Una historia más…

Amigas mías.

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Elia castro Gordillo

 

 

 

 

22

No estoy concentrada, no hay conexión con mi pareja de Kizomba. No es culpa de él, ni mucho menos, porque tampoco es que la tenga con la que habitualmente bailo. Me apunté a estas clases porque de alguna forma creí que podrían darme otra visión de mí misma, dejándome llevar por movimientos sensuales que estimularan la atracción. Pero no consigo relajar la cintura del todo para que el balanceo de atrás hacia delante surja espontáneamente y no parezca un robot. Así que lo de la atracción se reduce a que alguien —a ser posible del sexo masculino— se quede desparejado para que yo pueda bailar. Y no es que no ponga empeño, que hasta suelo ponerme tutoriales para ensayar en casa: «Básico a tiempo… caminada de tres con cambio de dirección… escalera en ele…» pero estoy convencida que cuanto más practico, menos sé. Soy totalmente contraria a la teoría de: mayor entrenamiento, mejor resultado, o por lo menos conmigo no funciona. En toda regla hay una excepción y yo debo ser la de muchas. Digamos que guardo cierta similitud con el conejillo de indias: siempre sometida a prueba, debo vigilar lo que como incorporando la fruta y la verdura a la dieta porque soy propensa a engordar, puedo vivir en solitario adaptándome sin problema a estar sin pareja —en este punto voy a matizar— y decir que a mí no me queda más remedio. Y por último sólo me quedaría introducirme en una «bola de ejercicio o de paseo» como entretenimiento a mis horas de hastío. Un panorama halagüeño para una mujer que está más cerca de la menopausia que de comprarse su primer Támpax.

          El otro día, oí hacer comentarios a dos mujeres sobre el libro de la Dra Christiane Northrup —obstetra y ginecóloga—: Los placeres secretos de la menopausia: Ahora el mejor momento de tu vida. Ambas estaban de acuerdo que el óxido nítrico, era realmente beneficioso como bien escribía la doctora; «convirtiendo el cuerpo de la mujer en un auténtico renacer físico, espiritual y también sexual». ¡Ahí es nada! El resurgir de la segunda juventud. Tal afirmación me hace albergar esperanzas, aún no está todo perdido. Tal vez, dicha doctora, lleve razón y yo debería retomar las clases de yoga, así tendría dos de los aspectos que son necesarios; el renacer físico y el espiritual, faltándome uno para completar el trío. Aquí ya no sólo depende de una, sino de un tercer elemento.  Y no me estoy refiriendo a los lubricantes, que también son necesarios. Es un mundo aparte: de base acuosa o silicona —para relaciones sexuales en las que utilizan preservativo—; de aceite —para mujeres con la menopausia (en este grupo entre yo)—; y los de base acuosa —no dañan al espermatozoide y son para relaciones en las que deseas quedarte embarazada—. Luego están los sabores: de Kiwi, melocotón, fresa… y hasta de champán —que será el que yo utilice cuando rompa de nuevo mi improductiva virginidad. Lo festejaré por todo lo alto y el champán será el protagonista —en todos los sentidos—. Ya ni hablar de los juguetitos que puedes encontrar, pero si me he de quedar con uno sería el Intense Orgasmic Diablillo. No he tenido ocasión de probarlo pero por la información —muy detallada, por cierto— que ofrecen de él, estoy segura que junto con el del sabor a champán formarían el tándem perfecto: «Es un anillo vibrador con cabeza de diablillo vibrante, diseñada para proporcionar hasta 30 min de excitante estimulación en el clítoris». Y lo puedes adquirir por tan solo 11´75 €. ¡Quién se puede resistir a uno de los mayores placeres de la vida por esa minucia! Mi sesera comienza a volar y se imagina a Cristóbal portando semejante anillo en la base de su pene ofreciéndomelo como regalo a una racha de sequedad vaginal traumática mientras yo reboso Moёt & Chandon Brut Impérial  por mi sexo. ¡Ay de mí!

          Me trastabillo, acabo de pisar a mi pareja de baile —con esta ya van tres— y la cara que me ofrece es de aborrecimiento. ¡Normal con estas imágenes que se me vienen a la cabeza, como para no perder el ritmo! Qué ganas tengo que el profesor dé por terminada la clase de hoy, no aguanto más a este tío mirándome con cara de perro y llevándome por la cintura como si fuese un fardo de alfalfa. Por fin oigo las palabras milagrosas: «Por hoy hemos terminado. Buen fin de semana para todos». Es evidente que me incluye a mí, pero no me doy por aludida, mis fines de semana son tan aburridos como lo fue el programa La noche con Rober. Seis viernes necesitaron para darse cuenta de que era un verdadero bodrio. La cadena no tardó en cancelarlo —las audiencias es lo que tienen— y la frase: «Nos vemos la semana que viene» quedó suspendida en el aire dando paso al siguiente viernes a una película de acción. Pero mucho peor es lo mío, que aún sigo encarando el fin de semana con las mismas expectativas del año pasado, más sola que la una.

          Me dirijo al vestuario a recoger el plumífero. Allí me encuentro a las del otro día. Una de ellas le hace entrega a la otra de un libro Las diosas… ¡joder, no alcanzo a ver el título completo! cuando llegue a casa busco en el todopoderoso internet, seguro que sale algo. Debe ser de alto secreto o por lo menos etiquetado como confidencial, ya que se ha apresurado a guardarlo dentro de la bolsa. Pero de nada les sirve, ya se delataron con la conversación que mantuvieron anteriormente sobre los placeres que oculta la menopausia. También se puede dar el caso de que no quieran ser catalogadas como «las menopáusicas» del grupo de kizomba —yo las entiendo— pero tampoco tengo la necesidad de confesar mi edad, además a ellas qué les importa, total, año arriba año abajo…

          Lo único que quiero saber —sin ser cotilla— es cómo se titula el jodido libro. Ahora mismo una de ellas puede tener en sus manos el poder que toda mujer ansía poseer a estas edades y sin embargo se comporta como Gollum: «Mii tesssoooro» en El Señor de los Anillos. Salgo del vestuario mascullando, dándole vueltas a la cabeza pensando que hay gente realmente egoísta.

          Ya en la calle me subo la cremallera hasta la barbilla, me enfundo los guantes antes de que se me queden los dedos tiesos de frío y encaro la cuestecilla con decisión. Al cabo de unos minutos me hallo en la calle donde Julia tiene la tienda, me planteo: «¿Sigo adelante o doy el rodeo que me he acostumbrado a hacer desde que nos enemistamos?» Las luces están apagadas. Continúo mi camino. Paso por delante de la cafetería y un viento gélido hace que meta las manos en los bolsillos del plumífero «¡Joder qué frío!» pienso. Absorbo la gota de la nariz que está a punto de deslizarse por mi bigote cuando una voz a mi espalda me hace frenar. La reconozco, es una voz que he dejado de escuchar hace tiempo por voluntad propia y sólo con girarme y ponerle cara el corazón se me encoge al tamaño de una nuez.

          —¡Vaya, vaya, vaya… veo que no has cambiado mucho!

          —Qué estás haciendo aquí —le pregunto.

          —Iba de camino a Santander y me acordé de que te habías escondido… En fin, que pensé que tal vez me podrías dar cobijo por una noche.

         «No tengo ninguna necesidad de esconderme y mucho menos de ti, gilipollas» Me entran ganas de decirle pero opto por permanecer callada, él siempre ha tenido la boca muy grande y ha hablado infinidad de veces por los dos.

            —Alguien me comentó haberte visto…

            —Quién.

            —Cariño, tú siempre deseando saber lo que no puedes… Uno tiene sus contactos.

            —No vuelvas a llamarme así.

      —Pero si a ti siempre te ha gustado que te dijera cariño —acercándose peligrosamente—. Nena —echándome su nauseabundo aliento en mi cara— una cosa es lo que dices y otra muy distinta lo que quieres. A mí no me engañas.

            Alguien se aproxima, es Cristóbal que a un gesto mío se para manteniendo una distancia prudencial. Justo en ese instante Quique intenta besarme, yo me retiro y alzo la mano para abofetear esa cara de imbécil que tiene pero me sujeta fuertemente impidiendo que logre mi objetivo.

            —¡Eres un hijo de pu..! ¡Suéltame, me estás haciendo daño!

            —Tranquila nena, sólo quería hacerte recordar viejos tiempos.

       —Creo haber oído decir a la señorita que la soltases —interrumpe Cristóbal entrando en escena.

            Aún sin soltarme, Quique mira amenazante a Cristóbal. Este, por el contrario, lejos de sentirse amedrentado le sostiene la mirada.

            —No me hagas repetirte lo que te acabo de decir, será mejor que la dejes y que te largues. Por si aún no te has dado cuenta, ella no quiere nada de ti.

            —¡Pero si tiene quién la defienda! —Dejándome libre—. Y… se puede saber quién cojones es este tío.

            —Eso no te…

            Cristóbal me echa hacia un lado cubriéndome con su cuerpo.

            —A esa pregunta puedo responderte yo mismo, es de mala educación rehuir de quien se está hablando cuando la persona  en cuestión está presente. Digamos que es más una forma de urbanidad, de cortesía, por así decirlo.

           —¡Joder nena, nunca me hubiera imaginado que pudiera gustarte un engominado!

            Me encantaría partirle la cara pero Cristóbal me retiene a su lado. Me siento como la protagonista de una de esas novelas en las que un  caballero sale en su defensa sin importarle las consecuencias. Pero no me gustaría que el mío acabara con la nariz rota así que, desde mi posición, le sugiero que se vaya antes de que la situación empeore y puedan llegar a algo más.

            —No te preocupes —le digo— déjame a solas con él, no me pasará nada.

            —Pero… —mirándome sorprendido— no creo que sea lo más conveniente.

            —Jajaja, creo que te está echando.

            —¡Tú, gilipollas, cállate de una puta vez! —Haciendo que su carcajada se reduzca a una media sonrisa de desagrado—. Ahora hablaremos tú y yo. —Me llevo a Cristóbal a un lugar apartado pidiéndole que haga el favor de esperarme dentro de la cafetería—. En cinco minutos estoy contigo.

            —Ni uno más, Sofía, si no estás en la cafetería en el tiempo que has dicho, salgo a buscarte.

            —De acuerdo.

            Acepta un tanto dubitativo.

            —Pero… de verdad deseas quedarte a solas con este individuo. No me inspira ninguna confianza.

            —Le conozco lo suficiente como para saber que no será capaz de hacerme nada. Por favor, confía en mí, nunca he estado tan segura de algo como lo estoy ahora.

            —Está bien, pero recuerda… cinco minutos. —Se acerca y besándome en la mejilla se despide.

            Totalmente descolocada por el gesto que ha tenido se me hace difícil sobreponerme y armarme de valor para lidiar con el malnacido que me mira con arrogancia.

            —Me lo cuentan y no me lo creo… ¡Ejem! Y ahora podemos seguir con lo nuestro —acortando las distancias.

            —Ni se te ocurra acercarte a mí y mucho menos ponerme una mano encima.

            —¡Humm…! Me gusta cuando sacas tu lado más indómito.

            —Pues creo que no te va a gustar cuando oigas lo que tengo que decirte.

        —¡Qué miedo! ¡Vamos cariño, que nos conocemos de toda la vida y sé perfectamente que no eres capaza de…!

      —De qué Quique, de mandarte a la mierda o al mismísimo infierno. ¿Dónde prefieres? Porque estoy segura que en cualquiera de los dos sitios estarían muy gustosos de recibirte. No voy a permitir que me sigas jodiendo la vida. A qué has venido, si se puede saber, es que acaso comienzan a escasear las posibles presas para tu festín. Pero fíjate que no me extraña, eres un ser repulsivo, ya no hay mujer que soporte ver tu cara de apestoso sin que por ello le entren unas ganas tremendas de vomitarte encima. Y escúchame por última vez cretino; jamás he conocido a nadie tan baboso como tú y créeme que por nada y ni por nadie volvería contigo, un acéfalo que le ha otorgado el privilegio de pensar a su polla. Y sobre esa cosa —señalando a su entrepierna— te diré que estoy totalmente de acuerdo con los comentarios que tu última conquista vierte sobre ella en Instagram; «El tamaño está sobrevalorado», creo recordar que lleva alrededor de 232 likes. Pero no te preocupes —en tono irónico— es probable que llegues al millar, es solo cuestión de tiempo.

       Quique me mira de hito en hito sin dar crédito a mis palabras que han sido realmente insultantes.

            —Eso me ha dolido —reclama ofendido en lo más profundo de su ego.

            —Me alegro, es lo que te mereces. Y ahora te voy a hablar muy despacito para que puedas entender lo que te voy a decir: quiero que desaparezcas de mi vista para siempre porque te juro que si te vuelvo a ver no sabes cuán indómita puedo llegar a ser.

Sin darle derecho a réplica me vuelvo y comienzo a andar dejando definitivamente mi pasado donde debe estar, en pretérito perfecto. No soy consciente del tiempo que me ha llevado zanjar una cuestión de tipo emocional pero ha debido ser menos de cinco minutos ya que Cristóbal no ha venido a rescatarme. Entro en la cafetería, él gira la cabeza al escuchar la puerta cerrarse tras de mí. En un gesto rápido esconde el reloj bajo el puño de la camisa, seguramente haya estado mirando la manecilla del minutero contando las vueltas que ha de dar para llegar al tiempo límite marcado.

          —¿Todo bien? —me pregunta. Siento cierta preocupación en su tono de voz.

          —Sí, aunque no sé de dónde he sacado el valor para decirle tantas barbaridades…

          —Tal vez porque eres más fuerte de que lo que te piensas.

         —¡Uff! Es que… si me llegas a oír… ha sido una animalada tras otra. Te juro que no he sido yo, es como si una bestia me hubiese poseído. Pero si no soy de palabras mal sonantes y creo que en un tiempo límite he batido un récord. Esto es influencia de Nuria, recuérdame que luego la llame, se lo tengo que agradecer.

          —Así lo haré… Y sobre lo de las palabras mal sonantes no sé si estás al tanto de que son beneficiosas para la salud utilizarlas de vez en cuando y más si van acompañadas por el gesto adecuado.

          —¡¿Qué me estás contando?!

       —Lo que oyes. Aseguran que elevan la tasa cardíaca y los niveles de adrenalina, haciendo más llevadero el dolor.

          —Me estás queriendo decir que no hubiera estado mal haberle hecho «la peineta».

          —Jajaja, no lo digo yo, es un estudio científico. Según los griegos, este gesto aludía a la penetración anal… y los romanos lo identificaban con el aparato reproductor masculino —el dedo simbolizaría al pene y los nudillos los testículos.

          Me hace la representación de lo que sería el gesto en sí y marca cada uno de sus componentes. ¡No puedo creer que esto me esté pasando a mí!

          —Ehh… —agarrándole la mano— creo que la master class sobre el significado de la gestualidad en La Antigua Roma debe finalizar de inmediato. —Indicándole que los estudiantes de la mesa contigua han tomado buena nota de ello.

          —¡Vaya! Lo siento chicos, pero he creído oportuno ayudarme con la visualización del gesto para confirmar la teoría.

        Los cuatro se echan a reír y uno de ellos alza el dedo pulgar mientras la mano permanece cerrada —aprobando lo que Cristóbal acaba de decir.

          —Ves, no hay problema, entienden el lenguaje por gestos. Aunque menos mal que no estamos en Irán, allí se usa como insulto.

          —¡¿Cómo sabes tanto de…?!

     —Jajaja, hace algunos años hice un curso sobre el Lenguaje Corporal: La Comunicación No Verbal. Me gusta observar a las personas, interesarme por lo que dicen  a través de los gestos sin que ellas se den cuenta.

          ¡Joder, soy un libro abierto! Sabe perfectamente lo que estoy pensando. Me sonrojo porque el sólo hecho de que Cristóbal pueda leer mi pensamiento según la postura que adopte me descoloca. No sé si el mantener la mirada, el apoyar la cara sobre las manos, el tocar el lóbulo de la oreja, el sonreír produciendo arrugas junto a los ojos o simplemente el ladear la cabeza lleguen a delatarme. ¡¿Qué demonios hago?! Si lo único que se me viene a la cabeza es su imagen contoneándose frente a mí con el diablillo en sus partes pudendas mientras que le digo: «El champán corre por mi cuenta».

          —Te he puesto nerviosa.

         —¿Es una afirmación o una pregunta? Porque por lo que acabas  de contarme no sé cómo tomármelo.

         —No creas que te estoy estudiando, por favor, pero si tengo que emitir un juicio diré que es positivo.

         —Y qué significa, positivo.

       —Pues que no ha habido ningún gesto que me haya hecho desconfiar de ti, por lo tanto son favorables, aprobados y aceptados.

       —¿Me estás evaluando? Porque de ser así me gustaría saber qué puntuación he conseguido.

       —No te pongas a la defensiva, no quisiera terminar como la última vez que nos vimos. Yo no soy como ese desgraciado al que acabas de echar de tu vida. He venido a pedirte una disculpa por lo grosero que he sido contigo al no contestar tu mensaje. Pensé que sería mucho mejor hacerlo en persona que por el móvil. Perdona por el tiempo que he necesitado para convencerme de que era lo correcto y decirte también…

            —No tienes por qué, de verdad, no importa…

            —Por favor —poniendo una de sus manos sobre las mías— déjame que continúe… ¡Ejem! Como bien iba diciendo: … que me gustas.

            Por unos segundos dejo de tener contacto visual con él, se me nubla la vista ¿qué significará? Porque yo lo entiendo como: «¡joder, me ha dicho que le gusto! Y me abalanzaría sobre él ahora mismo».

            —Tal vez mi confesión no ha sido del todo de tu agrado. Te he interpretado mal, a veces los gestos confunden. Siento haberte puesto en esta situación tan comprometida. Entiendo que no quieras ni mirarme. Ahora el que está nervioso soy yo.

         ¡Pero qué narices! ¡Qué le he dado a entender! ¡Qué debo decir o hacer para sacarlo del error! Piensa Sofía… piensa…

            —¡Y yo! —No es muy coherente pero es lo único que se me ocurre.

            Abre sus enormes ojos arqueando las cejas.

            —¿Tú también lo estás?

            ¡No… no… cómo me hago entender! ¡Se puede ser tan sumamente torpe!

            —Sí… bueno, quiero decir… que sí lo estoy… pero que tú también… —Cristóbal no deja de tener la misma expresión, haciendo un gran esfuerzo por tratar de descifrar lo que le intento decir—. ¡Me gustas! —le grito.

            Los chicos vuelven a ser partícipes de nuestra conversación y de nuevo hacen ese gesto de aceptación sobre lo que acaban de oír.

            —Creo que no soy el único que acaba de escuchar…

            —¡Por favor! No me hagas pasar más vergüenza, te lo pido.

        —Jajaja, es que no sabes el descanso que me acaban de dar tus palabras. Vine a buscarte confiado de que me aceptarías sin ningún género de dudas y cuando te he visto que bajabas la mirada y dabas el silencio como respuesta… ¡Ostras! Me he puesto a temblar como un adolescente en su primera cita.

         —Qué pena contigo, lo siento. Pero quiero que sepas que tú también me lo has hecho pasar mal, muy mal.

            —¿Por qué?

            —Por nada, ahora no quiero hablar de eso, sólo quiero disfrutar de este momento. ¡Llevo tanto tiempo esperándolo!

            —¡Ah sí! ¿Cuánto?

            —Pues no te mentiría si te digo que toda la vida.

            Se levanta, yergue mi barbilla y besa mis labios untados de vaselina con sabor a melocotón. Me deshago por dentro aunque no haya sido la primera en probarlos. Ahora son míos y deseo que lo sigan siendo por mucho tiempo.

DIARO

Sábado 3 de febrero 2019

Hace dos meses y pico que no escribo en él. Ojeo rápidamente lo que he escrito en fechas anteriores para tener una referencia de cómo me he sentido hasta el día de hoy y debo decir que es lamentable. A excepción del miércoles diecisiete de septiembre: — encuentro un hueco por donde colarme en la vida de Cristóbal—,  el martes ocho de noviembre: —estoy entusiasmada porque me ha invitado a pasar un día en su compañía— y el veinticinco del mismo mes: —intento un acercamiento poniéndole un whatsapp—, el resto de páginas son para arrancarlas y tirarlas a la papelera. ¡Vaya asco de diario! ¿Desde cuándo necesito leer mi pésima vida por fascículos? Con estar en ella me es más que suficiente como para que encima quede por escrito.

         Pero llego al 1 de febrero; la fecha donde todo da un giro inesperado confesándome que le gusto. ¡Dios mío! y el corazón se me pone de puntillas para lanzarse en un grand jeté; —el vello de los brazos se me eriza al recordarlo y tengo que sujetar el bolígrafo fuertemente procurando que no me tiemble la mano cuando quiero que quede reflejado en el papel—. Han pasado dos maravillosos días en los que las llamadas han relegado a un segundo plano a los mensajes —mucho mejor escuchar esa voz que me turba al mismo tiempo que hace que un hilillo de baba se descuelgue por las comisuras de mi boca—. ¿Por qué hemos adoptado los whatsapp como medio para comunicarnos olvidándonos de lo maravillosas que eran las llamadas? Por escrito se puede llegar a desvirtuar lo que realmente queremos expresar, obligándonos a usar los socorridos emoticonos para que no haya malos entendidos. Una carita ruborizada «Te acabo de hacer un comentario mordaz pero no me lo tengas a mal…»; una carita con una cremallera por boca «Me importa un pito donde vayamos pero decidiros ya. Prefiero no opinar…»; y esa cara guiñándonos «He pillado tu sarcasmo. Eres una cabrona pero me caes bien…». También es cierto lo que viene a decir el proverbio chino: «Vale más una imagen que mil palabras» seguida, por supuesto, de la anterior cara con lengua fuera.

          Tengo que dejar de escribir, se me hace tarde —es sábado y hemos quedado para salir— se terminaron los maratonianos fines de semana en pijama viendo sin descanso las series grabadas de varias temporadas. No tengo paciencia para estar siete años persiguiendo a Olivia Pope en sus idas y venidas con Fitz Grant o al forense más atractivo de la historia llamado Dexter con un historial de crímenes a sus espaldas debido a su personalidad sicopática. Así que presiono el Record Button  y dejo que el aparato haga el trabajo.

          Se acerca la hora y no puedo evitar sentirme nerviosa. Todo va a ir bien Sofía —me digo—, quiero provocarlo, incitarle a que sienta el  deseo de lamer la mermelada de grosella roja que llevan mis labios esta noche. Meto el lápiz labial en el bolso, tal vez mañana al despertar necesite retocarme un poco. He configurado un plan pero no sé si coincida con en el que pueda tener él. Es demasiado arriesgado pero ya está bien de esperar, tengo unas inmensas ganas de gritarle al mundo que Sofía ya no está sola; terminando con el emoji «Mujer bailarina» seguida de el «Lanzador de confeti» y la «Bola de confeti», una fiesta por todo lo alto… ¡Ah! Y sin olvidarme de la «Botella de champán descorchada».

23

Me he hecho la encontradiza. Ella no se imagina que es uno de mis propósitos para este año y no quiero dejar que esté más avanzado para ponerlo en práctica. En realidad no necesito renovar mi vestuario pero es una buena excusa para volverla a ver. No sé el porqué de nuestro desapego en estos últimos meses pero la distancia hace que nos podamos olvidar, sin querer, de las personas que nos importan haciendo que no haya vuelta atrás. Y yo no deseo que eso ocurra con Julia y conmigo. Me la encuentro con el móvil en la mano —cómo no—, le saludo correctamente. Casi se lo deja caer al suelo —imagino que no se esperaba para nada mi visita.

          —Buenos días Julia —sonando un tanto protocolario.

          —Buenos días Patricia.

          Me limito a echar un vistazo por toda la tienda descolgando prendas y más prendas para luego devolverlas a su lugar sin probarme ninguna. De vez en cuando miro de reojo pero nuestras miradas no coinciden ni una sola vez. Ahora se entretiene ojeando una revista de moda. Pasa las páginas sin prestar atención a lo que está viendo —buena excusa para no entablar una conversación.

          —¿Podrías echarme una mano? —pregunto.

         Se toma unos segundos tras mi pregunta. Cierra la revista guardándola en el primer cajón del mostrador.

          —¿Qué problema tienes?

         Me sorprende su pregunta. Aunque pensándolo bien es la adecuada como respuesta a la mía.

       —Pues, problema, lo que viene siendo un problema… tengo varios, pero no es el momento… —Suspiro— ahora lo que tengo es una duda.

          Se sitúa frente a mí, solo un perchero con brazos nos separa.

          —Pues dime en qué te puedo ayudar.

       —«En tantas cosas» pienso. Estoy buscando un vestido que me pueda servir para unas medias en color teja.

       —Bien… —me dice dándome la espalda— tengo un vestido de Corte Globo en mostaza que creo que te pueda ir bien. Son colores que se complementan, ambos son cálidos, expresan proximidad, intimidad, estrechez personal…

           —Es muy bonito.

           —Es talla única, pero a ti te quedará bien.

         Cojo el vestido y entro en el probador, Julia enciende la luz, es un día apagado. En cinco minutos salgo y su mirada es de aprobación.

          —No me equivocaba… y si lo combinas con un pañuelo —enrollándome en el cuello uno en el mismo tono con corazones del color de las medias—. Es perfecto… también puedes jugar a hacer contraste e irte a uno en rojo, aunque creo sinceramente que es demasiado arriesgado, te iría mejor en verde pino o albahaca como este que tengo aquí —echándomelo por encima del hombro— rompe un poco el círculo cromático pero a su vez aporta equilibrio al conjunto. Además, es tu color favorito.

        ¡Se acuerda! No ha vacilado ni por un segundo al hacer tal afirmación, porque podría haber dicho —haciéndose la distraída—: «Además, creo recordar que es tu color favorito». Generando duda con esas dos palabras. Pero no, ha sido contundente, con esto me demuestra que aún le importo como amiga.

          —Tienes razón, me quedo el vestido y el pañuelo verde.

          Entro de nuevo en el probador. En el espejo interior veo a Julia detrás mirándome con los mismos ojos de antes de que nos dejáramos de hablar. Quedo oculta tras correr las cortinas.

         Una vez dobladas las prendas, las introduce en la bolsa y me da el cambio. Me dirijo hacia la puerta de salida, ya no queda más tiempo.

          —¡Julia! —Volviéndome hacia ella.

          —¡Sí!

        —Tal vez un día de estos vuelva a pasarme por aquí. Necesito mirarme un par de blusas para unos pantalones…

        —Cuando quieras Patricia, estaré encantada de que lo hagas. Aunque no es necesario que cambies todo el armario para que nos podamos ver.

          —¡Oop! Qué torpe soy ¿no?

          —En absoluto, tu problema siempre ha sido que no sabes disimular.

          —¡Tanto se me ha notado!

          —Un poco, pero vas a estar guapísima con lo que te has comprado.

          —Eso espero. Hasta otro día.

          —Aquí estaré.

      No ha ido mal. El encuentro ha sido breve pero forzar sería contraproducente. Finalmente hemos podido cruzar unas palabras que me indican que no está todo perdido. Esto me da fuerzas para poner a prueba el amor que aún queda entre Pedro y yo. Mientras que me desvestía en el probador se me ha ocurrido la idea —un tanto descabellada— de llamarlo. Sé que me pidió tiempo pero han pasado ya varios meses y a falta de ser prudente y sensata —algo inherente a mi carácter— voy a arrojarme a pesar de saber cuán dolorosas pueden ser las consecuencias.

        Estoy en plena calle, me paro cuando oigo su voz al otro lado del teléfono. Han sido tres tonos, no se ha hecho de rogar, eso quiere decir que tal vez ya me haya perdonado, aunque sea solo un poquito.

         —¿Sí?

         —Soy yo, Patricia.

         —Ya.

     —«¡Bien, aún me tiene en contactos!». Estaba pensando que tal vez podríamos vernos… —Me anticipo a lo que él me puede contestar. Continúo—: ya sé lo que me vas a decir; que es demasiado pronto para tener una conversación sobre lo sucedido, que necesitas más tiempo aún para pensar, que tenía que haber esperado a que fueses tú el que llamara… ¡Pero es que ya no aguanto más Pedro! ¡Te juro que…!

          —Patricia…

          —… He intentado ser todo lo paciente que puedo ser…

          —Patricia, por favor…

          —…Pero tú ya me conoces, la paciencia no es una de mis virtudes…

          —¡Patricia! —Subiendo el tono—. Me quieres dejar hablar.

       —Claro, claro, cariño. —Ese «cariño» ha sido espontáneo, pero no creo que sea el momento adecuado para decirlo—. ¡Ea! Mira que se puede ser bruta. No hemos empezado con buen pie.

          —Te parece bien el viernes, estoy alojado en el hotel…

          —Sí, sí, todo me parece bien.

          —Pero si aún no te he dicho dónde estoy hospedado, ni la hora.

          —Ya, ya, pero todo lo que me digas me va a aparecer estupendo.

     —Bien, entonces te mando la dirección junto con la hora. Si tienes algún inconveniente me lo haces saber.

          —Por supuesto… quiero decir… que no hay inconveniente, que allí estaré.

          —Entonces, quedamos para el viernes.

          —Quedamos para el viernes. ¡Pedro! —Aún me queda algo por decir.

          —Dime.

          —Gracias.

          —Es pronto para que me las des, antes tenemos que hablar de muchas cosas.

          —Lo sé, pero es lo menos que puedo hacer por haber atendido mi llamada.

          —De nada. Hasta dentro de tres días.

          —Adiós.

         ¿Ha colgado antes de que yo me pudiese despedir de él? No estoy segura de que haya escuchado el «adiós». Bueno, no importa, el viernes es el día para aclararlo todo. Aunque no quiero que por un absurdo «adiós» tengamos un rifirrafe. Estoy pensando que si me pongo lo que acabo de comprar  en la tienda de Julia será un acierto. Algo casual, colorido, exteriorizando mis enormes ganas de volver con él. Aunque puede que sea demasiado obvio y se eche para atrás. No sé, ya veremos, tengo que darle vueltas en la cabeza. ¡Joder! Para ser el verde mi color favorito, no tengo nada en común con él. Me va mejor el rojo: acción, poder, coraje, valentía…

          Me he quedado perpleja al ver entrar por la puerta a Patricia. Jamás me hubiera imaginado que tuviera el valor de presentarse así, sin más, en la tienda. Sin antes haber tenido ningún tipo de contacto antes, por mínimo que hubiese sido. Muy atrevido por su parte, sin saber cuál iba a ser mi reacción. Podría haberla mandado «a la porra», poco probable, también tengo que decir,  ya que nunca me ha gustado esa frase hecha. La encuentro vulgar pero, en su defecto, la opción de mandarla al otro sitio me parece más vulgar si cabe. Aunque pongamos el «usted» por delante. El caso es que hasta me ha parecido agradable su ocurrencia. De no haber sido ella, yo nunca hubiera acercado posiciones. No por orgullo, sino por cobardía. Porque detrás de esta fachada de mujer indolente y manipuladora se halla la otra Julia; la que sofoca sus emociones para después ir a llorar a cualquier rincón perdido, a escondidas, por miedo a que le pregunten qué le pasa y no sepa qué contestar. Miedo al dolor que contrariamente causan sus palabras siendo ella misma la principal perjudicada. ¡Qué bien me conoces Patricia! Parece ser que este año las buenas voluntades están de mi parte.

 

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