Una historia más.

Amigas mías.

FB_IMG_1576669293245

Elia castro Gordillo

 

 

18

No sé si he hecho bien, pero ya no puedo dar marcha atrás. Las agujas del reloj siguen su marcha impertérritas ante mi preocupación por lo que voy a hacer. Cada minuto es una gota de sudor que recorre mi cuerpo acercándome a la hora que he decido que sea mi ejecución pública o al reconocimiento al coraje demostrado. Tengo que comenzar a vestirme, no son nada impuntuales y en esta ocasión como mediadora que soy no debería confirmar la fama que me precede.El reloj del salón marca las 6 h  con las campanadas correspondientes, miro el del móvil; marca las 6.10 h ¿a cuál debo hacer caso? Tal vez mi falta de puntualidad se deba a la escasa coordinación entre los relojes de mi casa. Sería buena excusa, pero corta en el tiempo. Es más, odio el reloj del pajarito, el cuco llama a cada cuarto de hora, y a veces me entran ganas de estarlo esperando con una escopeta plana y cargármelo de una vez, aunque como soy una inexperta en tema de caza, quizás dos tiros no sean suficientes para matar al maldito bicho. Será mejor que no tiente a la suerte no vaya a ser que se canse de echarme un capote y me mande a tomar por el culo.

            Estoy sentada, esperando, aún no han llegado las que deben ocupar los asientos vacíos, me mordería las uñas pero anoche me las hice con la lámpara para uñas de gel semipermanente y me han quedado tan bonitas que me resisto a la tentación de hincarles el diente. Sigo esperando.

            ¡Por favor, por favor, que no llueva! Estoy cansada, cada vez que tengo que salir amenaza lluvia para esa tarde. Y esta, no iba a ser la excepción. En el último repecho para llegar a la cafetería abro el paraguas ante unas gotas que son ineludibles. Hoy he decidido echar el candado antes de la hora de cierre, estaba sola y como había quedado… Además he colgado un cartel excusándome con las clientas.

            Entro, dejo el paraguas en un cubo que no sé exactamente si es un paragüero o una papelera, pero es lo único que encuentro a mano. Echo un vistazo; allí está ¡no me lo puedo creer! Ha sido la primera en llegar.

            —Vaya, puedo preguntar a qué se debe esta puntualidad. Bien pensaba que sería yo, como es de costumbre, la que tuviera que esperarte.

            —Creo que esta vez me he guiado por el reloj correcto. —Entonces me doy cuenta que ese pájaro del demonio ha estado confundiéndome todo el tiempo. Cuando vuelva a casa acabo con él aunque eso signifique el destierro a la habitación de invitados. Pasan de la hora diez minutos y no llega.

            —Esperas a alguien.

            —No.

            —Como no dejas de mirar a la puerta.

            —¡Ah, sí! —pongo cara de sorpresa— pues no me he dado ni cuenta.

            Alguien entra, es Sofía. El pulso se me dispara y mantengo la respiración hasta casi ahogarme como si eso sirviera para algo más y no tan solo para que mi cara parezca una berenjena. Se queda parada frente a la mesa y su cara es todo un poema. Miro a Julia y sorprendentemente tiene la misma expresión. Ahí me gustaría haberme transformado en avestruz para poder meter la cabeza bajo tierra.

            —La esperabas a ella —me dice Julia molesta.

            —Eh… sí. Siéntate por favor —señalo el asiento que aún queda vacío.

            Sofía acepta mi invitación.

            —No entiendo nada.

            —Ni yo tampoco.

Ambas me miran esperando una explicación.

        —He creído que ya era hora para que se fueran acortando las distancias entre vosotras. Lleváis meses sin hablaros.

           —¡Ah, qué bien! Y quién te da derecho a decidir sobre mí.

           —Tal vez que soy tu amiga.

           —Creí que lo eras y ahora permíteme que lo ponga en duda.

Intenta levantarse pero el brazo de Sofía se lo impide.

        —No montes un numerito, Nuria tiene razón y no creo que se merezca un desplante.

Julia mira a su alrededor y se vuelve a sentar.

          —Lo ha hecho con la mejor intención y creo que sólo por eso se merece que la escuchemos.

       —Gracias Sofía. Como ya he dicho, creo que ya va siendo tiempo de que os reconciliéis, debéis hablar entre vosotras de lo sucedido para solucionar el problema.

            —Y quién dice que quiero solucionar el problema. Esto es una encerrona.

           —Julia…

          —Julia, nada… Me acerqué a ti para que me ayudaras a volver con Cristóbal y qué fue lo que me dijiste ¡Humm! A ver si me acuerdo… ¡Ah, sí! «Que me estaba comportando como una egoísta malcriada que al no obtener lo que deseaba había montado una pataleta»… «Que era rabia y despecho lo que me movía al pedirte ayuda para que ejercieras de abogado del diablo»… «No puedo mentirle»… me dijiste, sí, esas fueron exactamente tus palabras. Ni una llamada, ni un whatsapp y ahora vienes, te sientas como si nada, con cara de no haber roto un plato en tu vida y yo me pregunto: ¿para qué?… ¡Joder qué asco me da todo esto!

            —Lo siento, no pensé…

           —Pues pensaste mal, Nuria. Debiste consultarme antes de tomar esta decisión por ti misma. No es algo que se pueda solucionar tomando un café.

        —Tal vez sea yo la que tenga que disculparse y pedir perdón. Pero en aquel momento yo también me sentí traicionada, dolida por lo que acababas de hacer.

         —¡Tú! ¿Por qué? No será porque estás enamorada de él y el hecho de que yo pudiera volver a conquistarlo te daba pánico. Vas de santa por la vida, victimizándote de todo lo que sucede a tu alrededor, pero sólo tú eres la culpable de todas tus desgracias.

            —Julia, por favor…

            —No Nuria, hemos venido a aclarar las cosas, no querías que hablásemos.

           —Pero no de esta forma.

       —Entonces de cuál, me quieres explicar. Esta es la única formo que conozco; de frente y con la verdad por delante, tal vez no sea la más adecuada porque lo único que consigo es hacerme daño a mí misma, haciendo que una verdad se convierta en una mentira a gritos.

            Mira fijamente a Sofía.

           —Ahora te toca a ti, cuéntale lo bien que te ha venido que me haya divorciado de él.

            —No sé a qué te refieres.

       —No puedo creer hasta dónde puede llegar tu hipocresía. Ten el valor de reconocerlo.

           —No tengo que reconocer nada y mucho menos a ti.

          —Claro, porque yo no cuento para nada, soy un cero a la izquierda o mejor dicho; una golfa que se ha enamorado de un hombre casado y con el que se ha acostado. Sí, me he acostado, cientos de veces, miles de veces y no me arrepiento porque tengo los suficientes cojones para admitirlo. Tú, al contrario, vas de sufridora… pero dime: en qué se diferencia tu historia de la mía ¡eh! dile a Nuria que te estás viendo con Cristóbal, que siempre lo has mirado como algo más que al marido de una amiga ¡joder, ten el valor suficiente  por una vez en tu puta vida!

            Hace una pausa. Intento tranquilizarla cogiéndole una mano pero está demasiado nerviosa, jamás la había oído hablar en ese lenguaje que es más propio de mí que de ella.

          —Pero sabes lo que más me duele de todo esto; no son los comentarios que se hayan podido verter sobre mí ni la opinión que pueda tener la gente de la calle porque al fin y al cabo no dejan de ser extraños que no están en mi vida, pero tú… eras mi compañera, te he querido como a la que más y no sabes cómo duele que hayas sido, precisamente tú, la primera en juzgarme, en crucificarme y colgarme el letrero de puta. Y tienes el descaro de hablar de traición cuando bien sabes quién ha incumplido la promesa que un día nos hicimos.

           Se deshace de mi mano mientras se pone en pie, se cuelga en bandolera el bolso y me mira con los ojos a punto de reventar en lágrimas.

          —Antes te he dicho que no eras quién para tomar esta decisión por mí; perdóname. Ahora te doy las gracias por darme la oportunidad de desahogarme, hablamos otro día.

           La vemos como se aleja sorteando las mesas como si la cafetería fuese una máquina de Pinball. Estoy noqueada, la sinceridad apabullante de Julia me ha dejado sin palabras. Oímos unas voces fuera, salimos corriendo a la calle. No puedo creer lo que estoy viendo:

            Julia se encuentra rodeada por tres mujeres que no dejan hueco para su huída. Dos de ellas permanecen calladas pero una tercera le llama la atención cuando Julia intenta escapar: «¡Eh… tú…zorra! Si piensas que va a dejarme para irse contigo es que no lo conoces tan bien como yo» «Para él no eres más que su puta de turno». Julia se vuelve levantando la mirada hacia nosotras, el llanto se apodera de ella y las lágrimas se van confundiendo con la lluvia que cae sobre su rostro. Se abre camino de un empujón y echa a correr desapareciendo bajo un cielo cubierto de nubes haciendo la noche más oscura.

            Nos quedamos pegadas a la puerta acristalada, amparadas por la tenue luz que sale del interior y que llega a cubrir hasta la segunda fila de baldosas de la acera. Una pareja nos pide permiso, estamos bloqueando la salida. Salen y aprovechamos el momento para volver a entrar y refugiarnos del frío. Una vez sentadas es Sofía la que intenta romper el silencio.

            —Creo que debo disculparme…

            —No, ahora no, por favor. Estoy cansada, lo mejor será que nos vayamos. Hoy no puedo escuchar nada más. Lo dejamos para otra ocasión, si es que quieres, no estás obligada a hacerlo.

            —¿Puedo contar contigo?

            —Sofía, creo que Julia tiene mucha razón pero sobre todo en una cosa: «Deja de hacerte la víctima y ten valor por una vez en tu puta vida». Sobre la pregunta: sí, puedes contar conmigo.

            Nos despedimos sin más, tengo ganas de llegar a casa, sentir los brazos de Diego rodeándome, dándome calorcito, los besos de mi enano que me funden por dentro, de amar de igual forma que soy amada. Hoy más que nunca los necesito a ambos.

19

Queda una semana y un día para que sea Nochebuena. Nos hemos acercado a Santander como solemos hacer por estas fechas, la ciudad está preciosa en esta época sin desmerecerla en otras, claro. En primer lugar nos hemos acercado a Navipark donde el peque se lo ha pasado en grande con los hinchables y la zona Wii y Playstation. Más tarde hemos recorrido las calles del centro, todas ellas decoradas con guirnaldas que van de un extremo a otro, la Plaza del Ayuntamiento cuya fachada la atraviesa un enorme letrero que pone: «Feliz Navidad», y un árbol al que has de mirar hacia el cielo para ver su fin encumbrado por una estrella… también hemos ido a visitar el Belén Municipal y el Mercadillo de Navidad en la Plaza de Alfonso XIII donde no he podido evitar la tentación de comprar una pareja de osos vestidos de pastores, me han parecido tan graci-osos —todos los años compro algún detalle que me sirva para decorar nuestro árbol—. Al final, el peque, me ha convencido para que patine con él en la Porticada donde una gran pista de hielo cubre casi toda la plaza. De allí, finalmente y con un hambre de mil demonios, nos hemos encaminado a tomar unos pinchos en la Calle del Medio. Abarrotada como siempre, pero quién se puede enojar por el gentío si todos nos echamos a la calle para disfrutar de la estampa navideña que ofrece la ciudad.

           Vamos en el coche de regreso a casa. El peque se ha quedado dormido en el asiento trasero nada más ponernos en marcha. Yo, por el contrario, me dejo llevar por la música y el paisaje que va desapareciendo entre la oscuridad de la noche que está al caer. Llevo varios días  callándome cierta información que me mantiene en un silencio prudente. No sé cómo afrontar tal situación por eso soy incapaz de comunicarla: Me han detectado cáncer de mama. Ha sido en un control rutinario, al hacerme una mamografía. A la semana recibo una llamada explicándome que tengo que volver al hospital lo antes posible: «¿Ocurre algo?» —pregunto. La enfermera que se encuentra al otro lado del teléfono responde con evasivas: «No se preocupe, sólo queremos hablar con usted personalmente». Dos días después de la inquietante llamada me persono en el hospital, saliendo por la misma puerta que entro una hora y media más tarde y con la desgracia de saber cómo va a ser mi vida durante el próximo año, como mínimo.

            Cuando lleguemos a casa se lo cuento, no puedo esperar más, el tiempo está en mi contra, como siempre ¡cuándo dejaré de luchar contra él! ¡cómo puedo ser tan torpe pensando que alguna vez le voy a ganar! … Diego es un buen hombre, el mejor diría yo, me ha abrazado y sin soltarme me ha dicho al oído: «Juntos, Nuria, juntos lo venceremos». Al instante, he sentido húmedo el rostro; está llorando.

            A las chicas no les he dicho nada, no son fechas para pronunciar una palabra que pesa tanto. Además, casi todas marchan fuera así que con suerte, al regreso ya me habrán hecho la biopsia para reconocer de qué clase de cáncer se trata para inmediatamente pasar por quirófano. Todo es estrictamente protocolario, no hay nada que genere dudas a cuanto al tratamiento que se ha de seguir.

            Es tiempo de ralentizar, aunque él se empeñe en mantener una continua disputa conmigo.

Comienzo con las sesiones de quimio después de pasar por quirófano y practicarme una Lumpectomía. Estoy prevenida sobre los efectos secundarios, el equipo médico ya me ha informado sobre ellos: fatiga, náuseas, pérdida del apetito… un abanico de posibilidades que de seguro  llego a padecer. Sin pararme mucho en las de: dolor de cabeza, muscular y tendencia a tener dificultad tanto para pensar con claridad como para concentrarse. ¡Joder! que en los prospectos de los medicamentos que he podido tomar a lo largo de mi vida, los efectos secundarios no han ido más allá de; «Puede notar vértigo, mareos u otros síntomas, no debe conducir ni usar maquinaria peligrosa». Es más, incluso no he llegado a leer el apartado de; «Posibles efectos adversos», pensando que eran absurdos el prevenir sobre esos síntomas. Atrevida ignorancia.

           Diego me acompaña, es la primera sesión y tiene aprobación del equipo oncológico para permanecer en la sala. Sé que está nervioso y más preocupado de lo que me quiere dar a entender. Yo también lo estoy. Una enfermera se acerca y muy amablemente me dice: «Paciencia cariño, ponte cómoda, en un par de horas aproximadamente podrás irte». Le doy las gracias y me preparo para mi primer viaje a lo desconocido.

            Llego a casa y la fatiga comienza a notarse. Me acurruco en la cama, el peque se acomoda junto a mí, —es posible que esta noche Diego tenga que dormir en la habitación de invitados—. Cree que estoy dormida y no quiere despertarme. Me da un beso en la mejilla susurrándome: «Te quiero mamá» yo le cojo su mano y la aprieto con fuerza, «Esto no va a separarme de ti» pienso. Cierro los ojos y me abandono a un pensamiento que no tiene ni transparencia ni lógica coherente.

 

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s