Una historia más…

Amigas mías.

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Elia castro Gordillo

 

 

 

 

28

 

Tercera sesión con Ana Laura. Sentada en el sillón de su consulta le relato lo sucedido desde la última vez que dejé de asistir a terapia.

            —El problema puede ser que se trate de una baja autoestima Sofía —me dice.

            —Pero yo lo que tengo es ansiedad, estrés que llega a deprimirme por no saber cómo afrontarlo —digo contrariada.

            —Por eso mismo Sofía, en ocasiones los pacientes no sabéis identificar que la sufrís porque los síntomas son los que me acabas de relatar y que te provocan ese estrés:  no tengo seguridad en mí misma, no expreso mis opiniones o gustos por miedo a un rechazo, no lucho por lo que deseo porque de antemano sé que no lo voy a conseguir, los fracasos son míos pero los logros son de otros, tengo miedo a tomar decisiones ya que creo que lo que decida va a ser lo incorrecto, me siento poco atractiva… e incluso culpable por envidiar la vida de otras personas porque en realidad es la que debería estar viviendo yo.

            —¿Entonces? ¿Todo esto tiene que ver con encontrarme con Quique?

            —Es posible. El hecho de tener que enfrentarlo de nuevo puede que haya sido el detonante para exteriorizar sentimientos que aún estaban dentro de ti, adormecidos, inseguridades.

            —Pero yo no quiero que me siga haciendo más daño.

            —Hay que ir poco a poco, por lo pronto hemos conseguido que puedas hablar de él sin que te tiemble la voz. Un maltrato sicológico es tan grave como uno físico. Dejan secuelas; uno externas y otro conductuales, pero igual de agresivas en ambos casos.

            —Estoy cansada de sentirme un estorbo.

            —Y vamos a trabajar para que esto no suceda. Intentemos dar una solución, con una serie de ejercicios de cómo aumentar la autoestima. El primero va a ser en pensar siempre en positivo, nunca en negativo. La frase: «Soy capaz de hacerlo, voy a tener éxito, lo voy a conseguir» será tu meta. Deja de infravalorarte y párate a pensar todo lo bueno que hay en ti y que aún estás por descubrir.

            —¿Cómo lo hago?

            —Márcate un objetivo y persíguelo, acuérdate de la frase.

            Comienza a escribir en un cuaderno rectangular en piel de vacuno color camel. Creo que por el diseño podría asegurar que es un Midori —marca nipona—, inconfundibles. Cierra el Parker Sonnet en rojo —lo sé porque en su día estuve mirando uno de ellos para Quique, el cual llevaría una inscripción: «Tuya-Mío»—. Al final deseché la idea y me decanté por un pañuelo de cuello. Mi economía junto con la  relación que manteníamos, no me permitían hacer un gasto abusivo e innecesario. Sería derrochar. Y para eso ya me bastaba yo solita, derrochando amor propio haciéndome sentir como el último guisante de un estofado de ternera. Se levanta.

            —Por hoy hemos terminado —sentencia— nos vemos la próxima semana.

            Salgo de la consulta pensando que como a las chicas se les ocurra poner la reunión el mismo día voy a tener que empezar a poner  excusas creíbles, pero es que no se me ocurre ninguna, la verdad. Porque dar por hecho que estoy con Cristóbal no tiene caso, la mentira tiene las patitas muy cortas.

Mi objetivo está muy claro: Cristóbal. Para eso, primeramente, tengo que soltar amarras y navegar tranquilamente, me lo ha advertido mi terapeuta en la quinta sesión:  «Cualquier relación que inicies, finalizará en un rotundo fracaso si previamente no te liberas de las ataduras sicológicas que te unen a un pasado doloroso». Le pregunto: «¿Y si en este tiempo de espera me olvida?» A lo que responde: «Olvídate de eso ahora, ni tan siquiera te lo plantees. Date cuenta que es un proceso lento de readaptación y que en el mejor de los casos saldrás indemne de él. Todo lo demás es secundario».

            «¿Secundario?» pienso. Pero si es lo más importante de mi vida. Me plantea una cuestión: «Tu principal deseo es estar con Cristóbal ¿no? sin embargo eres incapaz de sostener esa relación —que tanto necesitas según tú— en el tiempo. Siempre acabas apartándolo de ti. ¿A qué crees que se debe este comportamiento?» Me quedo pensativa por unos minutos. Me plantea la pregunta de otra forma: «¿Tu fobia a sentirte sola puede haber creado la ilusión de que estar en pareja es lo idóneo a pesar de que esa relación sea tóxica?» respondo: «Él jamás me haría daño, Cristóbal no es Quique». Bien, entonces: «¿Quién es (él) o (la) que ocasiona el dolor?» respondo: «No lo sé». Pausa. Permanece en silencio, me da tiempo  para que pueda meditar mis respuestas, a analizarlas. Seguramente ella haga lo mismo. De vez en cuando escribe algo en ese cuaderno —vete tú a saber— sea lo que sea espero que me sirva de algo.

            Tras unos minutos me hace una pregunta que me deja noqueada: «¿Sigues enamorada de Quique?» «¡No!» respondo categóricamente. Continúa: «Entonces ¿por qué te importa tanto lo que él pueda opinar de ti?» Me siento atacada: «No me importa». Sigue: «¿Por qué le crees cuando dice que no vas a hallar a nadie con el que puedas llevar a cabo un proyecto de vida?» Me derrumbo: «Porque es verdad. Porque cuanto más deseo estar cerca de él, más me alejo». Pregunta: «¿De quién?», «De Cristóbal, por supuesto» respondo un tanto alterada.

            «Muy bien Sofía» Me felicita. Con esa frase da por terminada la hora que me corresponde.

            En las siguientes visitas ocurre más de lo mismo; preguntas, respuestas… Pero las charlas —mejor dicho; entrevistas— van siendo más relajadas. Siento que me están devolviendo la confianza, haciéndome ver lo erróneo de mi conducta llevada por unos pensamientos indeseados. Ahora tengo claro que mi primer objetivo no era conseguir a Cristóbal, sino el abandonar esos pensamientos obsesivos creados en la baja autoestima. Ana Laura ha creído oportuno distanciar las sesiones a una vez cada dos semanas, —significa que parcialmente se van consiguiendo los objetivos marcados—.  Me dice que estoy progresando y que de continuar así, pronto se limitarán a una vez al mes, luego cada dos o tres meses y cuando nos aseguremos de que  todos los objetivos se hayan alcanzado, pasaremos a la fase de seguimiento —para prevenir posibles recaídas—. Echando cuentas, me queda como un año aproximadamente de terapia, sin contar con los tres meses que llevo. Me encuentro bien, estoy animada y aunque soy conocedora de que aún me queda mucho camino por recorrer, sé que lo voy a lograr. Aptitud positiva ante un hecho. Comienzo a verme como una persona no como un objeto inservible, me siento orgullosa de mi primer éxito.

29

Tengo decidido pasarme por casa de Sofía. De esta tarde no pasa. No la he avisado, espero que no le moleste. Hemos tenido algunos encuentros en los que la había notado diferente, no sé, reacia a manifestar los motivos por los que no había querido asistir a las reuniones para unificar de nuevo el grupo. Hasta que por fin en uno de ellos me aclara la situación. A mí me parece una idea fantástica, Sofía es una mujer con un gran potencial así que todo lo que suponga un restablecimiento como persona, lo aplaudo. ¡Olé sus ovarios!

            Me encuentro delante de la puerta, parece ser que no hay nadie ¡joder! tenía que haber contado con ella. Cuando desisto de llamar y me preparo para irme oigo una voz que me llama a gritos desde el otro extremo de la calle. Es Sofía, ha visto que me marchaba, ha acelerado el paso pero al darse cuenta de que era imposible alcanzarme, no le ha quedado más remedio que vociferar mi nombre. Espero a que llegue a mi altura. En tres zancadas se pone a mi lado. «¡Joder, está en plena forma!» pienso.

         —¿Qué haces aquí? Cómo no me has llamado para decirme que tenías pensado pasar por casa.

            —Quería darte una sorpresa y casi acabo dándomela yo.

            —Pues tardo dos minutos más y sorpresa al carajo —abriendo la puerta.

            —¿De dónde vienes con la bolsa de deporte?

            —De Kizomba.

            —¡Es verdad! Se me habían olvidado tus clases de bailoteo.

            —No te preocupes, sírvete tú misma, me voy a cambiar. Tardo un minuto.

            Cojo una botella de vino de la alacena, tiene un compartimento en la parte baja que Sofía utiliza como botellero. Ya ha pasado la hora del café. Cojo el sacacorchos —nunca se me ha dado bien el descorchar una botella— siempre acabo rompiendo el tapón, haciendo que la punta de la espiral salga por el otro extremo con el consiguiente resultado de que caigan dentro restos de corcho. Aparece Sofía.

            —Qué haces, así no conseguirás abrirlo nunca.

         —Pues dime tú cómo —displicente— si tuvieras ese aparato que dicen se puede servir el vino sin retirar el corcho gracias a un sistema innovador de una aguja que perfora el corcho y no sé que más…

            —¡Ah sí! y cómo se llama ese artilugio.

            —Cova… espera que ahora mismo te lo digo —buscando en Google— aquí está; se llama Coravín. Para una amante de los buenos vinos como tú, puede servirte de gran ayuda —enseñándome las fotos del móvil.

        —Ya, y contando con que tuviera doscientos euros para invertirlos en ello… —señalándole el precio—. Creo que por el momento me quedo con el método tradicional, el  de toda la vida.

            Una pequeña explosión y está abierta.

            —¡Vaya! No me había fijado… y mirándolo bien tampoco se te da mal descorchar a la antigua usanza.

            Llena las copas. Nos sentamos una enfrente de la otra. Siempre me ha parecido que para mantener una conversación, lo ideal es que los tertulianos estén enfrentados. Me refiero al lugar que ocupan, no a provocar una dispuesta, que también las hay por cierto.

            —Bueno, dime ¿a qué debo esta visita?

           —Simplemente ganas de estar contigo un rato de nada, porque enseguida me tengo que ir.

            —¡Y eso!

          —Pedro me ha insistido en que hoy no puedo tardar. No tengo ni la más remota idea de qué se puede tratar.

            —Veo que os va muy bien.

         —¡De maravilla! —dice. Su rostro se ilumina como árbol de navidad rodeado por leds.

            —Y a ti.

      —Estoy haciendo progresos, Ana Laura —me gusta llamarla por su nombre, sicoterapeuta suena a hospital— me ha distanciado las sesiones. Estoy muy contenta. Dice que estoy avanzando mucho. Por lo menos ya me he dejado de ver como un ser inútil.

            —Tú nunca lo has sido.

     —Ya, pero aparte de no serlo también tienes que creértelo. Ahí es donde supuestamente fallaba. Mi cabeza no estaba preparada, aunque yo lo creyese, de afrontar situaciones cotidianas de la vida. Ahora estoy aprendiendo a enfocar el problema, a soportar un rechazo o una crítica negativa sin sentirme menospreciada. No es fácil reconstruirse.

            —Me imagino, pero lo vas a conseguir. Me siento muy orgullosa de ti.

            —Gracias, todo es más fácil si la gente de mi alrededor me apoya y me da ánimos.

        —Pues conmigo no te va a faltar  ninguna y… —breve pausa— ¿sabes algo de Cristóbal?

            —No, supongo que seguirá con su vida. Tampoco quiero pararme a pensar mucho sobre el tema, hasta que no esté convencida de que soy capaz de llevar una relación con total normalidad, es mejor que se mantenga en la distancia.

           —Y si para entonces es demasiado tarde para retomar lo que habéis dejado perder.

         —Yo no lo he dejado perder Patricia, simplemente no era el momento, no estaba preparada. Si ocurriese eso que dices pues no tendría más remedio que aceptarlo. Esa era la principal preocupación cuando comencé la terapia, ahora —tres meses más tarde— he sabido que lo que realmente importa es estar bien consigo misma, tener el valor de admitir que no se es perfecta y que tantos los errores como los aciertos vienen provocados en muchas ocasiones por la aptitud con la que los afrontamos.

            —¡Qué guapa eres Sofía! No es que antes no lo fueses —excusándose— Pero ahora lo eres aún más.

            —Se puede decir que la Sofía que ha permanecido oculta durante mucho tiempo comienza a vislumbrar la luz.

            —Tienes que dejar que te conozca Julia, por favor, porque me doy cuenta de que has sido una perfecta desconocida para nosotras.

            —A su debido tiempo.

            —Tengo que irme cariño —mirando el reloj— estoy ansiosa por saber qué me espera cuando vuelva  a casa.

            —Muy bien.

            —Otro día hablamos con más calma y podríamos invitar a Nuria también, si te parece, segura estoy que le encantará retomar las viejas costumbres.

            —Me parece perfecto y… ¿cómo sigue? hemos hablado por teléfono pero no hemos tenido ocasión de vernos —pregunto mientras nos dirigimos pasillo adelante.

          —Te sorprenderías de lo bien que se está reponiendo; sólo te diré que no tiene nada que ver con la Nuria que conoces.

          —¿Por?

        —No puedo hablar más, es mejor que lo veas con tus propios ojos. Me voy —abriendo la puerta.

        —Pero no me dejes con esta incertidumbre… no serás capaz… al menos dime si es para bien o para mal… —subiendo el tono ya que no se detiene a dar más explicaciones.

         —Para bien —me grita casi antes de doblar la esquina. Levanta la mano y se esfuma adentrándose en una oscuridad desamparada por la tenue luz de las farolas.

DIARIO

            Jueves 9 de mayo

Hoy puedo decir que he superado otra de mis metas a cumplir: la clase de Kizomba ha ido de maravilla. Tras dos semanas ininterrumpidas sin asistir —coincidían con las de mi terapia— me he podido desquitar. Y no solo con el baile sino también con el «machito» que se supone me ha de llevar. ¿Por qué demonios la mujer necesita saber cuándo el hombre quiere girar a la derecha o si quiere ir hacia delante o hacia atrás? Muy sencillo: porque el hombre es el que dirige. Y es que con mi «pareja de baile» —por llamarlo de alguna manera— más que necesitar saber, tengo que ser adivina. Hasta hoy no me había dado cuenta que el problema no es que yo no supiera los pasos sino que él, no era capaz de trasmitir las indicaciones para que le pudiera seguir. ¡Y muy tonta de mí pidiéndole perdón durante todos estos meses! Hasta que por fin, me he revelado ante el papel de sumisa.

            «No tienes ni idea de cómo llevar a una mujer. Utilizas la fuerza bruta para arrastrarme de un lado para otro porque te falta la delicadeza  para indicarme con todo el cuerpo hacia dónde quieres que vaya, porque lo único que trasmites es inseguridad en los movimientos. Eres un perfecto egoísta exhibiéndote como pavo real, cuando realmente eres el peor —sin duda— de toda la clase. Y por último, deja de corregirme como si yo fuese la culpable cuando eres tú el que no sabes marcar».

            El profesor se ha acercado a nosotros: «¿Todo bien por aquí?» ha preguntado. «Ahora sí» he respondido. Me dirijo de nuevo a la pista de baile. Él me mira con antipatía desde el otro extremo. Se siente insultado y su soberbia no le permite volver a la zona de baile, con lo cual yo doy por terminada la clase quince minutos antes de que esta termine realmente. Me despido de todos hasta el próximo día, cambio los zapatos de tacón por unas zapatillas deportivas, salgo a la calle y grito de satisfacción:«¡Bien!» Hay personas que se me han quedado mirando cuando al pasar han coincidido con mi grito. Me echo a reír, deben pensar que estoy loca y no me extraña. Estoy feliz y lo más importante; siento que lo soy.

            Por otro lado agradezco haber terminado antes, de otra forma no hubiera podido tomarme esa copita de vino con Patricia.

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