UNA HISTORIA MÁS…

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Os deseo una Feliz Navidad.

Ahí os dejo los dos siguientes capítulos de Amigas mías (inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual) Espero que os vaya gustando. ¡Gracias!

 

Amigas mías

 

 

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10

 

 

    —Me gustaría contarte ciertas cosas que he estado haciendo a espaldas tuyas.

            Patricia en un arranque de sinceridad  como el que tuvo conmigo estaba dispuesta a coger al toro por los cuernos, a esperarlo «a puerta gayola» recién sale del chiquero, sorteando la embestida incierta pero con furia para mostrarle el engaño.

            —No tienes nada que contarme.

            —Sí, sí que lo tengo.

            —No insistas Patricia, lo que quieras decirme no me interesa, déjalo estar.

       —Pero es que necesito contarte que no he sido la mujer que crees que soy. — Haciendo acopio de valor.

            —¡No entiendes que no quiero saber nada de lo que me quieres contar! —Pedro se había puesto en pie dándole la espalda a su esposa. Le hablaba por encima del hombro—. De verdad crees que en todos estos años no me he dado cuenta de tus coqueteos con el resto de hombres. ¡Tan imbécil me crees que soy!

           —Lo has sabido durante todo este tiempo y no has sido capaz de decirme nada.

           Las palabras de Pedro la habían ofendido en lo más hondo. Se había creído la reina del engaño  y ahora no era más que una copia burda de la hipocresía, una paparruchada.

           —Por favor, no te hagas la digna, no te queda. —Enfrentándola.

           —Eres un estúpido, un…

           —Cuidado con lo que vas a decir, puede que más tarde te arrepientas.

           —¡Arrepentirme, de qué, de decirte que eres un desgraciado! ¡Fíjate que no lo creo!

      —Estamos demasiado cabreados  como para seguir con esta conversación. Está hablando el resentimiento y no es buen consejero. Ya hablaremos más tarde, cuando los ánimos estén más calmados.

            —No te irás ahora dejándome así…

       —Cómo Patricia, cómo te dejo… como me has dejado a mí infinidad de veces; esperando que  tus retrasos no fueran  causados por tus escarceos.

           Patricia tenía la vista en el suelo, era incapaz de afrontar la mirada de su oponente. Sabía que tenía razón, Pedro había sido demasiado indulgente con ella.

           —Pero siempre he vuelto, ahora estoy contigo, nunca me he querido ir de tu lado, te lo juro. —La voz se le iba quebrando—. Tienes que creerme: te quiero.

           —No jures, no es necesario —cogiéndola de la cabeza con ambas manos— sé que me quieres si no de otra forma no hubieras permanecido junto a mí tantos años. Pero has sacado el problema a flote aún insistiendo que no lo hicieras. Ahora ya es todo diferente, no me preguntes por qué, porque no sabría decirte. Yo también tengo parte de culpa por haber consentido y no atajarlo desde la primera vez que ocurrió. Tus coqueteos no hacían daño a nadie, al menos eso quiero pensar pero lo de… —separándose de ella—  no sé si sabré comprenderlo algún día.

             —¡Comprender qué!

           —De verdad quieres seguir con todo esto. Te pido que no me hagas decir en voz alta lo que todo Liendo comenta en voz baja.

           —… No sé a qué te refieres, Pedro por favor, explícame. —Se había interpuesto entre él y la puerta impidiendo que este saliera de la habitación.

             —Lo tuyo con Cristóbal ¡joder! O me vas a decir que no has tenido nada que ver con que rompieran. Te vieron besando a Cristóbal en el coche, cómo se puede tener tan poca vergüenza.

             La había agarrado por los hombros y la había apartado de su camino haciéndola a un lado.

               —Te juro…

               —¡No jures más! No puedes negar lo que es evidente.

             —Y no te lo voy a negar, pero déjame que te explique, no tiene nada que ver con su ruptura; estás confundido.

               —¿Confundido? De verdad debes creer que soy tonto.

         —No, no, por favor, te suplico que me dejes explicarte y después aceptaré la decisión que tomes, sea la que sea.

           Cerró los puños y cogiendo aire volvió al asiento que anteriormente había ocupado.

              —Soy todo oídos y espero que lo que tengas que contarme merezca la pena y no me arrepienta de haberme quedado.

                 Patricia se sentó frente a él.

             —Es cierto que mi comportamiento no ha sido el más ejemplar, todo esto se me ha escapado de las manos, jamás me hubiera imaginado que podía llegar a donde he llegado. Asumo mi culpa y confieso que sí he besado a Cristóbal… —Pedro no pudo más que hacer una mueca de crispación, tensó la mandíbula y bajó la mirada— pero no soy  responsable del resto y no voy a admitir nada más de lo que se me acusa porque no es cierto. Julia ha tenido un amante hasta hace bien poco. Tenía pensado irse a vivir con él y abandonar a Cristóbal por eso le pidió el divorcio; no porque yo lo besara, es más ¡eso sucedió después de que estuviera ya cada uno por su lado!

             —¿Por qué a Cristóbal? Es nuestro amigo, hemos salido juntos infinidad de veces, incluso con Nuria y Diego, Sofía… ¡Qué van a decir ellos cuando se enteren!

            —Nuria y Diego no son de opinar, Sofía ya lo sabe. —Mirando la cara de sorpresa de Pedro—. Se lo he dicho yo, creo que lo asumirá, estoy segura, es cuestión de tiempo y lo que pueda decir Julia me trae sin cuidado, la verdad, ella tampoco es un lecho de virtudes —haciendo una pequeña pausa—. Eso es todo.

              Después de emitir un bufido se levantó.

            —¿No vas a decir nada?

      —Es que no tengo nada que decir Patricia, tú necesitabas hablar y yo te he  escuchado.

            —Ni tan si quiera me vas a decir  el nombre de quien me vio besando a Cristóbal y te fue con el chisme.

            —Ningún chisme, una verdad como un templo, y no… no te lo voy a decir.

            —Pero estoy en mi derecho de…

            —¡Derecho! —Cortándola tajantemente—. No me vengas con que tienes derecho y  te sientes ultrajada, porque es conmigo con quién estás hablando y ambos sabemos que no estás en posición de exigir.

            —Aún así, no puedes…

            —¡Yo! ¡Fui yo!

       Patricia tuvo que agarrarse fuertemente al asiento para no caer desplomada mientras que veía salir a Pedro de la habitación, cogía las llaves del coche y desaparecía de su espacio de visión.

11

Le acabo de mandar un whatsapp diciéndole que estoy en la Cafetería Paris. Está «En línea», y seguidamente veo un «Escribiendo…». En un par de segundos leo lo que me ha mandado: «No tardo, en cinco minutos estoy ahí». He preferido quedar con él en un sitio público —aunque anoche me mandara su dirección—. Me pareció más lógico y mucho más prudente que el aparecerme en su casa. Es la primera vez que quedamos —prefiero no llamarla «cita»—, es demasiado pronto. Pero tengo que confesar que el corazón está inquieto y el estómago tragando con ansiedad los churros con chocolate que me he pedido. ¿Han pasado ya los cinco minutos? Miro el móvil, marca las 9.45 h va bien de tiempo, dos minutos para que se cumplan los cinco. Lo echo a un lado, unto otro churro en chocolate y… —¡No me lo puedo creer! — Lo veo entrar, me saluda con la mano en alto y en cuestión de segundos se para frente a mí:

            —¡Qué… desayunando!

            Me atraganto con el maldito churro. Él me da unos toquecitos en la espalda. Me pregunta si estoy bien y yo solo puedo pensar en el ridículo tan grande que estoy haciendo. Seguro que mi cara presenta el mismo color rojizo que el jersey de la niña que no hace más que mirarme desde que he entrado en la cafetería. A ella se le han sumado sus padres, la pareja que está sentada a nuestra derecha y el camarero que ha puesto cara de: «Sabía que eso iba a pasar». Seguramente al verme la forma de engullir los churros que él mismo me ha traído minutos antes. Quisiera explicarme, decirle a todos —incluyendo a Cristóbal, por supuesto— que yo no suelo comer así, como si fuera una cerda. Son los nervios que me han  jugado una  mala pasada. ¡Está frente a mí ofreciéndome un vaso de agua! ¡Es que nadie puede entender mi situación! Intento que las manos no me tiemblen pero al cogerlo derramo parte del agua por la mesa: «¡Joder!, ahora sí debe pensar que soy medio boba».

            —No te preocupes —dice. Coge un par de servilletas y limpia la mesa que yo he dejado hecha una guarrada. —Si has terminado podríamos ponernos en marcha. ¿Te parece bien?

            Seguramente lo dice para que no haga más el payaso. Y ahora mismo se estará arrepintiendo de haber quedado conmigo, con una pazguata. Se levanta y le dice al camarero que se cobre. ¡No puedo permitir que pague él sería ya demasiado humillante!

            —¡Por favor Cristóbal, no! —Saco de la mochila el monedero pero me obliga a guardarlo de nuevo.

                —A esta invito yo, la próxima te toca a ti.

             «¡¿Pero va a haber una próxima?!» pienso. Y tengo que sujetar al corazón para que no se salga por la boca ¡ya sería lo último!

         —Está bien —respondo. Aunque no me haya quedado muy claro lo de la  «próxima».

               Coge la vuelta que le ha entregado el camarero en una cestita de mimbre, se la guarda en la billetera y se despide con un: «Hasta luego» a lo que el susodicho responde: «Que pasen un buen día» —Mirándome con cara de pocos amigos y deseando que salga del local. Y no es para menos, solo a mí se me ocurre pedir churros con chocolate cuando en un tiempo record de cinco minutos me los tengo que comer.

                 Vamos por la N-634 subidos en su pedazo de BMW X2 de color Galvanic Gold.—Es lo que ponía en el catálogo de su web oficial. Para mí, el color del albero—. En silencio, escuchando la música que suena de fondo.

            —Si no te gusta lo que está sonando puedo cambiar —me dice mirándome de reojo.

                —¡Qué va! Me encanta esta canción. Creo que son tres los intérpretes: Alejandro Sanz, Melendi y el tercero… no tengo ni idea de quién se trata. —Haciéndome la entendida.

                 —Arkano —responde. A mí también me gusta.

            Me deja sorprendida pero aún más cuando comienza a cantar el estribillo junto con ellos formando un cuarteto que a mí me parece de lo más seductor.

déjala que baile con otros zapatos

Unos que no aprieten cuando quiera dar sus pasos

Déjala que baile con faldas de vuelo

Con los pies descalzos dibujando un mundo nuevo…

 

            Altamente peligroso con un magnetismo a unos niveles que me da miedo confesar. La letra se ajusta al cuerpo de la mujer como un guante y el hecho de que él la conozca me parece un detalle por su parte. Está sumando los puntos que en su día le resté.

 

…ella no es solamente lo que ves

A ella ni tú ni nadie le paran los pies…

 

            Sin darme cuenta llegamos al estacionamiento del parque en una mañana en la que un sol de noviembre ha hecho acto de presencia, aunque sea débilmente, pero el lugar y la compañía suplen con creces su timidez.

            —Fin del trayecto —me dice—. Me han hablado muy bien de este sitio y creo que van a tener razón a juzgar por el paisaje que tenemos en frente.

            Asiento con la cabeza, las vistas son realmente espectaculares. Me echa un vistazo de arriba abajo.

            —Veo que vas muy bien equipada —señalando mi atuendo.

            —Tú tampoco vas nada mal —respondo al ver sus  Salomon X Ultra Mid 3 GTX. —Al menos es lo que me dijo el dependiente cuando el día anterior a nuestra salida fui a comprarme unas botas para andar—: «Usted lo que tiene que ver es que sujeten bien el pie y evitar resbalones, una buena estabilidad y amortiguación que minimice los terrenos accidentados y un agarre para tener más control cuando se mueva rápido». Pensé: «Este chico —muy atento y agradable, por cierto— se cree que voy a hacer la Ruta de los Refugios». Tras explicarle que no necesitaba un calzado tan técnico, que simplemente iba a hacer senderismo no montañismo, me recomendó las que llevo puestas y que al parecer, son una buena decisión que merecen el beneplácito de Cristóbal. También me sugirió llevarme unos prismáticos y una mochila y… Así que tras permanecer dos horas y cuarto de reloj en la tienda, salí como si fuese la próxima invitada al programa de Jesús Calleja. ¡Una pasta le dejé al tipo! Un poco más y la tarjeta no pasa. Pero todo sea por no parecer una dominguera.

            Saca los prismáticos y me los pasa.

         —Mira, creo que son patos buceadores. Por esta época comienzan a llegar los primeros junto con los gansos.

             —No te preocupes, he traído los míos.

            —Vaya, no creí que tuvieras. Bueno… quiero decir… Lo siento, no me he expresado bien, es que no pensé que te gustara hacer este tipo de cosas, salir y estar en contacto con la naturaleza… No das esa imagen.

            —Ah, ¿y qué imagen doy según tú? —Algo molesta por el comentario.

            —Pues no sé, quizás más de ciudad, más cosmopolita.

            Me echo a reír con una gran carcajada.

            —Sí, claro, por eso mismo vivo en un pueblo del cual no he salido desde hace años. Bueno, miento —haciendo memoria— hubo un tiempo en el que sentí que cualquier parte del mundo era como estar en mi propia casa. ¿Cómo son los patos buceadores? —Mientras miro por los prismáticos.

         —Son bastante más pequeños que los gansos, a estos últimos se les puede identificar porque tienen el plumaje en gris, blanco o negro, aparte tienen el cuello más largo y son mucho más elegantes. Y los que estamos viendo son sin duda alguna gansos. —Dejando caer los prismáticos sobre su pecho—. Y volviendo al tema de antes: si como dices has viajado por todo el mundo, no me he confundido tanto ¿no?

            —De eso ya hace unos cuantos años —imitándolo y dejando caer los prismáticos sobre mi pecho, no quiero parecer una principiante—, era otra época, otras circunstancias muy diferentes a las de ahora.

            —No quiero ser un entrometido y respeto tu silencio si no quieres responder pero: ¿Qué otras circunstancias?

            —Otras, sin más.

            —Tiene que ver con que tuvieras pajera. Algo me contó Julia al respecto.

            Dejo de andar, vuelvo la cara para mirarlo fijamente con enfado. Enseguida nota que estoy molesta por el comentario y se apresura a corregir el error.

            —Perdona, de verdad, he sido un estúpido, no he debido inmiscuirme en tu vida de esta forma tan torpe. Estás en todo tu derecho de enojarte conmigo. Me han podido las ganas de saber más de ti.

            —No te preocupes, puedo comprender que quieras curiosear y saber por qué hace mucho tiempo no salgo con nadie, pero ahora mismo no me apetece hablar mucho del tema. —Retomando la marcha.

            —Lo entiendo. —Andando unos pasos por detrás.

            «¡Qué demonios le habrá contado Julia! ¡Será perra!» pensé. No puedo creer que algo tan íntimo se lo haya podido contar a alguien y que ese alguien sea Cristóbal. Ahora comprendo el motivo por el que me ha invitado a salir hoy, debe pensar que dos personas que han sufrido por lo mismo deben aunar fuerzas para seguir adelante con sus vidas. ¡Cómo he podido ser tan idiota! En este momento me gustaría salir corriendo de aquí y desaparecer de su vista. Si hay algo que detesto es que me tengan lástima.

       —Tengo la sensación de que he estropeado lo que estaba siendo una mañana estupenda. —Alertado por un silencio incómodo y los pasos que nos distancian. —Creo que ahora mismo lo que menos deseas es estar aquí conmigo; ¿verdad?

          —Un poco sí, la verdad, tampoco te voy a mentir. Me parece poco afortunada tu apreciación. Si crees que invitándome a salir vas a superar antes tu divorcio estás muy equivocado —poniéndome a su altura— y si esperas que esta imbécil te ayude porque a ella un día también la abandonaron por las mismas razones estás cometiendo un grave error. Yo no soy el consuelo de nadie; es más, lo último que quiero para mí es que salgan conmigo por pena, por venganza o por lo que quiera que sea; no lo voy a permitir.

            Pasan unos minutos antes de que Cristóbal pueda reaccionar tras mi perorata. Mis palabras le han caído como «Jarro de agua fría».

       —De nuevo me disculpo por haber sido tan indiscreto pero creo que estás confundida al pensar que los motivos de traerte aquí son el tenerte compasión. Yo tampoco busco eso de ti, y si en verdad lo crees, lo siento mucho. Tal vez no me haya expresado bien pero no era mi intención hacerte daño y mucho menos que creyeras que te estoy utilizando. Si piensas eso de mí es que no me conoces lo suficiente y créeme que lo lamento, esperaba pasar un día agradable pero parece ser que no va a ser posible.

            No me molesto en contestar, el hacerlo confirmaría lo que acaba de decir y no me apetece que nuestro día  quede empañado por un contratiempo. No quiero que piense que soy una amargada incapaz de sobreponerse a una relación fallida. Después de Quique no ha habido más hombres, me he mantenido al margen de todo lo que pudiera significar un compromiso; falta de confianza en ellos o probablemente en mí, pero hasta ahora no me he sentido atraída por uno como para arriesgarme a perderlo todo de nuevo. Debo dar marcha atrás, he sido demasiado brusca —siempre a la defensiva— tengo que reconducir la conversación o ya no habrá remedio ni causa para seguir adelante con lo que recién empezamos. Me detengo en mis prisas por abandonar el lugar y jugar con el tiempo para que él pueda alcanzarme. Son tan sólo tres pasos los que lo distancian de mí, los que yo he marcado en un arranque sobrecargado de dignidad y presiento que si los mantengo nada habrá merecido la pena. Se detiene a mi vera, no quiere adelantarme. Tengo que ser yo quien rompa este silencio tan incómodo para ambos pero él se me adelanta:

            —Si quieres que nos marchemos no tienes más que decirlo. Creo que no es bueno para ninguno de los dos que sigamos, está claro que he metido la pata y no deseo hacerte sentir mal.

       ¡No, no, no! Cómo le explico que está confundido, de que para nada quiero marcharme, que no ha metido la pata, que quiero seguir. Se me hace un nudo en la garganta impidiendo cualquier atisbo de reconciliación. Alzo la vista hacia él ya que no puedo pronunciar palabra, y si sabe leer miradas, debería darse cuenta que esta es de arrepentimiento. ¡Ojalá  pueda comprenderlo!

              De repente suena el móvil; el mío. Así que no me queda otro remedio que apartar la mirada y dejar de hablarle.

            —Dime… —Me adelanto un paso. Otra vez pongo distancia—. ¡Cálmate, no habrá sido para tanto! —Intentando tranquilizarla—, ahora estoy fuera, no hagas nada hasta que yo no llegue, ¿de acuerdo? —Cuelgo.

            —Es Patricia, —y noto a Cristóbal disgustado. Tal vez porque nuestra excursión acaba de terminar o porque el nombre de Patricia le incomode—. Tengo que volver a Liendo, lo siento.

            —No importa, de cualquier forma esto ya había acabado ¿no? —sin esperar una respuesta a ese «¿no?».

            Se echa a andar y esta vez sí me adelanta. Le sigo, piso las huellas que va dejando: derecha… izquierda… Me quedo sin huellas, alzo la vista: hemos llegado. ¡Qué poco hemos tardado! Me he quedado sin tiempo. La vuelta es un fastidio, él no deja de mirar a la carretera y yo… yo harta de escuchar canciones que hace apenas unas horas me parecían lo mejorcito del panorama musical.  Estaciona dos plazas por detrás de donde aparqué.

            «Bien, ahí está tu coche» —me dice. ¡Cómo si fuera idiota y no supiese dónde lo dejé! Está claro que quiere darle prisa a nuestra despedida. Cojo mi mochila y antes de bajar digo: «Gracias», «De nada» —responde. Me quedo ahí parada, viendo como se aleja lo que haya sido posiblemente, la única oportunidad para convencerme de que se puede ser feliz.

 

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