Una historia más.

Amigas mías

 

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16

 

Estoy desembalando el pedido que acaba de llegarme cuando a mis espaldas suena la campanilla de la puerta.

            —Buenos días… o buenas tardes… o buenas mediodías…

Me giro, la voz me es conocida y ¡cómo no! Es Nuria, inconfundible hasta en la forma de saludar.

            —¿Qué dices? —pregunto.

            —Nada, la verdad, es que siempre me hago un lío con lo de las horas… —Se queda pensativa—. ¿Antes de las 12 h se debe decir: ¡Buenos días! ¿no?… y después será ¡Buenas tardes! ¿verdad?… y no antes de las 20 h ¡Buenas noches!… Es así o no.

            —Jajaja, yo no me andaría complicando mucho y simplemente diría: ¡Hola! No quedas mal y evitas incurrir en el error.

            —Tú siempre tan pragmática.

            —¡¡¿¿Yoo??!! ¡Ojala lo fuera! Otro gallo me cantaría.

            —Pues no sé cómo estás tú, pero a Patricia no le está yendo nada bien.

Aparto la caja hacia un rincón y la invito a que nos sentemos relajadamente para hablar. La veo preocupada. Desde que me aparté del grupo Nuria es la que me tiene informada de lo que sucede con el resto.

            —A ver, dime, qué ha pasado.

            —El sábado…

            —¡Uff! El sábado, ni me lo recuerdes —me apresuro a decir.

            —¿Por qué? —Extrañada—. ¿Acaso sabes algo?

            —De qué.

            —¡Joder, pues de lo que te voy a contar! De Patricia.

            —¡No!

            —¡Entonces! ¿Por qué no quieres que te lo recuerde?

            —¡Bah… no importa! Cosas mías.

            —¡Ay, cosas tuyas! ¡Qué habrás hecho esta vez! O debería decir: ¿este sábado?

            —Primero me cuentas a lo que has venido y me voy pensando si te digo lo que me ha pasado.

            —A eso se le llama chantaje en toda regla… ¿No habrás vuelto a ver al…?

            —Lo tomas o lo dejas —dándole un ultimátum—. Nuria no se lo toma como tal, sabe que es una broma y que estoy deseando relatarle mi episodio con El infiel. Ambas lo apodamos así: El infiel. No queremos mencionar su nombre. Así no se nos olvida la clase de tipo qué es, aunque desde el sábado —parece que es el día señalado para que haya un antes y un después— a mí  no me parece tan inhumano. Y bien, me vas a contar o sigo con lo que estaba haciendo.

            —¡Calla mujer! El caso está en que el sábado —día que no quieres ni que te mencione— Patricia tuvo una charla con Pedro un poco subidita de tono que terminó con que este, pasara la noche en mi casa. Estaba destrozado, nunca lo había visto tan abatido.

            —¿Por? —pregunto—. No puedo evitar el deseo de saber más.

            —Tengo entendido que es debido al carácter afable de Patricia y que de sobra todas conocemos —con cierto retintín— por lo que ha sido la discusión. Diego sabe el porqué pero no ha querido entrar en detalles por aquello de: «El poco hablar es oro y el mucho hablar es lodo». —Aceptando las palabras de su marido—. Ya sabes lo que le gusta a Diego los refranes.

            —Ya, pero me extraña esa aptitud tan extremista, máxime cuando Patricia nunca se ha escondido para flirtear con alguien. Lo ha hecho delante de todos e incluso de Pedro y nunca ha habido ningún problema. Los que la conocemos sabemos que todo se queda en un coqueteo inocente sin ánimo de ir más allá. Al contrario, cuando alguno se ha querido propasar enseguida le ha parado los pies. ¡Pero si hasta Diego o el mismo Cristóbal han sido diana de sus pícaros comentarios!

            —Pues se ve que esta vez ha tenido que ser algo más serio porque Pedro se ha ido a un hotel. Quiere pensar en lo sucedido desde la distancia antes de tomar una decisión definitiva o al menos hasta que hable con ella.

            —Entonces es más grave de lo que pensamos.

            —¡Ajá…! Y tú qué… Yo he cumplido —esperando a que comience a relatarle mi noche.

            —Si tampoco ha sido para tanto —quitándole importancia al asunto.

            —¡Ayayay… cuando te haces la esquiva! Ahora es cuando me confirmas de que sí la tiene.

Inhalo fuertemente llenando mis pulmones a toda prisa  y expulsando el aire sobrante   en forma de rebufo. Tras contarle con todo lujo de detalle —menos alguno porque es sobrepasar los límites de lo estrictamente privado— estoy más sorprendida yo que ella. Impasible, ni un gesto en su rostro de sobresalto, de asombro o incluso de inquietud por lo que acaba de escuchar.

            —¡No vas a decir nada!

            —Bueno… —indiferente.

            —Sin más… No hay un: ¡Cómo se te ha ocurrido! ¡Eres una insensata! ¡Joder Nuria!

            —Eh, eh… ahora te digo, dame tiempo para asimilar.

Se levanta y comienza a andar por toda la tienda poniéndome más nerviosa de lo que estoy. Tras unos minutos en los que me tiene con la boca seca por saber si es de aprobación o de rechazo su veredicto se vuelve a sentar.

            —Lo sabía —afirma con total rotundidad— una historia que no está del todo finiquitada suele remover lo poco o mucho que ha dejado cuando esas personas vuelven a verse después de un tiempo.

            —Creo que no me entiendes —intento explicarle—, que estamos hablando de El infiel, del hombre que está casado, el que hizo que me plantease si yo era feliz en mi matrimonio para echarlo todo por la borda más tarde.

            —Tú misma lo has dicho Julia, te hizo pensar si eras feliz con la vida que estabas llevando, y te diste cuenta que no era así. Tal vez necesitabas que alguien te diera un empujoncito para salir de una relación de años que ya no te divertía tanto como al principio. Había perdido su «gracia» por decirlo de alguna forma. El problema está en que tuviste que recurrir al infiel para ello. Estoy casi segura que por ti misma no hubieras sido capaz de divorciarte de Cristóbal aunque tu interior te dijera que ya no había pasión, que os habíais convertido en dos personas acostumbradas a la rutina de una convivencia.

            —¿Entonces? —pregunto, porque no sé cómo tomarme las palabras de Nuria.

            —Pues que estás empecinada en conquistar de nuevo a tu ex porque te daba seguridad y un sexo amable, en el que te podías reconocer como eres tú realmente, pero cuando te has dado cuenta de que el mismo sexo lo puedes hallar en otra parte —y ya sabes a quién me estoy refiriendo— te da pánico reconocerlo. Al fin y al cabo es lo que deseas, que alguien te quiera de la misma forma, pero imagino que duele saber que tiene ataduras que lo hacen imposible.

            —No es un capricho, Nuria, ni yo una «buscona» como  me han juzgado.

            —Lo sé cariño, pero dales motivos a la gente para hablar y te despellejarán aún sin tener conocimiento de causa.

Me abre sus amplios brazos y yo me rindo a su ofrecimiento, hace un día y medio que nadie me ha vuelto a tocar con tanta ternura como la que despierta Nuria.

17

Tengo el móvil en la mano y la duda de si llamarlo o no me están volviendo loca. Quiero disculparme pero no sé cómo hacerlo, tengo que saber perfectamente lo que le voy a decir para que mis palabras no le suenen a excusas. Oír su voz me pone el vello de punta y el estómago se me pone del revés. Entro en contactos y me voy directamente a la letra «Ce» no hay que perder tiempo. Opciones: «Llamar» «Mensaje» «Info». Me persigno —no soy creyente pero reconozco que ahora mismo una ayudita no me viene mal— además de que cuando se me plantean opciones casi siempre suelo tomar la menos indicada. ¿Por qué siempre nos tienen que dar a elegir entre varias posibilidades? Me viene a la memoria los test de las revistas de… de repente me suena el móvil y como en un numero circense de malabarismo da dos vueltas en el aire hasta que puedo cogerlo al vuelo.

            —¿Qué haces guapa? —me pregunta Patricia nada más descolgar. Su voz suena conciliadora.

            —En realidad nada, aquí echada en el sofá. —Comienzo a preocuparme, creo y tengo sobradas razones para pensar que estoy experimentando la telepatía con Patricia. Cada vez que pienso en Cristóbal, aparece ella llamándome e interrumpiendo mis planes            —. Estaba recordando tiempos de adolescencia, cuando hacíamos los test de las revistas de Super Pop o Nuevo Vale, ¿te acuerdas?

            —¡Ostris! ¡Cómo no me voy a acordar, si pasábamos tardes enteras para saber: SI TE QUIERE O PASA DE TI.

            —Y de las preguntas qué me dices: «¿Desde hace cuánto os conocéis?» «¿Habláis de cosas íntimas?» —Oigo risas al otro lado del teléfono.

           —Pero lo peor era el recuento de puntos al final. «Del 1 al 20: no le interesas. Del 20 al 30: se siente atraído. Del 30 al 40: está loco por ti». Era una decepción absoluta aún cuando obtuvieras la máxima.

            —¡Joder, porque mentíamos como bellacas! —Más risas.

            —Y que ni hablar de las series como Sensación de vivir con  Jason Priestley, mi gemelo favorito por excelencia. Siempre he sido de la opinión que Brenda estaba de más. Siempre amargada con su relación con Dylan Mckay, ¡pero si era par estar contenta que un tipo como ese se hubiera fijado en una insulsa como ella! ¡La niña mona, si es que la tuvieron que haber echado de la serie en el segundo capítulo!

            —A ti lo que te pasaba es que estabas celosa.

            —Sí… hay que joderse.

            —Yo era más de Los vigilantes de la playa, desde que apareció en escena me enamoré de Matt Brody, lo mismo que a Summer en la serie; caímos redonditas a sus pies.

            —Tú siempre has sido más romanticona. A mí me gustaban los rebeldes, los lobos con piel de cordero.

            —Y así nos ha ido.

            —Pues tú no te puedes quejar.

            —¿Por qué lo dices?

            —Pues porque eres una idiota si no le llamas y te das una oportunidad con él.

            —Cuando has llamado iba a hacerlo pero…

            —Pero nada… Y ¡cómo no me lo has dicho! estás aquí perdiendo el tiempo conmigo mientras que podías tener una cita romántica…

            —No digas bobadas, me muero de la vergüenza. Además ya quedamos y el resultado no fue el esperado.

            —¿Qué pasó?

            —Pues que la jodí, como siempre.

            —Pues como dice el de la publicidad esa de los seguros: «A grandes males, grandes remedios». Escríbele un whatsapp para ver cómo reacciona y dependiendo de la respuesta vas obrando.

            —¡Ves! Si tenía que hablar contigo. De las tres opciones que el móvil te da a elegir yo me hubiera decantado por la de «Llamada», si es que mi torpeza llega a unos límites que hasta a mí me da miedo.

            —Jajaja, no seas agorera mujer. Le invitas a una cena informal para excusarte por lo sucedido en la anterior cita, porque es una cita aunque te niegues a reconocerlo. Te pones guapa pero con límites, no vaya a ser que se crea que lo llevas a una recepción en La Zarzuela, o des la sensación de todo lo contrario, que parezca que es lo primero que has cogido del armario.

            —¡Qué fácil es para ti!

            —Calla y atiende a lo que te estoy diciendo: no puede faltar la música de fondo, no demasiado alta pero sí que se pueda escuchar lo que está sonando ¿de acuerdo?

            —Girls Just Want to Have Fun de Cindy Lauper.

            —Mujer, si te decides por una de nuestra época mejor que sea What´s Love Got To Do With It de Tina Turner. Esa melena cardada desafiando la ley de la gravedad, y esas pedazo de piernas que han sido la envidia de muchas mujeres, incluyéndome a mí.

         —«La reina del soul», a sus 78 años  y la leyenda sigue viva. Ahora con media melena y flequillo pero igual de imponente.

            —¡Los malditos genes! Los nuestros deben ser de los más corrientes. Como no les ayudemos con el bisturí mucho me temo que nuestra vejez va a ser muy distinta a la de la Turner. ¡Qué asco de vida! Lo de madurita atractiva se va a convertir en la maruja desengañada.

            —Jajaja, ya nos ves con el delantal de sevillana y los rulos en la cabeza.

            —¡Qué horror! Te imaginas. No me digas que no te da espanto.

            —Exagerada, a ver no somos veinteañeras pero cuando me miro al espejo me asombro del potencial que aún está por descubrirse.

            —Jajaja, pues deja que lo descubra Cristóbal de una puñetera vez. No fue a Mercedes Milá a la que le dijeron: «Nena tú vales mucho».

            —¡Nooo! Fue a Carmen Maura, cuando presentaba el programa Esta noche, ¿te acuerdas? La movida madrileña, las chicas Almodóvar… ella fue una de las primeras en serlo y su papel en: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón la catapultó a la fama.

            —¡Es verdad! ¡Joder Sofía pareces una hemeroteca con patas! ¡Ay Almodóvar, El rey Midas del cine! Ya me hubiera gustado a mí ser una de sus chicas.

            —Cuál de todas.

            —Me quedaría con Leo en La flor de mi secreto, por aquello de escribir novelas románticas. Además se parece mucho su historia a la mía: una separación —que puede desembocar en un divorcio—, una amiga que es la amante de su marido… Aunque en mi caso es al contrario y no ha habido amantes, simplemente ganas de hacerme notar. Pero lo de escribir ¡Cómo me gustaría tener la capacidad de sentarme frente a un teclado y no parar hasta tener una novela completa! Amores, desamores, engaños, frustraciones, deseos, miedos…

            —Vaya, no sabía que tuvieras vocación de escritora.

            —Frustrada, ya te digo.

            —Todo es ponerse. Nuestro grupo pude ser una idea para que comiences. Cada una tenemos una historia y a cual más fascinante y desordenada.

            —Tú me dejarías escribir sobre ti.

            —Por qué no, mi historia es la de ciento de mujeres, al igual que la de Julia, Nuria e incluso la tuya. Se pueden ver retratadas en cualquiera de los personajes, sentir empatía, compartir sentimientos, identificarse con ellos. Todas son protagonistas en mayor o menor medida, así que adelante que el mundo no es de cobardes.

            —¿Sabes que te quiero un montón? Lo sabes ¿verdad?

            —Anda, déjate de ñoñerías y da comienzo a tu novela que yo tengo que poner un whatsapp.

            —¡Al final te has decidido! ¡Suerte amiga!

            —Eso espero.

            —Me has perdonado.

            —No tengo nada de qué perdonarte, sólo ganas de olvidar.

            —Gracias.

            Cuelgo. El repaso a nuestra juventud me ha hecho sentir con las fuerzas necesarias para afrontar cualquier respuesta que pueda recibir de Cristóbal. Tecleo con cierta torpeza —he de admitir que soy de la era analógica— y espero, espero… y continué esperando.

DIARIO

Viernes 25 de noviembre

Han pasado varios días —exactamente doce— desde mi charla por teléfono con Patricia. Los mismos que sigo esperando una contestación de Cristóbal a mi whatsapp. Me queda más que claro que no quiere saber nada de mí. Ni tan siquiera me da la oportunidad de explicarme, de hacerle entender del porqué de mi comportamiento.

            Se encara otro fin de semana, el último de este mes, el jueves será el día que estrenemos diciembre; el mes de las reconciliaciones. Con un poco de suerte puede que coincidamos en una de las tantas celebraciones que se hacen cuando se va aproximando la Navidad.

            Me acabo de dar cuenta que hace mucho tiempo que no escribo nada de Julia, tal vez porque me parece deshonesto mezclar a ambos en un mismo párrafo o por mi falta de información sobre ella. Sé que Nuria sigue en contacto, en una ocasión las pude ver en una cafetería, la misma en la que Cristóbal me invitó a un café una tarde en la que llovía a mares. Charlaban amigablemente, incluso sus risas parecían estar sincronizadas entre ellas. Tuve ganas de entrar, sentarme y unirme a la conversación, sentir como si me estuvieran esperando de mi vuelta del baño para contarme lo que me había perdido por ir a «mear». Así de claro lo habría dicho Nuria: «Tía, lo que te has perdido por ir a mear».

            Estoy agotada, no dejo de mirar a la pantalla del móvil. Ningún whatsapp. ¡Es viernes, debería de tener planes para salir a tomar unas copas, o a cenar! He descuidado tanto sociabilizar, interactuar—es como se llama ahora a la forma de quedar con gente. A una gran mayoría les parece muy snob a mí me parece de lo más stupid— que me estoy convirtiendo en un autómata. Pulso la tecla de apagado y aparecen tres opciones: «Apagar» «Reiniciar» «Modo de Emergencia». Lo pienso cinco segundos… decidido: «Apagar». Y de nuevo sale: «Apagar. Pulsar de nuevo para apagar el teléfono». ¡Joder, que sí, cómo quieres que te lo diga! —Mientras aporreo la tecla desesperadamente.

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