde es casi desconocido. Ha sido tan afable que no he podido resistirme a tanta locuacidad y me he derrumbado como una idiota. El dolor une, como a Elsa y a Thorn Lyton después de que sus respectivas parejas los abandonaran —al menos es lo que creen en un principio— hasta que aparece la bella Carla y comienza a desentramar una historia urdida por la maquiavélica Elsa… Aunque para nada me identifico con ella, mi postura y sentimientos se acercan más al comportamiento de Carla consiguiendo rescatar  al hombre del que se enamoró siendo una niña. ¡Me encanta ese libro! Caprice, novela romántica de Sara Hylton. Creo que volveré a leerlo tal vez me pueda aportar alguna idea para conquistar al mío.

            En vez de sentirme más tranquila por lo sucedido aún estoy más nerviosa que en los dos últimos meses. ¿Estoy haciendo bien? El sábado lo sabré.

 

 

 

 

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