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Una historia más…

Amigas mías.

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Elia castro Gordillo

 

 

 

 

22

No estoy concentrada, no hay conexión con mi pareja de Kizomba. No es culpa de él, ni mucho menos, porque tampoco es que la tenga con la que habitualmente bailo. Me apunté a estas clases porque de alguna forma creí que podrían darme otra visión de mí misma, dejándome llevar por movimientos sensuales que estimularan la atracción. Pero no consigo relajar la cintura del todo para que el balanceo de atrás hacia delante surja espontáneamente y no parezca un robot. Así que lo de la atracción se reduce a que alguien —a ser posible del sexo masculino— se quede desparejado para que yo pueda bailar. Y no es que no ponga empeño, que hasta suelo ponerme tutoriales para ensayar en casa: «Básico a tiempo… caminada de tres con cambio de dirección… escalera en ele…» pero estoy convencida que cuanto más practico, menos sé. Soy totalmente contraria a la teoría de: mayor entrenamiento, mejor resultado, o por lo menos conmigo no funciona. En toda regla hay una excepción y yo debo ser la de muchas. Digamos que guardo cierta similitud con el conejillo de indias: siempre sometida a prueba, debo vigilar lo que como incorporando la fruta y la verdura a la dieta porque soy propensa a engordar, puedo vivir en solitario adaptándome sin problema a estar sin pareja —en este punto voy a matizar— y decir que a mí no me queda más remedio. Y por último sólo me quedaría introducirme en una «bola de ejercicio o de paseo» como entretenimiento a mis horas de hastío. Un panorama halagüeño para una mujer que está más cerca de la menopausia que de comprarse su primer Támpax.

          El otro día, oí hacer comentarios a dos mujeres sobre el libro de la Dra Christiane Northrup —obstetra y ginecóloga—: Los placeres secretos de la menopausia: Ahora el mejor momento de tu vida. Ambas estaban de acuerdo que el óxido nítrico, era realmente beneficioso como bien escribía la doctora; «convirtiendo el cuerpo de la mujer en un auténtico renacer físico, espiritual y también sexual». ¡Ahí es nada! El resurgir de la segunda juventud. Tal afirmación me hace albergar esperanzas, aún no está todo perdido. Tal vez, dicha doctora, lleve razón y yo debería retomar las clases de yoga, así tendría dos de los aspectos que son necesarios; el renacer físico y el espiritual, faltándome uno para completar el trío. Aquí ya no sólo depende de una, sino de un tercer elemento.  Y no me estoy refiriendo a los lubricantes, que también son necesarios. Es un mundo aparte: de base acuosa o silicona —para relaciones sexuales en las que utilizan preservativo—; de aceite —para mujeres con la menopausia (en este grupo entre yo)—; y los de base acuosa —no dañan al espermatozoide y son para relaciones en las que deseas quedarte embarazada—. Luego están los sabores: de Kiwi, melocotón, fresa… y hasta de champán —que será el que yo utilice cuando rompa de nuevo mi improductiva virginidad. Lo festejaré por todo lo alto y el champán será el protagonista —en todos los sentidos—. Ya ni hablar de los juguetitos que puedes encontrar, pero si me he de quedar con uno sería el Intense Orgasmic Diablillo. No he tenido ocasión de probarlo pero por la información —muy detallada, por cierto— que ofrecen de él, estoy segura que junto con el del sabor a champán formarían el tándem perfecto: «Es un anillo vibrador con cabeza de diablillo vibrante, diseñada para proporcionar hasta 30 min de excitante estimulación en el clítoris». Y lo puedes adquirir por tan solo 11´75 €. ¡Quién se puede resistir a uno de los mayores placeres de la vida por esa minucia! Mi sesera comienza a volar y se imagina a Cristóbal portando semejante anillo en la base de su pene ofreciéndomelo como regalo a una racha de sequedad vaginal traumática mientras yo reboso Moёt & Chandon Brut Impérial  por mi sexo. ¡Ay de mí!

          Me trastabillo, acabo de pisar a mi pareja de baile —con esta ya van tres— y la cara que me ofrece es de aborrecimiento. ¡Normal con estas imágenes que se me vienen a la cabeza, como para no perder el ritmo! Qué ganas tengo que el profesor dé por terminada la clase de hoy, no aguanto más a este tío mirándome con cara de perro y llevándome por la cintura como si fuese un fardo de alfalfa. Por fin oigo las palabras milagrosas: «Por hoy hemos terminado. Buen fin de semana para todos». Es evidente que me incluye a mí, pero no me doy por aludida, mis fines de semana son tan aburridos como lo fue el programa La noche con Rober. Seis viernes necesitaron para darse cuenta de que era un verdadero bodrio. La cadena no tardó en cancelarlo —las audiencias es lo que tienen— y la frase: «Nos vemos la semana que viene» quedó suspendida en el aire dando paso al siguiente viernes a una película de acción. Pero mucho peor es lo mío, que aún sigo encarando el fin de semana con las mismas expectativas del año pasado, más sola que la una.

          Me dirijo al vestuario a recoger el plumífero. Allí me encuentro a las del otro día. Una de ellas le hace entrega a la otra de un libro Las diosas… ¡joder, no alcanzo a ver el título completo! cuando llegue a casa busco en el todopoderoso internet, seguro que sale algo. Debe ser de alto secreto o por lo menos etiquetado como confidencial, ya que se ha apresurado a guardarlo dentro de la bolsa. Pero de nada les sirve, ya se delataron con la conversación que mantuvieron anteriormente sobre los placeres que oculta la menopausia. También se puede dar el caso de que no quieran ser catalogadas como «las menopáusicas» del grupo de kizomba —yo las entiendo— pero tampoco tengo la necesidad de confesar mi edad, además a ellas qué les importa, total, año arriba año abajo…

          Lo único que quiero saber —sin ser cotilla— es cómo se titula el jodido libro. Ahora mismo una de ellas puede tener en sus manos el poder que toda mujer ansía poseer a estas edades y sin embargo se comporta como Gollum: «Mii tesssoooro» en El Señor de los Anillos. Salgo del vestuario mascullando, dándole vueltas a la cabeza pensando que hay gente realmente egoísta.

          Ya en la calle me subo la cremallera hasta la barbilla, me enfundo los guantes antes de que se me queden los dedos tiesos de frío y encaro la cuestecilla con decisión. Al cabo de unos minutos me hallo en la calle donde Julia tiene la tienda, me planteo: «¿Sigo adelante o doy el rodeo que me he acostumbrado a hacer desde que nos enemistamos?» Las luces están apagadas. Continúo mi camino. Paso por delante de la cafetería y un viento gélido hace que meta las manos en los bolsillos del plumífero «¡Joder qué frío!» pienso. Absorbo la gota de la nariz que está a punto de deslizarse por mi bigote cuando una voz a mi espalda me hace frenar. La reconozco, es una voz que he dejado de escuchar hace tiempo por voluntad propia y sólo con girarme y ponerle cara el corazón se me encoge al tamaño de una nuez.

          —¡Vaya, vaya, vaya… veo que no has cambiado mucho!

          —Qué estás haciendo aquí —le pregunto.

          —Iba de camino a Santander y me acordé de que te habías escondido… En fin, que pensé que tal vez me podrías dar cobijo por una noche.

         «No tengo ninguna necesidad de esconderme y mucho menos de ti, gilipollas» Me entran ganas de decirle pero opto por permanecer callada, él siempre ha tenido la boca muy grande y ha hablado infinidad de veces por los dos.

            —Alguien me comentó haberte visto…

            —Quién.

            —Cariño, tú siempre deseando saber lo que no puedes… Uno tiene sus contactos.

            —No vuelvas a llamarme así.

      —Pero si a ti siempre te ha gustado que te dijera cariño —acercándose peligrosamente—. Nena —echándome su nauseabundo aliento en mi cara— una cosa es lo que dices y otra muy distinta lo que quieres. A mí no me engañas.

            Alguien se aproxima, es Cristóbal que a un gesto mío se para manteniendo una distancia prudencial. Justo en ese instante Quique intenta besarme, yo me retiro y alzo la mano para abofetear esa cara de imbécil que tiene pero me sujeta fuertemente impidiendo que logre mi objetivo.

            —¡Eres un hijo de pu..! ¡Suéltame, me estás haciendo daño!

            —Tranquila nena, sólo quería hacerte recordar viejos tiempos.

       —Creo haber oído decir a la señorita que la soltases —interrumpe Cristóbal entrando en escena.

            Aún sin soltarme, Quique mira amenazante a Cristóbal. Este, por el contrario, lejos de sentirse amedrentado le sostiene la mirada.

            —No me hagas repetirte lo que te acabo de decir, será mejor que la dejes y que te largues. Por si aún no te has dado cuenta, ella no quiere nada de ti.

            —¡Pero si tiene quién la defienda! —Dejándome libre—. Y… se puede saber quién cojones es este tío.

            —Eso no te…

            Cristóbal me echa hacia un lado cubriéndome con su cuerpo.

            —A esa pregunta puedo responderte yo mismo, es de mala educación rehuir de quien se está hablando cuando la persona  en cuestión está presente. Digamos que es más una forma de urbanidad, de cortesía, por así decirlo.

           —¡Joder nena, nunca me hubiera imaginado que pudiera gustarte un engominado!

            Me encantaría partirle la cara pero Cristóbal me retiene a su lado. Me siento como la protagonista de una de esas novelas en las que un  caballero sale en su defensa sin importarle las consecuencias. Pero no me gustaría que el mío acabara con la nariz rota así que, desde mi posición, le sugiero que se vaya antes de que la situación empeore y puedan llegar a algo más.

            —No te preocupes —le digo— déjame a solas con él, no me pasará nada.

            —Pero… —mirándome sorprendido— no creo que sea lo más conveniente.

            —Jajaja, creo que te está echando.

            —¡Tú, gilipollas, cállate de una puta vez! —Haciendo que su carcajada se reduzca a una media sonrisa de desagrado—. Ahora hablaremos tú y yo. —Me llevo a Cristóbal a un lugar apartado pidiéndole que haga el favor de esperarme dentro de la cafetería—. En cinco minutos estoy contigo.

            —Ni uno más, Sofía, si no estás en la cafetería en el tiempo que has dicho, salgo a buscarte.

            —De acuerdo.

            Acepta un tanto dubitativo.

            —Pero… de verdad deseas quedarte a solas con este individuo. No me inspira ninguna confianza.

            —Le conozco lo suficiente como para saber que no será capaz de hacerme nada. Por favor, confía en mí, nunca he estado tan segura de algo como lo estoy ahora.

            —Está bien, pero recuerda… cinco minutos. —Se acerca y besándome en la mejilla se despide.

            Totalmente descolocada por el gesto que ha tenido se me hace difícil sobreponerme y armarme de valor para lidiar con el malnacido que me mira con arrogancia.

            —Me lo cuentan y no me lo creo… ¡Ejem! Y ahora podemos seguir con lo nuestro —acortando las distancias.

            —Ni se te ocurra acercarte a mí y mucho menos ponerme una mano encima.

            —¡Humm…! Me gusta cuando sacas tu lado más indómito.

            —Pues creo que no te va a gustar cuando oigas lo que tengo que decirte.

        —¡Qué miedo! ¡Vamos cariño, que nos conocemos de toda la vida y sé perfectamente que no eres capaza de…!

      —De qué Quique, de mandarte a la mierda o al mismísimo infierno. ¿Dónde prefieres? Porque estoy segura que en cualquiera de los dos sitios estarían muy gustosos de recibirte. No voy a permitir que me sigas jodiendo la vida. A qué has venido, si se puede saber, es que acaso comienzan a escasear las posibles presas para tu festín. Pero fíjate que no me extraña, eres un ser repulsivo, ya no hay mujer que soporte ver tu cara de apestoso sin que por ello le entren unas ganas tremendas de vomitarte encima. Y escúchame por última vez cretino; jamás he conocido a nadie tan baboso como tú y créeme que por nada y ni por nadie volvería contigo, un acéfalo que le ha otorgado el privilegio de pensar a su polla. Y sobre esa cosa —señalando a su entrepierna— te diré que estoy totalmente de acuerdo con los comentarios que tu última conquista vierte sobre ella en Instagram; «El tamaño está sobrevalorado», creo recordar que lleva alrededor de 232 likes. Pero no te preocupes —en tono irónico— es probable que llegues al millar, es solo cuestión de tiempo.

       Quique me mira de hito en hito sin dar crédito a mis palabras que han sido realmente insultantes.

            —Eso me ha dolido —reclama ofendido en lo más profundo de su ego.

            —Me alegro, es lo que te mereces. Y ahora te voy a hablar muy despacito para que puedas entender lo que te voy a decir: quiero que desaparezcas de mi vista para siempre porque te juro que si te vuelvo a ver no sabes cuán indómita puedo llegar a ser.

Sin darle derecho a réplica me vuelvo y comienzo a andar dejando definitivamente mi pasado donde debe estar, en pretérito perfecto. No soy consciente del tiempo que me ha llevado zanjar una cuestión de tipo emocional pero ha debido ser menos de cinco minutos ya que Cristóbal no ha venido a rescatarme. Entro en la cafetería, él gira la cabeza al escuchar la puerta cerrarse tras de mí. En un gesto rápido esconde el reloj bajo el puño de la camisa, seguramente haya estado mirando la manecilla del minutero contando las vueltas que ha de dar para llegar al tiempo límite marcado.

          —¿Todo bien? —me pregunta. Siento cierta preocupación en su tono de voz.

          —Sí, aunque no sé de dónde he sacado el valor para decirle tantas barbaridades…

          —Tal vez porque eres más fuerte de que lo que te piensas.

         —¡Uff! Es que… si me llegas a oír… ha sido una animalada tras otra. Te juro que no he sido yo, es como si una bestia me hubiese poseído. Pero si no soy de palabras mal sonantes y creo que en un tiempo límite he batido un récord. Esto es influencia de Nuria, recuérdame que luego la llame, se lo tengo que agradecer.

          —Así lo haré… Y sobre lo de las palabras mal sonantes no sé si estás al tanto de que son beneficiosas para la salud utilizarlas de vez en cuando y más si van acompañadas por el gesto adecuado.

          —¡¿Qué me estás contando?!

       —Lo que oyes. Aseguran que elevan la tasa cardíaca y los niveles de adrenalina, haciendo más llevadero el dolor.

          —Me estás queriendo decir que no hubiera estado mal haberle hecho «la peineta».

          —Jajaja, no lo digo yo, es un estudio científico. Según los griegos, este gesto aludía a la penetración anal… y los romanos lo identificaban con el aparato reproductor masculino —el dedo simbolizaría al pene y los nudillos los testículos.

          Me hace la representación de lo que sería el gesto en sí y marca cada uno de sus componentes. ¡No puedo creer que esto me esté pasando a mí!

          —Ehh… —agarrándole la mano— creo que la master class sobre el significado de la gestualidad en La Antigua Roma debe finalizar de inmediato. —Indicándole que los estudiantes de la mesa contigua han tomado buena nota de ello.

          —¡Vaya! Lo siento chicos, pero he creído oportuno ayudarme con la visualización del gesto para confirmar la teoría.

        Los cuatro se echan a reír y uno de ellos alza el dedo pulgar mientras la mano permanece cerrada —aprobando lo que Cristóbal acaba de decir.

          —Ves, no hay problema, entienden el lenguaje por gestos. Aunque menos mal que no estamos en Irán, allí se usa como insulto.

          —¡¿Cómo sabes tanto de…?!

     —Jajaja, hace algunos años hice un curso sobre el Lenguaje Corporal: La Comunicación No Verbal. Me gusta observar a las personas, interesarme por lo que dicen  a través de los gestos sin que ellas se den cuenta.

          ¡Joder, soy un libro abierto! Sabe perfectamente lo que estoy pensando. Me sonrojo porque el sólo hecho de que Cristóbal pueda leer mi pensamiento según la postura que adopte me descoloca. No sé si el mantener la mirada, el apoyar la cara sobre las manos, el tocar el lóbulo de la oreja, el sonreír produciendo arrugas junto a los ojos o simplemente el ladear la cabeza lleguen a delatarme. ¡¿Qué demonios hago?! Si lo único que se me viene a la cabeza es su imagen contoneándose frente a mí con el diablillo en sus partes pudendas mientras que le digo: «El champán corre por mi cuenta».

          —Te he puesto nerviosa.

         —¿Es una afirmación o una pregunta? Porque por lo que acabas  de contarme no sé cómo tomármelo.

         —No creas que te estoy estudiando, por favor, pero si tengo que emitir un juicio diré que es positivo.

         —Y qué significa, positivo.

       —Pues que no ha habido ningún gesto que me haya hecho desconfiar de ti, por lo tanto son favorables, aprobados y aceptados.

       —¿Me estás evaluando? Porque de ser así me gustaría saber qué puntuación he conseguido.

       —No te pongas a la defensiva, no quisiera terminar como la última vez que nos vimos. Yo no soy como ese desgraciado al que acabas de echar de tu vida. He venido a pedirte una disculpa por lo grosero que he sido contigo al no contestar tu mensaje. Pensé que sería mucho mejor hacerlo en persona que por el móvil. Perdona por el tiempo que he necesitado para convencerme de que era lo correcto y decirte también…

            —No tienes por qué, de verdad, no importa…

            —Por favor —poniendo una de sus manos sobre las mías— déjame que continúe… ¡Ejem! Como bien iba diciendo: … que me gustas.

            Por unos segundos dejo de tener contacto visual con él, se me nubla la vista ¿qué significará? Porque yo lo entiendo como: «¡joder, me ha dicho que le gusto! Y me abalanzaría sobre él ahora mismo».

            —Tal vez mi confesión no ha sido del todo de tu agrado. Te he interpretado mal, a veces los gestos confunden. Siento haberte puesto en esta situación tan comprometida. Entiendo que no quieras ni mirarme. Ahora el que está nervioso soy yo.

         ¡Pero qué narices! ¡Qué le he dado a entender! ¡Qué debo decir o hacer para sacarlo del error! Piensa Sofía… piensa…

            —¡Y yo! —No es muy coherente pero es lo único que se me ocurre.

            Abre sus enormes ojos arqueando las cejas.

            —¿Tú también lo estás?

            ¡No… no… cómo me hago entender! ¡Se puede ser tan sumamente torpe!

            —Sí… bueno, quiero decir… que sí lo estoy… pero que tú también… —Cristóbal no deja de tener la misma expresión, haciendo un gran esfuerzo por tratar de descifrar lo que le intento decir—. ¡Me gustas! —le grito.

            Los chicos vuelven a ser partícipes de nuestra conversación y de nuevo hacen ese gesto de aceptación sobre lo que acaban de oír.

            —Creo que no soy el único que acaba de escuchar…

            —¡Por favor! No me hagas pasar más vergüenza, te lo pido.

        —Jajaja, es que no sabes el descanso que me acaban de dar tus palabras. Vine a buscarte confiado de que me aceptarías sin ningún género de dudas y cuando te he visto que bajabas la mirada y dabas el silencio como respuesta… ¡Ostras! Me he puesto a temblar como un adolescente en su primera cita.

         —Qué pena contigo, lo siento. Pero quiero que sepas que tú también me lo has hecho pasar mal, muy mal.

            —¿Por qué?

            —Por nada, ahora no quiero hablar de eso, sólo quiero disfrutar de este momento. ¡Llevo tanto tiempo esperándolo!

            —¡Ah sí! ¿Cuánto?

            —Pues no te mentiría si te digo que toda la vida.

            Se levanta, yergue mi barbilla y besa mis labios untados de vaselina con sabor a melocotón. Me deshago por dentro aunque no haya sido la primera en probarlos. Ahora son míos y deseo que lo sigan siendo por mucho tiempo.

DIARO

Sábado 3 de febrero 2019

Hace dos meses y pico que no escribo en él. Ojeo rápidamente lo que he escrito en fechas anteriores para tener una referencia de cómo me he sentido hasta el día de hoy y debo decir que es lamentable. A excepción del miércoles diecisiete de septiembre: — encuentro un hueco por donde colarme en la vida de Cristóbal—,  el martes ocho de noviembre: —estoy entusiasmada porque me ha invitado a pasar un día en su compañía— y el veinticinco del mismo mes: —intento un acercamiento poniéndole un whatsapp—, el resto de páginas son para arrancarlas y tirarlas a la papelera. ¡Vaya asco de diario! ¿Desde cuándo necesito leer mi pésima vida por fascículos? Con estar en ella me es más que suficiente como para que encima quede por escrito.

         Pero llego al 1 de febrero; la fecha donde todo da un giro inesperado confesándome que le gusto. ¡Dios mío! y el corazón se me pone de puntillas para lanzarse en un grand jeté; —el vello de los brazos se me eriza al recordarlo y tengo que sujetar el bolígrafo fuertemente procurando que no me tiemble la mano cuando quiero que quede reflejado en el papel—. Han pasado dos maravillosos días en los que las llamadas han relegado a un segundo plano a los mensajes —mucho mejor escuchar esa voz que me turba al mismo tiempo que hace que un hilillo de baba se descuelgue por las comisuras de mi boca—. ¿Por qué hemos adoptado los whatsapp como medio para comunicarnos olvidándonos de lo maravillosas que eran las llamadas? Por escrito se puede llegar a desvirtuar lo que realmente queremos expresar, obligándonos a usar los socorridos emoticonos para que no haya malos entendidos. Una carita ruborizada «Te acabo de hacer un comentario mordaz pero no me lo tengas a mal…»; una carita con una cremallera por boca «Me importa un pito donde vayamos pero decidiros ya. Prefiero no opinar…»; y esa cara guiñándonos «He pillado tu sarcasmo. Eres una cabrona pero me caes bien…». También es cierto lo que viene a decir el proverbio chino: «Vale más una imagen que mil palabras» seguida, por supuesto, de la anterior cara con lengua fuera.

          Tengo que dejar de escribir, se me hace tarde —es sábado y hemos quedado para salir— se terminaron los maratonianos fines de semana en pijama viendo sin descanso las series grabadas de varias temporadas. No tengo paciencia para estar siete años persiguiendo a Olivia Pope en sus idas y venidas con Fitz Grant o al forense más atractivo de la historia llamado Dexter con un historial de crímenes a sus espaldas debido a su personalidad sicopática. Así que presiono el Record Button  y dejo que el aparato haga el trabajo.

          Se acerca la hora y no puedo evitar sentirme nerviosa. Todo va a ir bien Sofía —me digo—, quiero provocarlo, incitarle a que sienta el  deseo de lamer la mermelada de grosella roja que llevan mis labios esta noche. Meto el lápiz labial en el bolso, tal vez mañana al despertar necesite retocarme un poco. He configurado un plan pero no sé si coincida con en el que pueda tener él. Es demasiado arriesgado pero ya está bien de esperar, tengo unas inmensas ganas de gritarle al mundo que Sofía ya no está sola; terminando con el emoji «Mujer bailarina» seguida de el «Lanzador de confeti» y la «Bola de confeti», una fiesta por todo lo alto… ¡Ah! Y sin olvidarme de la «Botella de champán descorchada».

23

Me he hecho la encontradiza. Ella no se imagina que es uno de mis propósitos para este año y no quiero dejar que esté más avanzado para ponerlo en práctica. En realidad no necesito renovar mi vestuario pero es una buena excusa para volverla a ver. No sé el porqué de nuestro desapego en estos últimos meses pero la distancia hace que nos podamos olvidar, sin querer, de las personas que nos importan haciendo que no haya vuelta atrás. Y yo no deseo que eso ocurra con Julia y conmigo. Me la encuentro con el móvil en la mano —cómo no—, le saludo correctamente. Casi se lo deja caer al suelo —imagino que no se esperaba para nada mi visita.

          —Buenos días Julia —sonando un tanto protocolario.

          —Buenos días Patricia.

          Me limito a echar un vistazo por toda la tienda descolgando prendas y más prendas para luego devolverlas a su lugar sin probarme ninguna. De vez en cuando miro de reojo pero nuestras miradas no coinciden ni una sola vez. Ahora se entretiene ojeando una revista de moda. Pasa las páginas sin prestar atención a lo que está viendo —buena excusa para no entablar una conversación.

          —¿Podrías echarme una mano? —pregunto.

         Se toma unos segundos tras mi pregunta. Cierra la revista guardándola en el primer cajón del mostrador.

          —¿Qué problema tienes?

         Me sorprende su pregunta. Aunque pensándolo bien es la adecuada como respuesta a la mía.

       —Pues, problema, lo que viene siendo un problema… tengo varios, pero no es el momento… —Suspiro— ahora lo que tengo es una duda.

          Se sitúa frente a mí, solo un perchero con brazos nos separa.

          —Pues dime en qué te puedo ayudar.

       —«En tantas cosas» pienso. Estoy buscando un vestido que me pueda servir para unas medias en color teja.

       —Bien… —me dice dándome la espalda— tengo un vestido de Corte Globo en mostaza que creo que te pueda ir bien. Son colores que se complementan, ambos son cálidos, expresan proximidad, intimidad, estrechez personal…

           —Es muy bonito.

           —Es talla única, pero a ti te quedará bien.

         Cojo el vestido y entro en el probador, Julia enciende la luz, es un día apagado. En cinco minutos salgo y su mirada es de aprobación.

          —No me equivocaba… y si lo combinas con un pañuelo —enrollándome en el cuello uno en el mismo tono con corazones del color de las medias—. Es perfecto… también puedes jugar a hacer contraste e irte a uno en rojo, aunque creo sinceramente que es demasiado arriesgado, te iría mejor en verde pino o albahaca como este que tengo aquí —echándomelo por encima del hombro— rompe un poco el círculo cromático pero a su vez aporta equilibrio al conjunto. Además, es tu color favorito.

        ¡Se acuerda! No ha vacilado ni por un segundo al hacer tal afirmación, porque podría haber dicho —haciéndose la distraída—: «Además, creo recordar que es tu color favorito». Generando duda con esas dos palabras. Pero no, ha sido contundente, con esto me demuestra que aún le importo como amiga.

          —Tienes razón, me quedo el vestido y el pañuelo verde.

          Entro de nuevo en el probador. En el espejo interior veo a Julia detrás mirándome con los mismos ojos de antes de que nos dejáramos de hablar. Quedo oculta tras correr las cortinas.

         Una vez dobladas las prendas, las introduce en la bolsa y me da el cambio. Me dirijo hacia la puerta de salida, ya no queda más tiempo.

          —¡Julia! —Volviéndome hacia ella.

          —¡Sí!

        —Tal vez un día de estos vuelva a pasarme por aquí. Necesito mirarme un par de blusas para unos pantalones…

        —Cuando quieras Patricia, estaré encantada de que lo hagas. Aunque no es necesario que cambies todo el armario para que nos podamos ver.

          —¡Oop! Qué torpe soy ¿no?

          —En absoluto, tu problema siempre ha sido que no sabes disimular.

          —¡Tanto se me ha notado!

          —Un poco, pero vas a estar guapísima con lo que te has comprado.

          —Eso espero. Hasta otro día.

          —Aquí estaré.

      No ha ido mal. El encuentro ha sido breve pero forzar sería contraproducente. Finalmente hemos podido cruzar unas palabras que me indican que no está todo perdido. Esto me da fuerzas para poner a prueba el amor que aún queda entre Pedro y yo. Mientras que me desvestía en el probador se me ha ocurrido la idea —un tanto descabellada— de llamarlo. Sé que me pidió tiempo pero han pasado ya varios meses y a falta de ser prudente y sensata —algo inherente a mi carácter— voy a arrojarme a pesar de saber cuán dolorosas pueden ser las consecuencias.

        Estoy en plena calle, me paro cuando oigo su voz al otro lado del teléfono. Han sido tres tonos, no se ha hecho de rogar, eso quiere decir que tal vez ya me haya perdonado, aunque sea solo un poquito.

         —¿Sí?

         —Soy yo, Patricia.

         —Ya.

     —«¡Bien, aún me tiene en contactos!». Estaba pensando que tal vez podríamos vernos… —Me anticipo a lo que él me puede contestar. Continúo—: ya sé lo que me vas a decir; que es demasiado pronto para tener una conversación sobre lo sucedido, que necesitas más tiempo aún para pensar, que tenía que haber esperado a que fueses tú el que llamara… ¡Pero es que ya no aguanto más Pedro! ¡Te juro que…!

          —Patricia…

          —… He intentado ser todo lo paciente que puedo ser…

          —Patricia, por favor…

          —…Pero tú ya me conoces, la paciencia no es una de mis virtudes…

          —¡Patricia! —Subiendo el tono—. Me quieres dejar hablar.

       —Claro, claro, cariño. —Ese «cariño» ha sido espontáneo, pero no creo que sea el momento adecuado para decirlo—. ¡Ea! Mira que se puede ser bruta. No hemos empezado con buen pie.

          —Te parece bien el viernes, estoy alojado en el hotel…

          —Sí, sí, todo me parece bien.

          —Pero si aún no te he dicho dónde estoy hospedado, ni la hora.

          —Ya, ya, pero todo lo que me digas me va a aparecer estupendo.

     —Bien, entonces te mando la dirección junto con la hora. Si tienes algún inconveniente me lo haces saber.

          —Por supuesto… quiero decir… que no hay inconveniente, que allí estaré.

          —Entonces, quedamos para el viernes.

          —Quedamos para el viernes. ¡Pedro! —Aún me queda algo por decir.

          —Dime.

          —Gracias.

          —Es pronto para que me las des, antes tenemos que hablar de muchas cosas.

          —Lo sé, pero es lo menos que puedo hacer por haber atendido mi llamada.

          —De nada. Hasta dentro de tres días.

          —Adiós.

         ¿Ha colgado antes de que yo me pudiese despedir de él? No estoy segura de que haya escuchado el «adiós». Bueno, no importa, el viernes es el día para aclararlo todo. Aunque no quiero que por un absurdo «adiós» tengamos un rifirrafe. Estoy pensando que si me pongo lo que acabo de comprar  en la tienda de Julia será un acierto. Algo casual, colorido, exteriorizando mis enormes ganas de volver con él. Aunque puede que sea demasiado obvio y se eche para atrás. No sé, ya veremos, tengo que darle vueltas en la cabeza. ¡Joder! Para ser el verde mi color favorito, no tengo nada en común con él. Me va mejor el rojo: acción, poder, coraje, valentía…

          Me he quedado perpleja al ver entrar por la puerta a Patricia. Jamás me hubiera imaginado que tuviera el valor de presentarse así, sin más, en la tienda. Sin antes haber tenido ningún tipo de contacto antes, por mínimo que hubiese sido. Muy atrevido por su parte, sin saber cuál iba a ser mi reacción. Podría haberla mandado «a la porra», poco probable, también tengo que decir,  ya que nunca me ha gustado esa frase hecha. La encuentro vulgar pero, en su defecto, la opción de mandarla al otro sitio me parece más vulgar si cabe. Aunque pongamos el «usted» por delante. El caso es que hasta me ha parecido agradable su ocurrencia. De no haber sido ella, yo nunca hubiera acercado posiciones. No por orgullo, sino por cobardía. Porque detrás de esta fachada de mujer indolente y manipuladora se halla la otra Julia; la que sofoca sus emociones para después ir a llorar a cualquier rincón perdido, a escondidas, por miedo a que le pregunten qué le pasa y no sepa qué contestar. Miedo al dolor que contrariamente causan sus palabras siendo ella misma la principal perjudicada. ¡Qué bien me conoces Patricia! Parece ser que este año las buenas voluntades están de mi parte.

 

Una historia más.

¡Hola! ya faltan poquitos capítulos para terminar. Espero que os vayan gustando. Muchísimas gracias a todas/os por los me gustas, por compartir y por seguirme. Ahí os dejo otros dos capítulos.

Amigas mías.

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Elia castro Gordillo

 

 

 

 

 

20

He quedado con Patricia y Sofía para comer. Hace una operación y tres sesiones de quimio que no las veo. Patricia nos ha invitado a su casa y eso me ha animado para aceptar, aún no me encuentro con el ánimo suficiente para enfrentar mi cambio y compartirlo con los demás. «Esto es de locos» pienso. Delante del espejo intento ponerme de una forma estilosa el pañuelo. He mirado varios tutoriales que te enseñan a ponértelo de mil maneras distintas, pero parece ser que no es lo mío. El  estilo africano —descartado— no quiero parecerme a Mammy de Scarlet en Lo que el viento se llevó. También tengo la cinta ancha, estilo diadema —descartada también— ¿una diadema? —sin comentario—. Y ahora viene mi favorito: estilo Audrey Hepburn —en realidad se llama; estilo setenta pero a mí me gusta más llamarlo de la otra. Le da un punto de sofisticación y elegancia—. Te lo pones en la cabeza, cruzas ambos extremos por debajo del mentón, los llevas hacia la nuca y los atas haciendo un nudo libre. ¡¡Ufff!!… demasiados pasos a seguir, así que termino poniéndomelo al estilo pirata, sencillo y funcional aunque sólo me hace falta taparme un ojo y comenzar a cantar a lo Sabina «… la del pirata cojo, con pata de palo, con parche en el ojo…». De cualquier forma el resultado es más aceptable que agraciado.

         Suena el timbre. «Ya voy» —en lo que me desato el delantal. Sofía está en el comedor poniendo los cubiertos. Sólo queda Nuria por aparecer.

          —Creo que esta vez sí he sido puntual —dice Nuria—. Debe de haber notado mi cara de sorpresa a juzgar por el comentario.

           —Me vas a dejar entrar o vas a servirme la comida aquí fuera, porque te comunico que hace un pelín de frío.

    —Claro, claro… perdona… es que… —le cedo el paso.

          Por el pasillo no para de hablar: «Parece que va a llover» «Qué bien huele» y yo soy incapaz de mantener una conversación con ella. Algo no marcha todo lo bien que debiera.

          —¡Hola!

          Sofía se gira. Su mueca deja claro que está tan extrañada como yo.

          —¡Hola! Cuánto tiempo sin vernos.

          —Desde antes de las navidades.

          —¿Qué tal os lo habéis pasado?

          La respuesta es mucho más que evidente, Sofía no ha estado muy ocurrente con la pregunta. Sobre todo cuando se despoja del gorro y deja al descubierto su cabeza cubierta por una bandana en gris con unas diminutas flores en terracota.

          —Algo movidas, la verdad.

          Nuria pertenece a un estereotipo de personas que debido a las consecuencias que generan su enfermedad los detalles como un pañuelo envolviendo su cabeza los delatan. Forman parte de un colectivo en el que el lazo rosa juega un gran papel en sus vidas. Ambas nos hemos dado cuenta enseguida pero esperamos que sea ella misma la que nos cuente. Sin  preguntas que puedan molestar o simplemente recordar que es una de los veintisiete mil casos que se diagnostican al año aproximadamente en España. Pero estoy segura que Nuria está dentro de ese 82’8 % que se curan.

        —Es que ninguna me vais a preguntar por mi nuevo look. Por lo menos decirme cómo me sienta.

          Nos miramos sin saber qué decir.

        —Está bien, entonces tendré que ser yo la que empiece… A ver chicas, tampoco es que haya mucho que contar, todas sabemos lo que me pasa —tocándose la cabeza— no se puede esconder.

          —Por qué no nos dijiste nada.

          —Porque no lo sabía Patricia, me lo detectaron al hacerme la mamografía. Después ha sido todo de seguido, no he tenido casi tiempo para pensar, bueno, miento… sí he tenido tiempo para pensar y tiempo para enfadarme y tiempo para reír y tiempo para llorar. Esta vez mi gran enemigo, el tiempo, se está comportando conmigo, parece que me está dando una tregua.

          —¡Joder Nuria! —Nos abrazamos.

          —¡Me vais a hacer llorar y no toca! Hoy se supone que venía a todo lo contrario.

          —Tu pelo.

         —Que conste que no se me ha caído, me lo he rapado, directamente. Después de la segunda sesión de quimio me fui a la peluquería he hice que me pasaran la maquinilla al cero. De todas formas me iba a quedar sin él.

           —¡Con un par!

          —No te creas, yo diría que por cojones, no te queda de otra. Ya me estoy haciendo a mi nuevo aspecto y lo del pañuelo, lo estoy empezando a ver como un complemento más. Ahora pasa más desapercibido, como me pongo encima un gorrito —por el frío— pues apenas se nota.

           —Y la quimio.

       —Una jodienda, qué os voy a decir. Enchufada a una máquina que te deja destrozada. Aún me quedan varias sesiones, termino con ellas, me dejan descansar un  tiempo y comienzo con la radio. Un no parar.

          Siempre he admirado la fortaleza de Nuria. En el grupo ella es el nexo. Oyéndola hablar con tanta normalidad nos hace parecer a nosotras las enfermas. Pero ha cambiado, tanto su actitud como sus gestos son distintos a los de hace unos meses. Está relajada o más bien, fatigada, sus ojos con una pizca de  melancolía que sólo se le detecta cuando se queda en silencio, entretenida con sus pensamientos. Aunque si hacemos caso a Víctor Hugo, él decía que: «La melancolía es la felicidad de estar triste». Pero no creo que sea el caso de Nuria. Apenas ha comido, se ha limitado a revolver lo que había en el plato para luego apartarlo a un lado. Su risa no es amplia,  pareciera no tener sensibilidad facial, es una sonrisa infeliz.

          Nos hemos quedado  solas, Nuria se ha marchado. Calladas en un silencio que se hace molesto. Podríamos hablar de muchas cosas, por ejemplo: de la cita que tiene pendiente Sofía con Cristóbal,  de lo mal que llevo que Pedro se haya ido de casa e incluso de lo que le está sucediendo a Nuria. La cuestión es que ningún tema es lo suficientemente atractivo como para abordarlo, son deprimentes. Como bien afirma un proverbio: «Sonreír sin motivo es un signo de estupidez». Y no digo yo que no lo seamos —hablo de Sofía y de mí— unas auténticas estúpidas de manual.

21

Estoy llorando, creo que ya he llegado al límite que cualquier persona puede sobrepasar y sin que por ello parezca débil o indefensa. Llorar me relaja, sobre todo el llanto emocional, me genera un estado de bienestar conmigo misma que convierto el problema en obsoleto. Todo es pasado, no hay una realidad tangible —sólo en sueños— un presente que perdure en el tiempo. Un segundo y ha caducado, un minuto y es lejano, una hora y es antiguo, un día y ya es remoto. Las personas tenemos la capacidad de dar carpetazo a todo aquello que nos pueda dañar enviándolo al olvido, donde podemos rescatarlo cuando sintamos la necesidad de hacernos una limpieza emocional. Llorar es beneficioso pero aún así nos empeñamos en contenernos para no mostrar nuestra docilidad, sabiendo que las lágrimas que no se lloran no dejan de existir, tan solo envejecen  y nosotros con ellas. Exactamente es lo que me ha pasado a mí, he retenido tanto el llanto que no tengo consuelo. No son lágrimas jóvenes sino ajadas por el paso del tiempo, de aquellas que no supe sollozar y que ahora vuelven con más virulencia.

          Importante es la enfermedad de Nuria el resto son obviedades que las he catalogado como problemas cuando en realidad son contratiempos. Pero las reacciones pueden ser infinitas —el ser humano es así, o yo soy así—. ¿Dolor o sufrimiento? No acepto el dolor como compañero de viaje, la tristeza del presente por carecer de lo que amo. Me siento incapaz de afrontar que todo mi mundo se ha ido al carajo, alargando ese proceso hasta llevarlo a otro nivel; al del sufrimiento. La inseguridad de no saber cuándo se va a terminar bloquea mis expectativas de volver a ser feliz algún día. De ser la Julia de antes. En un artículo que he leído sobre las reacciones del ser humano ante una pérdida viene a decir que hay que ser optimistas pero no imprudentes. Yo he sido esto último, tomando decisiones a la ligera, haciendo alarde de mi gran fortaleza para sobreponerme a situaciones que creía tener controladas sin darme cuenta que eran ellas las que en realidad me controlaban a mí.

            Pienso —y todo lo que estoy pensando forma parte ya del pasado— que he sido injusta con todos los que me rodean. Sobre todo con Nuria y con Cristóbal. Ella solo quería que las cosas fueran como antes, una reconciliación entre Sofía y yo hubiera sido lo esperado para que todo se mantuviera dentro de lo habitual. Tal vez porque tenía la certeza de que su vida iba a dar un giro de ciento ochenta grados y se aferraba a la posibilidad de que algo permaneciese inamovible. Y Cristóbal, qué decir de Cristóbal, él es el que más me duele y creo que con eso lo digo todo.

            Mi nombre sigue correteando por boca de la gente y aún siendo la derrotada de esta batalla me siguen viendo como la mala pécora de la historia. Tengo varios whatsapp de él pero no he contestado a ninguno de ellos. El altercado que tuve hace unos meses al salir de una cafetería me hizo sentir una mujer mundana, frívola, —sin merecérmelo, por otro lado—. Tengo miedo que se repita aquel episodio en el que fui vapuleada en público. No es el caso pero me sentí como miles de mujeres que tuvieron que padecer el «Privilegio de la venganza por sangre» para restituir el buen nombre del marido ante una sociedad que vitoreaba el derecho de matar a la mujer por adúltera.

          Contuve las lágrimas hasta llegar a casa. Una vez a salvo de miradas y comentarios condenándome —en un sentido metafórico— a ser lapidada, tuve una sensación de ingravidez, como si mi cuerpo no pesase y entrara en caída libre hasta desplomarme contra el suelo. Allí permanecí hasta que el móvil vibró dentro del bolso, ese fue el primero de los whatsapp a los que me he referido anteriormente: «No sé si es adecuado pedirte que nos volvamos a ver pero me gustaría que aceptases». Inmediatamente pulsé «Vaciar Chat», próxima pregunta: «Cancelar» o «Vaciar»; y no pude borrar su recuerdo aunque estaba de acuerdo en el que no era el momento adecuado. El resto se han ido espaciando en el tiempo hasta configurar una lista de ocho: «Si no deseas verme por favor dímelo» «Te echo de menos, no sabes cuánto» «La última vez que estuvimos juntos fue diferente, tú también lo sentiste, no puede ser que lo sintiera yo solo» «Tu silencio me hace mucho daño Julia» «Quedemos aunque solo sea para hablar, te necesito» «Estoy dispuesto a hacer lo que me pidas, pero veámonos, te lo suplico amor». Los leo y releo, es lo único que me queda. Visito el WhatsApp: 22 DE ENERO DE 2019 último: «Ok no te molestaré más, un beso y hasta siempre Julia».

          Se despide y a partir de ahí me sumo en la desesperación. Tengo la sensación de que lo he perdido todo —tengo la sensación ¡qué ingenua!— reestructuro la frase: lo he perdido todo. Limpio las lágrimas con el dorso de la mano, esta vez no voy a retenerlas, estoy cansada de tener esta opresión en el pecho, necesito liberarme de la culpa que se cierne sobre mí. Sonido de notificaciones, hay dos sin leer, enjugo mis ojos no puedo creer que… que… «Perdóname que insista pero no puedo estar más tiempo sin ti» «Por favor, contéstame aunque sea para decirme que no quieres saber nada de mí». ¡Es él de nuevo! Mientras que el entusiasmo se abre paso entre el llanto, recibo otro: «Te amo». Y sonrío exultante. Va a ser verdad que podemos llorar y sonreír a un mismo tiempo.

         Estoy llamando a Nuria, necesito una persona que me diga lo que debo hacer y quién mejor que ella para que me aconseje al respecto. Tercer tono y no descuelga ¿estará bien? Soy una egoísta, sabiendo de su estado, sólo puedo pensar en que me dé la respuesta que necesito oír, la  que quiero oír, no la que tal vez me conviene. Cuarto tono y…

          —¿Sí?

          —Soy yo.

          —¡Joder Julia, ya lo sé! ¡Cómo no digas otra cosa!

          Sí, está bien, su contestación me lo confirma.

       —Es lo que se suele decir antes de iniciar una conversación; a modo de presentación.

          —Me imagino que con gente desconocida que sólo aparece su número de teléfono en pantalla, supongo, pero que me lo hagas tú… ¡Qué nombre crees que te puse   cuando te guardé en contactos!

          —Pues conociéndote como te conozco, estoy segura que no figuro con el mío.

          —Jajaja, pero sé que eres tú.

          —¿Me lo vas a decir?

         —La verdad es que al principio si aparecías como Julia pero con el tiempo, lo volví a editar y te lo cambié.

          —Y cuál pusiste.

          —Si me prometes que no te vas a enfadar.

          —¡Pero qué nombre me has puesto para que te tenga que prometer tal cosa!

          —Uno que te va que ni pintado: La redicha.

          —¡¡¿¿Cómo??!!

          —Sí, te iba a ver puesto como La pedante pero finalmente me decanté por el otro, es más refinado.

          —Ya lo creo. Hasta queda bien para el título de una novela.

        —Pues como título no sé, pero hay un personaje en ¡Prohibida la ducha! llamado Uma que la apodan La redicha. En ella me inspiré.

          —Pues mira tú qué bien. Y qué novela es, no me suena de nada.

          —Normal, es infantil. Hace unos añitos ya que la leímos mi peque y yo.

          —Eres un pozo de sabiduría, querida.

          –¡Ves como estoy en lo cierto! Yo hubiera dicho: ¡Joder tía, cómo sabes tanto!

          —Jajaja, te creo, no hace falta que me lo digas.

          —A ver, y después de todo este preámbulo me vas a contar el porqué de tu llamada.

         —¡Ejem! Te quería hacer una pregunta un tanto comprometida pero como siempre te vas por Los Cerros de Úbeda… En primer lugar ¿cómo sigues?

         —¡Vaya una jodienda! ¿No me digas que esa es la pregunta comprometida?… Pues en la lucha, pero bien mujer, no te preocupes. Como habrás podido notar mi carácter junto con mi lengua siguen intactos, no puedo decir lo mismo de otras partes de mi cuerpo —haciendo una breve pausa—. En fin, vamos a lo importante, lo mío es cuestión de tiempo y según tengo entendido, todo lo cura. Así que dejémosle a él el trabajo sucio, yo ya tengo bastante con la quimio.

          —Eres una campeona.

          —«A la fuerza ahorcan» como bien dice Diego… ¡Oye! me estás enredando de nuevo y luego dices que soy yo la que se va por los cerros.

         —Me ha llamado… bueno no… me ha estado poniendo whatsapp. En el último me ha puesto que me amaba.

          —¡Ostias! Y qué vas a hacer.

          —Esa pregunta es la que te tengo que hacer yo a ti, no tú a mí. ¿Me explico?

       —Ah… ahora entiendo. Entonces comencemos por el principio y más importante: ¿qué quieres que te responda? Con lo que quieres o con lo que debes hacer.

          —Dímelo tú.

       —Ah no… este marrón es tuyo. Te puedo dar un consejo, si me lo pides, pero la decisión final la has de tomar tú solita. Es más, te diría que pensaras muy detenidamente los pasos que vas a dar, esto no es un juego, hay demasiadas personas implicadas, incluyendo un menor.

          —Lo sé.

       —Habla con él, que te explique qué es lo que tiene pensado hacer, si se va a divorciar, a separar… no sé Julia, creo que es lo más sensato antes de tirarte a la piscina de nuevo. Aún así ten mucho cuidado, se prometen muchas más cosas de las que verdaderamente se pueden cumplir. Asegúrate que dice la verdad y pídele, exígele pruebas de que lo va a hacer realmente. No te expongas a un nuevo juicio popular, no quiero que te hagan más daño. Date tiempo para reflexionar y reforzar lo que un día tuvisteis —cerciorándote de que no fue sólo sexo— salvaguardando tu integridad emocional, de esta forma te darás cuenta de cuáles son sus verdaderas intenciones. Deja que sea él el que se parta la cara con todo el mundo por ti, que te garantice que tienes un futuro a su lado. Tú limítate a esperar, a amarlo con pausas, ya lo has perdido todo, ahora es tiempo de que lo vayas recuperando.

           —Y si lo deja todo por mí…

     —Entonces estaremos de enhorabuena y tendremos que festejarlo. No tengas remordimientos si esto llega a suceder, ella tampoco los tuvo contigo aquella tarde. Si finalmente se divorcia es porque te ama a ti. Al principio me engañó con su papel de víctima, de esposa engañada, pero con el tiempo me he ido dando cuenta de que es una manipuladora, utilizando al hijo que tienen en común, para imponer su voluntad distorsionando la verdad. Es muy posible que ese matrimonio haya dejado de funcionar como tal hace ya muchos años, pero el rencor, la rabia y el despecho se van cosechando poco a poco y en silencio hasta que comienzan a hacerse notar. Entonces te agarras a cualquier cosa que te pueda servir para lograr tus propósitos aunque estos sean destruir a la persona que ha estado conviviendo contigo durante ese tiempo. Algo tan mezquino que solo las personas amargadas y con malas entrañas son capaces de hacer.

           —¡Joder Nuria, me dejas sin palabras!

          —La redicha diciendo palabrotas, si es que al final eres de carne y hueso como las demás. Y ahora no te me pongas a llorar, que te conozco, ya va siendo hora de que lloren otras por ti ¿no crees?

           —Totalmente.

           —Pues entonces a disfrutar que la vida son dos días y ya vamos teniendo una edad.

           —Jajaja, por qué siempre tenemos que acabar riéndonos.

       —Porque es la mejor manera de despreciar al sufrimiento y porque para llorar siempre hay tiempo.

           —Espero que la próxima vez sea de alegría.

          —Eso ni lo dudes, este año va a ser por entero de celebraciones.

          —Un beso guapa.

          —Ok, y tenme informada.

          —Lo haré.

Una historia más.

Amigas mías.

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Elia castro Gordillo

 

 

18

No sé si he hecho bien, pero ya no puedo dar marcha atrás. Las agujas del reloj siguen su marcha impertérritas ante mi preocupación por lo que voy a hacer. Cada minuto es una gota de sudor que recorre mi cuerpo acercándome a la hora que he decido que sea mi ejecución pública o al reconocimiento al coraje demostrado. Tengo que comenzar a vestirme, no son nada impuntuales y en esta ocasión como mediadora que soy no debería confirmar la fama que me precede.El reloj del salón marca las 6 h  con las Sigue leyendo “Una historia más.”

Una historia más.

Amigas mías

 

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16

 

Estoy desembalando el pedido que acaba de llegarme cuando a mis espaldas suena la campanilla de la puerta.

            —Buenos días… o buenas tardes… o buenas mediodías…

Me giro, la voz me es conocida y ¡cómo no! Es Nuria, inconfundible hasta en la forma de saludar.

            —¿Qué dices? —pregunto.

            —Nada, la verdad, es que siempre me hago un lío con lo de las horas… —Se queda pensativa—. ¿Antes de las 12 h se debe decir: ¡Buenos días! ¿no?… y después será ¡Buenas tardes! ¿verdad?… y no antes de las 20 h ¡Buenas noches!… Es así o no. Sigue leyendo “Una historia más.”

Una historia más…

Amigas mías

 

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Elia Castro Gordillo

 

 

 

 

14

 

No me encuentro con ánimos para hacer nada. Me quedaría echada en la cama todo el día. Lo que prometía ser un sábado estupendo, como hace tiempo, resultó ser de lo más espantoso. Me he despertado  como si fuese un lunes y tuviera que ir a trabajar. Después, cuando he mirado el reloj, he visto que no estaba la alarma puesta con lo que he deducido que hoy era domingo. Otro fin de semana a la basura. Me he vuelto a meter de nuevo en la cama y desde entonces continúo en ella. ¿Cuánto tiempo llevo? Exactamente no lo sé pero deben de ser horas y creo que mi intención es de seguir unas cuantas más. Sigue leyendo “Una historia más…”

Amigas mías…

Amigas mías

 

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Elia Castro Gordillo

 

 

 

12

 

            —Siento haberte llamado, pero no sabía qué hacer. Espero que no estuvieras ocupada.

            «¡Ocupada!». Por qué da por hecho, que no puedo estar; «¡ocupada!». ¡Joder, tan difícil es creer que puedo tener una vida más allá del trabajo y las clases de Kizomba! Me entran ganas de espetarle: «Sí, estaba ocupada. Con Cristóbal ¿recuerdas? ese con el que te besaste hace unas cuantas noches y que por eso no sabes ahora mismo dónde está tu marido. Si no tuvieras la lengua tan larga esto no estaría pasando». Y me quedaría tan a gusto ¡joder! —Gracias Nuria por introducir en mi vocabulario esa magnífica palabra.

          —No te preocupes, no era importante —pero sí que lo era y también que te deberías de preocupar—. Cuéntamelo todo.

            —Pero si ya te lo he contado todo. No hay nada más qué contar.  Ahora sólo quiero saber de su paradero, desde anoche no tengo noticias de él; estoy preocupada, se marchó con el coche y tengo miedo de que algo le haya podido suceder. Sólo tengo un whatsapp de Nuria a las 3.30 h de la madrugada diciéndome que no me preocupara que todo estaba bien. Desde entonces no he vuelto a saber nada más. Pero la verdad es que no he podido dormir casi nada. Sigue leyendo “Amigas mías…”

UNA HISTORIA MÁS…

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Os deseo una Feliz Navidad.

Ahí os dejo los dos siguientes capítulos de Amigas mías (inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual) Espero que os vaya gustando. ¡Gracias!

 

Amigas mías

 

 

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10

 

 

    —Me gustaría contarte ciertas cosas que he estado haciendo a espaldas tuyas.

            Patricia en un arranque de sinceridad  como el que tuvo conmigo estaba dispuesta a coger al toro por los cuernos, a esperarlo «a puerta gayola» recién sale del chiquero, sorteando la embestida incierta pero con furia para mostrarle el engaño. Sigue leyendo “UNA HISTORIA MÁS…”

Una historia más…

Hola a todos de nuevo:

Hace algún tiempo, comencé a escribir una pequeña historia en mi página, Peor es nada que se fue convirtiendo poco a poco en un libro titulado: Amigas mías. Los siete primeros capítulos de los treinta y uno que la componen los compartí con vosotros dejando de hacerlo para dedicarme más de lleno en la labor de escribirla más pausadamente. Ahora, una vez terminada, he decido regalárosla en forma de dos capítulos por semana. Os dejo la sinopsis para que tengáis una pequeña visión en conjunto de la novela:

Cuatro mujeres —Sofía, Julia, Nuria y Patricia—, se verán obligadas a poner  a prueba su amistad debido a una serie de circunstancias que las envolverán complicando su relación. Amor, engaño, traición, envida, dolor… son algunos de los sentimientos y emociones que llegarán a sentir en ese momento en que sus vidas está más alborotada que nunca.

¿Serán capaces de sobreponerse y continuar con la amistad que desde años las ha unido? O por el contrario ¿tomarán caminos distintos, haciendo que se transformen en simples desconocidas?

Un reto que se irá desgranando a lo largo de la novela, dependiendo de las decisiones que sus protagonistas vayan tomando.

Comenzamos con los siete primeros capítulos —para recordar— y dos más. ¡Ahí van! Espero que os guste. Para hacer algún comentario: marelia69.wordpress.com o bien en la página Peor es nada. ¡¡Gracias!!

Como siempre, agradecer a mi buen amigo Antonio Hernández Moreno por la foto de la portada.

 

 

Amigas mías

 

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Elia Castro Gordillo

 


 

 

 

 

 

1

La tarde estaba transcurriendo con total normalidad, las cuatro mujeres allí presentes habíamos acudido a nuestra cita semanal  como era de costumbre desde hacía ya  más de una década. Era una cita obligada y que solo por circunstancias de fuerza mayor podíamos eludir. Estábamos en casa de Nuria —esa tarde era la encargada de  preparar nuestra reunión— cuando  a Julia le pareció una idea estupenda lo de espetarnos sin más que iba a dejar a Cristóbal: Sigue leyendo “Una historia más…”

DESENTENDERSE.

 

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                                                        Foto de Amalia J. Catena.

 

 

Desapareció como agua por el desagüe, como viento que azota, como lluvia que empapa pero no moja, como sol que abrasa… como los días que nos tuvimos envilecidos por el afán de prolongar lo inexistente. Sigue leyendo “DESENTENDERSE.”

UN CRUCERO POR EL CAMPO.

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 Foto de Ilu Salazar.

 

 

Iba subiendo por la escalera mientras se preguntaba cuántos peldaños más tenía que salvar para encontrar el final de la misma y por qué lo habían escogido a él entre toda la muchedumbre que allí se agolpaba. No era secreto lo que se rumoreaba sobre aquella misteriosa escalera. Había oído decir en multitud de ocasiones y por muchas y muy diferentes bocas, que todo aquel que había ascendido por ella jamás había regresado. Sigue leyendo “UN CRUCERO POR EL CAMPO.”