Una historia más.

¡Hola! ya faltan poquitos capítulos para terminar. Espero que os vayan gustando. Muchísimas gracias a todas/os por los me gustas, por compartir y por seguirme. Ahí os dejo otros dos capítulos.

Amigas mías.

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Elia castro Gordillo

 

 

 

 

 

20

He quedado con Patricia y Sofía para comer. Hace una operación y tres sesiones de quimio que no las veo. Patricia nos ha invitado a su casa y eso me ha animado para aceptar, aún no me encuentro con el ánimo suficiente para enfrentar mi cambio y compartirlo con los demás. «Esto es de locos» pienso. Delante del espejo intento ponerme de una forma estilosa el pañuelo. He mirado varios tutoriales que te enseñan a ponértelo de mil maneras distintas, pero parece ser que no es lo mío. El  estilo africano —descartado— no quiero parecerme a Mammy de Scarlet en Lo que el viento se llevó. También tengo la cinta ancha, estilo diadema —descartada también— ¿una diadema? —sin comentario—. Y ahora viene mi favorito: estilo Audrey Hepburn —en realidad se llama; estilo setenta pero a mí me gusta más llamarlo de la otra. Le da un punto de sofisticación y elegancia—. Te lo pones en la cabeza, cruzas ambos extremos por debajo del mentón, los llevas hacia la nuca y los atas haciendo un nudo libre. ¡¡Ufff!!… demasiados pasos a seguir, así que termino poniéndomelo al estilo pirata, sencillo y funcional aunque sólo me hace falta taparme un ojo y comenzar a cantar a lo Sabina «… la del pirata cojo, con pata de palo, con parche en el ojo…». De cualquier forma el resultado es más aceptable que agraciado.

         Suena el timbre. «Ya voy» —en lo que me desato el delantal. Sofía está en el comedor poniendo los cubiertos. Sólo queda Nuria por aparecer.

          —Creo que esta vez sí he sido puntual —dice Nuria—. Debe de haber notado mi cara de sorpresa a juzgar por el comentario.

           —Me vas a dejar entrar o vas a servirme la comida aquí fuera, porque te comunico que hace un pelín de frío.

    —Claro, claro… perdona… es que… —le cedo el paso.

          Por el pasillo no para de hablar: «Parece que va a llover» «Qué bien huele» y yo soy incapaz de mantener una conversación con ella. Algo no marcha todo lo bien que debiera.

          —¡Hola!

          Sofía se gira. Su mueca deja claro que está tan extrañada como yo.

          —¡Hola! Cuánto tiempo sin vernos.

          —Desde antes de las navidades.

          —¿Qué tal os lo habéis pasado?

          La respuesta es mucho más que evidente, Sofía no ha estado muy ocurrente con la pregunta. Sobre todo cuando se despoja del gorro y deja al descubierto su cabeza cubierta por una bandana en gris con unas diminutas flores en terracota.

          —Algo movidas, la verdad.

          Nuria pertenece a un estereotipo de personas que debido a las consecuencias que generan su enfermedad los detalles como un pañuelo envolviendo su cabeza los delatan. Forman parte de un colectivo en el que el lazo rosa juega un gran papel en sus vidas. Ambas nos hemos dado cuenta enseguida pero esperamos que sea ella misma la que nos cuente. Sin  preguntas que puedan molestar o simplemente recordar que es una de los veintisiete mil casos que se diagnostican al año aproximadamente en España. Pero estoy segura que Nuria está dentro de ese 82’8 % que se curan.

        —Es que ninguna me vais a preguntar por mi nuevo look. Por lo menos decirme cómo me sienta.

          Nos miramos sin saber qué decir.

        —Está bien, entonces tendré que ser yo la que empiece… A ver chicas, tampoco es que haya mucho que contar, todas sabemos lo que me pasa —tocándose la cabeza— no se puede esconder.

          —Por qué no nos dijiste nada.

          —Porque no lo sabía Patricia, me lo detectaron al hacerme la mamografía. Después ha sido todo de seguido, no he tenido casi tiempo para pensar, bueno, miento… sí he tenido tiempo para pensar y tiempo para enfadarme y tiempo para reír y tiempo para llorar. Esta vez mi gran enemigo, el tiempo, se está comportando conmigo, parece que me está dando una tregua.

          —¡Joder Nuria! —Nos abrazamos.

          —¡Me vais a hacer llorar y no toca! Hoy se supone que venía a todo lo contrario.

          —Tu pelo.

         —Que conste que no se me ha caído, me lo he rapado, directamente. Después de la segunda sesión de quimio me fui a la peluquería he hice que me pasaran la maquinilla al cero. De todas formas me iba a quedar sin él.

           —¡Con un par!

          —No te creas, yo diría que por cojones, no te queda de otra. Ya me estoy haciendo a mi nuevo aspecto y lo del pañuelo, lo estoy empezando a ver como un complemento más. Ahora pasa más desapercibido, como me pongo encima un gorrito —por el frío— pues apenas se nota.

           —Y la quimio.

       —Una jodienda, qué os voy a decir. Enchufada a una máquina que te deja destrozada. Aún me quedan varias sesiones, termino con ellas, me dejan descansar un  tiempo y comienzo con la radio. Un no parar.

          Siempre he admirado la fortaleza de Nuria. En el grupo ella es el nexo. Oyéndola hablar con tanta normalidad nos hace parecer a nosotras las enfermas. Pero ha cambiado, tanto su actitud como sus gestos son distintos a los de hace unos meses. Está relajada o más bien, fatigada, sus ojos con una pizca de  melancolía que sólo se le detecta cuando se queda en silencio, entretenida con sus pensamientos. Aunque si hacemos caso a Víctor Hugo, él decía que: «La melancolía es la felicidad de estar triste». Pero no creo que sea el caso de Nuria. Apenas ha comido, se ha limitado a revolver lo que había en el plato para luego apartarlo a un lado. Su risa no es amplia,  pareciera no tener sensibilidad facial, es una sonrisa infeliz.

          Nos hemos quedado  solas, Nuria se ha marchado. Calladas en un silencio que se hace molesto. Podríamos hablar de muchas cosas, por ejemplo: de la cita que tiene pendiente Sofía con Cristóbal,  de lo mal que llevo que Pedro se haya ido de casa e incluso de lo que le está sucediendo a Nuria. La cuestión es que ningún tema es lo suficientemente atractivo como para abordarlo, son deprimentes. Como bien afirma un proverbio: «Sonreír sin motivo es un signo de estupidez». Y no digo yo que no lo seamos —hablo de Sofía y de mí— unas auténticas estúpidas de manual.

21

Estoy llorando, creo que ya he llegado al límite que cualquier persona puede sobrepasar y sin que por ello parezca débil o indefensa. Llorar me relaja, sobre todo el llanto emocional, me genera un estado de bienestar conmigo misma que convierto el problema en obsoleto. Todo es pasado, no hay una realidad tangible —sólo en sueños— un presente que perdure en el tiempo. Un segundo y ha caducado, un minuto y es lejano, una hora y es antiguo, un día y ya es remoto. Las personas tenemos la capacidad de dar carpetazo a todo aquello que nos pueda dañar enviándolo al olvido, donde podemos rescatarlo cuando sintamos la necesidad de hacernos una limpieza emocional. Llorar es beneficioso pero aún así nos empeñamos en contenernos para no mostrar nuestra docilidad, sabiendo que las lágrimas que no se lloran no dejan de existir, tan solo envejecen  y nosotros con ellas. Exactamente es lo que me ha pasado a mí, he retenido tanto el llanto que no tengo consuelo. No son lágrimas jóvenes sino ajadas por el paso del tiempo, de aquellas que no supe sollozar y que ahora vuelven con más virulencia.

          Importante es la enfermedad de Nuria el resto son obviedades que las he catalogado como problemas cuando en realidad son contratiempos. Pero las reacciones pueden ser infinitas —el ser humano es así, o yo soy así—. ¿Dolor o sufrimiento? No acepto el dolor como compañero de viaje, la tristeza del presente por carecer de lo que amo. Me siento incapaz de afrontar que todo mi mundo se ha ido al carajo, alargando ese proceso hasta llevarlo a otro nivel; al del sufrimiento. La inseguridad de no saber cuándo se va a terminar bloquea mis expectativas de volver a ser feliz algún día. De ser la Julia de antes. En un artículo que he leído sobre las reacciones del ser humano ante una pérdida viene a decir que hay que ser optimistas pero no imprudentes. Yo he sido esto último, tomando decisiones a la ligera, haciendo alarde de mi gran fortaleza para sobreponerme a situaciones que creía tener controladas sin darme cuenta que eran ellas las que en realidad me controlaban a mí.

            Pienso —y todo lo que estoy pensando forma parte ya del pasado— que he sido injusta con todos los que me rodean. Sobre todo con Nuria y con Cristóbal. Ella solo quería que las cosas fueran como antes, una reconciliación entre Sofía y yo hubiera sido lo esperado para que todo se mantuviera dentro de lo habitual. Tal vez porque tenía la certeza de que su vida iba a dar un giro de ciento ochenta grados y se aferraba a la posibilidad de que algo permaneciese inamovible. Y Cristóbal, qué decir de Cristóbal, él es el que más me duele y creo que con eso lo digo todo.

            Mi nombre sigue correteando por boca de la gente y aún siendo la derrotada de esta batalla me siguen viendo como la mala pécora de la historia. Tengo varios whatsapp de él pero no he contestado a ninguno de ellos. El altercado que tuve hace unos meses al salir de una cafetería me hizo sentir una mujer mundana, frívola, —sin merecérmelo, por otro lado—. Tengo miedo que se repita aquel episodio en el que fui vapuleada en público. No es el caso pero me sentí como miles de mujeres que tuvieron que padecer el «Privilegio de la venganza por sangre» para restituir el buen nombre del marido ante una sociedad que vitoreaba el derecho de matar a la mujer por adúltera.

          Contuve las lágrimas hasta llegar a casa. Una vez a salvo de miradas y comentarios condenándome —en un sentido metafórico— a ser lapidada, tuve una sensación de ingravidez, como si mi cuerpo no pesase y entrara en caída libre hasta desplomarme contra el suelo. Allí permanecí hasta que el móvil vibró dentro del bolso, ese fue el primero de los whatsapp a los que me he referido anteriormente: «No sé si es adecuado pedirte que nos volvamos a ver pero me gustaría que aceptases». Inmediatamente pulsé «Vaciar Chat», próxima pregunta: «Cancelar» o «Vaciar»; y no pude borrar su recuerdo aunque estaba de acuerdo en el que no era el momento adecuado. El resto se han ido espaciando en el tiempo hasta configurar una lista de ocho: «Si no deseas verme por favor dímelo» «Te echo de menos, no sabes cuánto» «La última vez que estuvimos juntos fue diferente, tú también lo sentiste, no puede ser que lo sintiera yo solo» «Tu silencio me hace mucho daño Julia» «Quedemos aunque solo sea para hablar, te necesito» «Estoy dispuesto a hacer lo que me pidas, pero veámonos, te lo suplico amor». Los leo y releo, es lo único que me queda. Visito el WhatsApp: 22 DE ENERO DE 2019 último: «Ok no te molestaré más, un beso y hasta siempre Julia».

          Se despide y a partir de ahí me sumo en la desesperación. Tengo la sensación de que lo he perdido todo —tengo la sensación ¡qué ingenua!— reestructuro la frase: lo he perdido todo. Limpio las lágrimas con el dorso de la mano, esta vez no voy a retenerlas, estoy cansada de tener esta opresión en el pecho, necesito liberarme de la culpa que se cierne sobre mí. Sonido de notificaciones, hay dos sin leer, enjugo mis ojos no puedo creer que… que… «Perdóname que insista pero no puedo estar más tiempo sin ti» «Por favor, contéstame aunque sea para decirme que no quieres saber nada de mí». ¡Es él de nuevo! Mientras que el entusiasmo se abre paso entre el llanto, recibo otro: «Te amo». Y sonrío exultante. Va a ser verdad que podemos llorar y sonreír a un mismo tiempo.

         Estoy llamando a Nuria, necesito una persona que me diga lo que debo hacer y quién mejor que ella para que me aconseje al respecto. Tercer tono y no descuelga ¿estará bien? Soy una egoísta, sabiendo de su estado, sólo puedo pensar en que me dé la respuesta que necesito oír, la  que quiero oír, no la que tal vez me conviene. Cuarto tono y…

          —¿Sí?

          —Soy yo.

          —¡Joder Julia, ya lo sé! ¡Cómo no digas otra cosa!

          Sí, está bien, su contestación me lo confirma.

       —Es lo que se suele decir antes de iniciar una conversación; a modo de presentación.

          —Me imagino que con gente desconocida que sólo aparece su número de teléfono en pantalla, supongo, pero que me lo hagas tú… ¡Qué nombre crees que te puse   cuando te guardé en contactos!

          —Pues conociéndote como te conozco, estoy segura que no figuro con el mío.

          —Jajaja, pero sé que eres tú.

          —¿Me lo vas a decir?

         —La verdad es que al principio si aparecías como Julia pero con el tiempo, lo volví a editar y te lo cambié.

          —Y cuál pusiste.

          —Si me prometes que no te vas a enfadar.

          —¡Pero qué nombre me has puesto para que te tenga que prometer tal cosa!

          —Uno que te va que ni pintado: La redicha.

          —¡¡¿¿Cómo??!!

          —Sí, te iba a ver puesto como La pedante pero finalmente me decanté por el otro, es más refinado.

          —Ya lo creo. Hasta queda bien para el título de una novela.

        —Pues como título no sé, pero hay un personaje en ¡Prohibida la ducha! llamado Uma que la apodan La redicha. En ella me inspiré.

          —Pues mira tú qué bien. Y qué novela es, no me suena de nada.

          —Normal, es infantil. Hace unos añitos ya que la leímos mi peque y yo.

          —Eres un pozo de sabiduría, querida.

          –¡Ves como estoy en lo cierto! Yo hubiera dicho: ¡Joder tía, cómo sabes tanto!

          —Jajaja, te creo, no hace falta que me lo digas.

          —A ver, y después de todo este preámbulo me vas a contar el porqué de tu llamada.

         —¡Ejem! Te quería hacer una pregunta un tanto comprometida pero como siempre te vas por Los Cerros de Úbeda… En primer lugar ¿cómo sigues?

         —¡Vaya una jodienda! ¿No me digas que esa es la pregunta comprometida?… Pues en la lucha, pero bien mujer, no te preocupes. Como habrás podido notar mi carácter junto con mi lengua siguen intactos, no puedo decir lo mismo de otras partes de mi cuerpo —haciendo una breve pausa—. En fin, vamos a lo importante, lo mío es cuestión de tiempo y según tengo entendido, todo lo cura. Así que dejémosle a él el trabajo sucio, yo ya tengo bastante con la quimio.

          —Eres una campeona.

          —«A la fuerza ahorcan» como bien dice Diego… ¡Oye! me estás enredando de nuevo y luego dices que soy yo la que se va por los cerros.

         —Me ha llamado… bueno no… me ha estado poniendo whatsapp. En el último me ha puesto que me amaba.

          —¡Ostias! Y qué vas a hacer.

          —Esa pregunta es la que te tengo que hacer yo a ti, no tú a mí. ¿Me explico?

       —Ah… ahora entiendo. Entonces comencemos por el principio y más importante: ¿qué quieres que te responda? Con lo que quieres o con lo que debes hacer.

          —Dímelo tú.

       —Ah no… este marrón es tuyo. Te puedo dar un consejo, si me lo pides, pero la decisión final la has de tomar tú solita. Es más, te diría que pensaras muy detenidamente los pasos que vas a dar, esto no es un juego, hay demasiadas personas implicadas, incluyendo un menor.

          —Lo sé.

       —Habla con él, que te explique qué es lo que tiene pensado hacer, si se va a divorciar, a separar… no sé Julia, creo que es lo más sensato antes de tirarte a la piscina de nuevo. Aún así ten mucho cuidado, se prometen muchas más cosas de las que verdaderamente se pueden cumplir. Asegúrate que dice la verdad y pídele, exígele pruebas de que lo va a hacer realmente. No te expongas a un nuevo juicio popular, no quiero que te hagan más daño. Date tiempo para reflexionar y reforzar lo que un día tuvisteis —cerciorándote de que no fue sólo sexo— salvaguardando tu integridad emocional, de esta forma te darás cuenta de cuáles son sus verdaderas intenciones. Deja que sea él el que se parta la cara con todo el mundo por ti, que te garantice que tienes un futuro a su lado. Tú limítate a esperar, a amarlo con pausas, ya lo has perdido todo, ahora es tiempo de que lo vayas recuperando.

           —Y si lo deja todo por mí…

     —Entonces estaremos de enhorabuena y tendremos que festejarlo. No tengas remordimientos si esto llega a suceder, ella tampoco los tuvo contigo aquella tarde. Si finalmente se divorcia es porque te ama a ti. Al principio me engañó con su papel de víctima, de esposa engañada, pero con el tiempo me he ido dando cuenta de que es una manipuladora, utilizando al hijo que tienen en común, para imponer su voluntad distorsionando la verdad. Es muy posible que ese matrimonio haya dejado de funcionar como tal hace ya muchos años, pero el rencor, la rabia y el despecho se van cosechando poco a poco y en silencio hasta que comienzan a hacerse notar. Entonces te agarras a cualquier cosa que te pueda servir para lograr tus propósitos aunque estos sean destruir a la persona que ha estado conviviendo contigo durante ese tiempo. Algo tan mezquino que solo las personas amargadas y con malas entrañas son capaces de hacer.

           —¡Joder Nuria, me dejas sin palabras!

          —La redicha diciendo palabrotas, si es que al final eres de carne y hueso como las demás. Y ahora no te me pongas a llorar, que te conozco, ya va siendo hora de que lloren otras por ti ¿no crees?

           —Totalmente.

           —Pues entonces a disfrutar que la vida son dos días y ya vamos teniendo una edad.

           —Jajaja, por qué siempre tenemos que acabar riéndonos.

       —Porque es la mejor manera de despreciar al sufrimiento y porque para llorar siempre hay tiempo.

           —Espero que la próxima vez sea de alegría.

          —Eso ni lo dudes, este año va a ser por entero de celebraciones.

          —Un beso guapa.

          —Ok, y tenme informada.

          —Lo haré.

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