Una historia más…

Amigas mías.

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Elia castro Gordillo

 

 

 

 

24

Sabía que estoy iba a ser lento, que las fuerzas me fallarían en algún momento, que el ímpetu con el que afronté el severo diagnóstico se convertiría en abatimiento y que pese a todo ello me mantendría en pie, en la lucha. Pero me confieso cansada. Puede que hoy sea uno de esos días en que las nubes no dejan ver el sol. Estoy sola y he aprovechado para volver a abrir el libro que dejé a medias antes de iniciar el tratamiento. Imposible. Llevo con la misma página ¡qué digo! con el mismo párrafo toda la tarde y no soy capaz de pasar al siguiente punto y aparte.Las palabras se diluyen en mi cerebro nada más llegar a él, como si se trataran de gotas que caen sobre agua, formando un gran charco en el que se van ahogando poco a poco. Mis pensamientos están en fase líquida, no hay nada sólido a lo que aferrarme. El peque me apoda Dory —debido a la pérdida de memoria a corto plazo—. Es nuestra forma de «quitarle hierro al asunto». Hierro, metal que se ha apoderado de mis papilas gustativas haciendo que todo me sepa a él. Es como si me pasara el día lamiendo la barandilla de la escalera, y mis chicos se ponen a reír a carcajadas. Diego me sigue la broma pero una sombra en sus ojos me deja claro que a él no le hace tanta gracia. Sin embargo, es capaz de recomponerse, acercarse al calendario —que parece la batalla naval de Hundir la flota—  y tachar otro día más. No quiere saber cuántos nos quedan para hundir todos los barcos; el portaviones junto con los submarinos y los acorazados están fuera de juego —al menos por el momento— aún quedan un destructor y dos fragatas. Suponiendo que todo marche según lo previsto,  estos, en el próximo bombardeo naufragan. Jamás pensé hacer un juego de todo esto pero el tener un hijo le da otra perspectiva. Tanto para bien como para mal. No quiero que herede la responsabilidad de estar preocupado por mí de por vida. ¡Vaya! La cabeza me hace jugarretas de esta clase, repetir palabras sin descanso, le será más fácil utilizar las que sobradamente conoce a estar buscando otras que las puedan sustituir. Es muy laborioso… no, laborioso no es la palabra exacta… trabajoso, no, tampoco… complicado, mucho mejor, dar con la palabra adecuada cuando no está rindiendo al «cien por ciento». Oigo las llaves en la puerta. Cierro el libro y dejo el marcapáginas entre la 118 y la 119. En realidad no sé ni para qué lo pongo, supongo que es un acto reflejo.

          «Ya estamos aquí» y la sensatez vuelve a mí después de haber estado toda la tarde de paseo. Es muy traviesa y cuando estoy a solas le da por hacerme trastadas. Pero ahora ya estoy acompañada y se acomoda al lado de cerebro que le corresponde—según el mito del cerebro izquierdo y el derecho— sería en el primero. Repito: según el mito de que hay personas de cerebro izquierdo y otras de cerebro derecho. Parece ser que esta teoría no tiene mucha consistencia pero ahí sigue; clasificándonos: porque si eres más creativa, impetuosa e intuitiva dominaría en ti el hemisferio derecho, por el contrario; si prevalece la lógica y el pensamiento racional —por encima de lo anteriormente citado— será el hemisferio izquierdo el dominante. En fin, que cada uno saque sus propias conclusiones. Pero yo creo que es como dejarse guiar por el horóscopo, el seguir los consejos que puedan darte depende del nivel de creencia que tenga cada persona en ellos. ¿Cuáles son más compatibles en el amor? Según mi signo —que no voy a revelar— mi pareja perfecta sería un Géminis, sin embargo, Diego es Capricornio y pese a ello hemos conseguido tener una relación de respeto y admiración mutua.

          ¡Uff! Últimamente no dejo de darle al coco con estos temas. Deben ser los efectos secundarios o los primarios que traen cola. Nada pragmática. Mañana saldré con mis chicos, tengo que ir recuperando la vida que se queda a medio vivir cuando estoy sentada en uno de los seis sillones de la habitación.

          «Hay pizza para cenar» y el maldito símbolo químico «Fe» —que está presente en la hemoglobina roja de la sangre y es tenaz como ningún otro metal— comienza a salivar.

25

Primera noche

Tengo que decir que estoy más nerviosa de lo que me esperaba. Estamos sentados en la cafetería del hotel donde solíamos tener algunos de nuestros prohibitivos encuentros. Él se ha pedido una copa de Pago Garduña 2013 —me dice que es un tinto soberbio—, yo asiento, no sé mucho de vinicultura. Me alarga la copa para que lo pruebe pero rechazo su ofrecimiento. Al preguntarme el camarero qué deseaba tomar la señora, simplemente le he dicho un Rueda: «Tal vez un Belondrade y Lurton». Apruebo su elección con un movimiento de cabeza, él es el entendido. Y parece ser que he acertado con dejar que me aconseje.

            Miguel es un sibarita, no sé por cuánto le va a salir la broma pero barata desde luego que no.

            —¿Quieres que nos sentemos a cenar?

            —De momento vamos a esperar, aunque estos vinos que nos han servido bien se merecen algo de acompañamiento.

            Se ríe.

            —Lo dejo a tu elección. La ocasión lo merece ¿no crees? Hay que estar a la altura.

            —No tenía ni idea que este hotel fuese tan selecto con su carta de vinos.

            —Pues si probases el Carpaccio de pulpo con foie a la mandarina, o el Magret de pato con salsa de arándanos me pedirías que nos quedásemos a cenar.

            —Haute cuisine.

            —¿Dónde creías que te iba a llevar? Como ya te he dicho: la ocasión lo merece.

            —Esta ocasión.

            —Junto con el resto —matiza—. No ha habido ninguna que no valiese la pena. Siempre me has atraído, al principio te vi como algo que podía compaginar con mi vida, sin más. Pero poco a poco nuestros encuentros se fueron haciendo necesarios para mí, cada vez se me hacía más angustioso el hecho de separarme de ti. El volver a mi rutina era como si el mundo se me callera encima, menos por mi hijo, claro; es lo único que voy a echar de menos ahora. Va a ser muy duro el no poder verlo todos los días. Pero aquí estoy, como me pediste, sin miedo a reconocer lo que siento, a expresar mis emociones, a comenzar una nueva vida contigo, si es que aún me aceptas. Sé que te he hice mucho daño dejándote marchar pero créeme, yo también sufrí como jamás hubiera imaginado. El solo hecho de pensar que podría perderte para siempre me devoraba por dentro. Y no puedo, Julia, de verdad que no puedo; he intentado con todas mis fuerzas no necesitarte pero ha sido imposible, tu recuerdo está presente en mi día a día y ahora, más que nunca, me doy cuenta de que si no te tengo a mi lado no soy nada. Ya no importa lo que suceda, sólo quiero estar contigo.

            —¿Vas a echar de menos no ver a tu hijo?

            —Cómo.

            —Has dicho que no lo vas a ver todos los días ¿por qué?

            —Me estoy divorciando. Seguramente la custodia se la den a ella, pero voy a luchar para que al menos pueda estar con él unos cuantos días al mes.

            —No te lo está poniendo fácil ¿verdad?

            —Con eso ya contaba. Pero no creas, por un lado entiendo su resentimiento, la vida familiar que ella se había formado en su cabeza nunca ha existido y ver cómo se desmorona no debe ser fácil de aceptar. Por un lado me da tristeza el no haber sido capaz de reconducir nuestra relación pero ha sido completamente imposible. —Hace una breve pausa—. Y de repente apareces tú como consuelo a todos mis intentos fallidos. Y ya no hay vuelta atrás, mi corazón se desahoga intermitentemente hasta que siente la necesidad y el deseo de que ese tiempo sea inacabable, continuo, duradero.

            —No sé qué decir.

            —Pues no digas nada. Acepta mi invitación a cenar y demos tiempo al tiempo. Es lo único que te pido. Dada mi situación tampoco puedo esperar más de ti.

            —Está bien, acepto. ¿Esto es una cita formal?

            —Esto es lo que tú quieras que sea.

            —Entonces entremos a cenar, el vino me ha abierto el apetito.

            Miguel se levanta y me ofrece su mano. Esta vez no rechazo su ofrecimiento. El solo roce de ella en mi espalda hace que esas mariposas —que dicen se sienten en el estómago cuando una está enamorada— quieran salir volando e inundar el comedor con sus vistosos colores.

            —Todo va a ir bien ¿verdad? —mirándole a los ojos.

            —No te preocupes, de eso me encargo yo.

            —¿Me lo prometes? Porque no podría sufrir otro desengaño.

            Se para, me vuelve hacia él.

            —Creo que se me ha olvidado decirte lo más importante y es que te amo Julia. Y ahora, ¿más tranquila?

            —Sí. —Me acerco y le doy un beso—. Sólo necesitaba oírtelo decir.

            El jefe de sala nos recibe muy amablemente.

            —Buenas noches señor Escandón, si hacen el favor, su mesa está lista.

            Miro sorprendida a Miguel, ¿había hecho reserva?

            —Ante la duda de si aceptarías o no,  me tomé la libertad de reservar una mesa para dos. Por suerte has accedido a la invitación. En caso contrario y muy a mi pesar, hubieran tenido que retirar un cubierto. Y eso me hubiera hecho a pedazos.

            —Te amo.

Segunda noche

Después de estar toda la tarde dándole vueltas a la cabeza sobre si debería o no ponerme el conjunto que compré en la tienda de Julia, mi decisión final ha sido un sí. No muy rotundo, pero una vez delante el espejo las dudas se han disipado. Julia siempre ha tenido buen gusto  y lo digo en el amplio sentido de la palabra. Porque Cristóbal —el muy cabrón— es atractivo, si no de qué hubiera caído yo aquella maldita noche. Es de esos hombres con tal magnetismo que de haber sido imán estarían la mayoría de las  mujeres pegadas en la puerta de la nevera. Luego está Miguel ¡joder! otro que no le anda a la zaga. Ambos morenos y más o menos de la misma estatura —más bien altos diría yo— y de complexión fuerte: robustos pero no gordos. Guardan cierta similitud en cuanto al físico, aunque Cristóbal es de rasgos afables: amigable, cercano, cordial, respetuoso y voy a parar porque le estoy encontrando demasiadas cualidades para ser solamente un amigo. Respecto al otro poco puedo decir, le conozco solo por referencias, jamás he cruzado dos palabras con él. Y de sobra se sabe que las referencias fluctúan como el IBEX 35. Si Julia está enamorada de él sus motivos tendrá y, conociéndola como la conozco, estoy segura de que debe merecer la pena para liarse la manta a la cabeza como lo ha hecho.

          Bueno, ella sabe arreglárselas sola, la que está en apuros soy yo. Llevo dos días con sus noches ensayando lo que le voy a decir. No quiero que se me olvide nada porque el más mínimo error o titubeo puede ser catastrófico. El discurso se repite una vez más: sé que te he decepcionado y eso es lo peor que podría haberte hecho, la confianza que habías depositado en mí se ha esfumado como el humo de una última calada a un cigarrillo, que estás dolido no por cómo soy sino por quién ha sido… Un sinfín de culpas sabiendo que he obrado mal y terminando con un sincero arrepentimiento. Por otro lado, ha tenido tiempo para pensar y es lo que realmente más miedo me da de todo esto. Que en su largo tiempo de retiro no me haya echado de menos sintiendo que puede prescindir de mi compañía. Suena el móvil. Es él.

          —Sí.

          —Patricia, soy yo, es que ha surgido un problema y…

          —Pero ya estaba preparada —cortándole— me disponía a salir de casa.

       —Supongo y créeme que lo siento mucho, no he podido avisarte con tiempo, me acaban de llamar diciéndome que debo presentarme en la obra que estamos realizando en Bárcena de Cicero, parece ser que ha habido un problema con el muro de escollera.

          —Pero es sábado.

          —Lo sé, te diría que me esperases pero no sé cuánto tiempo me va a llevar…

          —Te esperaré. —De nuevo no dejo que termine la frase.

          —Puede que sean varias horas, para cuando acabe ya será muy tarde.

          —No importa, no tengo nada mejor que hacer.

        —No sé Patricia, no creo que sea buena idea, será mejor que lo dejemos para otro día. Ya habrá más ocasiones.

          —¡No por favor! Puedo hacerlo, es más, quiero hacerlo. Tú no te preocupes por mí y cuando hayas resuelto lo de tu trabajo ven a casa. No importa la hora, por favor, dime que vendrás.

          —Está bien, lo intentaré pero no te prometo nada.

          —De acuerdo, con eso me vale.

         —Tengo que dejarte, no puedo retrasarme más.

         —Lo entiendo, vete y no te olvides que te voy a estar esperando.

          —Adiós.

         —Adiós.

         Creo que ha vuelto a colgar antes de que pudiera despedirme. Ya es la segunda vez en tres días pero esta última tiene su lógica. Dejo el móvil sobre la cómoda de la habitación junto con las llaves del coche. Comienzo a desvestirme muy despacio con la sensación de que todo ha sido en vano. Me invade un vacío más intenso y más hiriente que el que sentí la noche en que se marchó de casa. No llores Patricia, no lo hagas —me digo— no tienes motivos para hacerlo, te ha dicho que lo intentaría, confía en él.

Tercera noche

Abre la puerta. Está guapísimo el condenado. Me recibe con unos Tommy Jeans desgastados y una camiseta azul en la que se puede leer: Marvin Lois Spanish Brand. «Adelante, estás en tu casa» me dice. Paso.

            —Creo que me he arreglado demasiado para venir aquí —mirando su atuendo.

            —Ah, no te preocupes, quería estar cómodo. Si quieres puedo dejarte algo, si así te sientes mejor. Aunque creo que no deberías cambiarte, vienes guapísima.

            Hace un recorrido por toda mi fisonomía parándose más de lo debido en según qué zonas, haciendo que me sonroje.

            —Yo te encuentro estupenda.

            —Gracias, tú tampoco estás mal.

            Y lo corroboro cuando se da la vuelta para dirigirse hacia la mesa donde están dos copas de vino vacías. Junto a ellas, están dispuestos dos platos con sus respectivos cubiertos y una servilleta doblada en triángulo. En el centro una vela flotante en un recipiente de cristal.

            —¿Y esto? —pregunto refiriéndome a la mesa y cuando por fin consigo quitar mis ojos de su trasero que se intuye firme y masculino.

            —Quería darte una sorpresa. Aunque para serte sincero tengo que decirte que yo solo he puesto la mesa, la cena se la he encargado a un amigo que tiene un restaurante. Me ha hecho el favor, le he comentado que era para una ocasión muy especial.

            Se acerca con las copas llenas.

          —Perdona que no te haya preguntado qué te sirvo pero creo recordar que te gusta el Sauci Joven.

            —Es uno de ellos.

            —Quieres que nos sentemos a cenar o es demasiado pronto.

            Por mí me saltaría los preámbulos y pasaría directamente a los postres. Y no a los postres de su amigo el cocinero sino a otros que también son comestibles —en sentido figurado.

            —Como gustes.

            —Entonces será mejor que comencemos, no quiero que se enfríe.

            No dejamos de charlar durante la cena. Sirve más vino, las copas en ningún momento llegan a estar vacías del todo. Las risas nos acompañan cuando recordamos viejos episodios vividos en la adolescencia, alguna anécdota digna de contar y que sabes que va a provocar una sonrisa en tu acompañante, creando un ambiente distendido, relajado, haciendo que nos liberemos de nuestros miedos.

            —Sabes, ¿quieres que te diga una cosa? —mirándome fijamente con esos ojos marrón verdoso difíciles de describir  porque parecen cambiar el tono en sí mismos según el tipo de luz del ambiente—. Cuando dejas que todo vaya surgiendo con normalidad, sin poner impedimento alguno, debo decirte que eres una mujer extraordinaria. Siempre me lo has parecido pero el muro que habías levantado a tu alrededor no me dejaba ver con exactitud lo que había en su interior. Estoy completamente convencido que la mujer que dices ser no es ni por asomo la mujer que yo estoy conociendo. Ahora me doy cuenta del daño que te ha podido causar ese gañán para hacer que te encerraras en ti misma desconfiando de todas las personas que te rodean; es especial de nosotros, los hombres.

            No puedo hablar, las lágrimas comienzan a aflorar. Tengo que retenerlas de alguna forma y solo se me ocurre dando otro sorbo de vino,  es más, dicen que el vino también llora —ese recorrido que van dibujando las gotas «lágrimas» que se deslizan suavemente por el cristal de la copa— y en este caso prefiero que sea él quien lo haga. Me coge de la mano.

            —Ven, quiero enseñarte algo.

            Le sigo hipnotizada aún por las palabras que acabo de escuchar saliendo por su boca de labios definidos, suaves como guantes de seda y que ahora mismo muero por besarlos. Abre una puerta y ante mí se presenta lo que debe ser lo más parecido al paraíso en un mundo terrenal.

            La habitación está en penumbra dejando ver una cama vestida con una confortable manta mullida  púrpura que deja entrever unas sábanas en blanco y unos almohadones en ambas tonalidades que invitan a entrar en ella. En la cómoda una bandeja con algunas velas perfumadas —porque huele a lavanda y a jazmín— un par de copas y una botella de champán sobre una cama de pétalos de rosas. Junto a ella, otra bandeja pero de menor tamaño que contiene bombones variados. ¡Champán! Y se me viene a la cabeza la imagen del diablillo. Inmediatamente la descarto, esta noche el protagonista es el romanticismo, no puedo estropear el entorno en el que nos hallamos y que él solo ha recreado para mí. Ya habrá más noches que las podamos dedicar exclusivamente a la lujuria.

            Me adentro en ese mundo empíreo cogida de su mano —en ningún instante me ha soltado— y ahora sí que soy yo la que comienza a sollozar.

            —Te voy a cuidar Sofía, seré paciente y delicado.

            Me arrojo a su pecho, el refugio donde cobijarme en tiempos de tormentas.

…Y media

Tras varias horas de espera —dos, tres… no sabría decir— Pedro aparece en el salón de casa. Sus pantalones enlodados desde las rodillas hasta los pies.

            —He entrado con mis llaves, no sabía si estarías aún despierta, no quería molestar… Vengo lleno de barro hasta arriba, perdona, creo que lo mejor va a ser que me vaya a duchar, solo venía para decirte esto, me ha parecido lo más apropiado.

            —¡No te vayas! —le grito al ver que  se dirige hacia la salida. Puedes ducharte aquí, recuerda que te dejaste algo de ropa en el armario.

            Se toma unos minutos para pensarlo —minutos que se me hacen eternos—. Le insisto rozando la súplica.

            —Por favor, quédate.

            Accede. Se excusa retirándose al baño que antes compartíamos. Respiro un tanto aliviada, el primer asalto ha finalizado con un empate como resultado. Me doy cuenta que estoy en pijama ¡qué horror! ¡debo resultar patética! ¡qué habrá pensado! Pero si salgo vestida ahora de otra forma llamaría demasiado la atención. ¡Joder Patricia no has estado rápida! Le diré que como no sabía exactamente si vendría, me puse el pijama —un pantalón gris con bolsillos, camiseta de borreguito y botines de pompón marabú—. Sigo esperando. Subo el volumen del altavoz portátil, cuando ha llegado estaba escuchando Éxitos románticos de Alejandro Fernández:

… Quiero que vuelvas, me hacen

falta tus manos

Y tus caricias recorriendo mi piel…

            Noto su presencia detrás de  mí. Me giro. Mis ojos se topan con los suyos. Se ha puesto un pantalón deportivo con una camiseta.

            —Siento haberte recibido de esta forma —señalando mi atuendo tan desastroso.

            —No importa, ya nada importa.

            Se aproxima acortando distancias.

            —Sí importa, tenemos que hablar Pedro. Al menos déjame decirte que he sido una gran estúpida al no darme cuenta del hombre que tenía a mi lado.

            —¿Hablas en pasado?

            —Es que no sé cómo puedo convencerte para que regreses.

            —¿Bailas?

            —¡¿Cómo dices?!

            Sus brazos rodean mi cintura. Huele a Gucci by Gucci, —se habrá echado las últimas gotas del frasco que aún permanece en el mueble del baño—. Siento su cuerpo pegado al mío, le he echado tanto de menos. Apoyo la cabeza sobre su pecho mientras que él me retiene entre sus brazos. Oigo su respiración y como un bebé cuando escucha el corazón de la madre consigue que entre en un estado de paz y remanso.

Tengo un montón de besos

acumulados

Haciendo pausa hasta que te

vuelva a ver…

 

            —Pedro —susurro.

            —¡Sss! Escucha, por favor, deja que la canción hable por nosotros esta vez.

            Me aprieta más fuertemente contra sí.

 … Yo sé que tú también te mueres

por verme

Porque esta historia nunca se

 terminó…

            El partido ha finalizado. Los jugadores se retiran de la zona de juego.

 

 

 

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