Una historia más…

Amigas mías

 

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Elia Castro Gordillo

 

 

 

 

14

 

No me encuentro con ánimos para hacer nada. Me quedaría echada en la cama todo el día. Lo que prometía ser un sábado estupendo, como hace tiempo, resultó ser de lo más espantoso. Me he despertado  como si fuese un lunes y tuviera que ir a trabajar. Después, cuando he mirado el reloj, he visto que no estaba la alarma puesta con lo que he deducido que hoy era domingo. Otro fin de semana a la basura. Me he vuelto a meter de nuevo en la cama y desde entonces continúo en ella. ¿Cuánto tiempo llevo? Exactamente no lo sé pero deben de ser horas y creo que mi intención es de seguir unas cuantas más. Se ha puesto a llover, oigo las gotas golpeando la ventana como si quisieran entrar, «¡vamos, levántate ya perezosa!». Hasta ellas se han dado cuenta de mi estado de ánimo y contribuyen creando un ambiente de cielo cubierto por nubes grises como mi aspecto. Pero era de esperar —me refiero  al tiempo cambiante— estamos en otoño y tiene fama de ser muy informal junto con su pareja la primavera. Sin embargo el invierno y el verano son más disciplinados, se toman las cosas más en serio. Es más, ya lo dijo Roberto Brasero: «Fin de semana inestable». ¿Hablaba del tiempo o de mi estado emocional? porque ha dado en el clavo. Me cuesta creer que en unas horas pueda haber cambios que te obliguen a replantearte tu escala de valores. «Hay que priorizar» me decía constantemente mi sicóloga, «Valora lo que tienes, lo que has conseguido en todo este tiempo… si te merece la pena continuar hazlo, si no… regresa a la causa por la que ahora mismo estás aquí, hablando conmigo». E de decir, que mi sicóloga no era de las que se quedan ahí sentadas escuchando la retahíla que se supone tienes preparada para el día de la consulta. Porque son consultas, no citas; ya que hay personas que las llaman así: «Tengo cita con mi sicólogo» como si se fueran a tomar unas copas con él, o las hubiera invitado a pasar un fin de semana a París —después de haberle contado sus penurias— ese es el motivo por el cual necesitan una consulta. Yo me entiendo.

          Intentaba aconsejarme sin implicarse demasiado, claro está, se esmeraba en que yo pudiera ver el problema con total objetividad como lo podía hacer ella. Complicado cuando eres la parte afectada y están los sentimientos de por medio. Hasta hubo un tiempo en el cual consideré como una buena opción volver con él. Con la misma persona que me había obligado a buscar en Google a un profesional para mi conflicto. Según él, yo mantenía una lucha en mi interior sobre lo que deseaba y cómo poder obtenerlo, ¡un verdadero imbécil! «Cariño, yo estoy contigo, no hay nadie más» me juraba y perjuraba, «Ves demonios donde no los hay» ¡¿Cómo?! «¡Este tío está chalado!» «¿Qué tiene que ver que me estés poniendo los cuernos con el demonio?» pensaba yo. Pero ahora comprendo la analogía ya que al diablo siempre se le representa con cuernos, vestido de rojo y tridente, un seductor que nos hace vulnerables a sus encantos incapaces de dominar nuestros deseos sexuales, motivo por el que se nos llama: sexo débil. Precisamente eso es lo que me quería dar a entender; que era el mismísimo demonio, que utilizaba cualquier argucia para mantenerme a su lado como esclava de sus bajas pasiones. ¿Haría lo mismo con mi relevo? Probablemente sí, pero no es a mí a quién corresponde divulgarlo, aunque creo que la chica se ha defendido bastante bien difundiendo imágenes de su «poca hombría» en Instagram. ¡Ay Quique, has dado con la horma de tu zapato! No obstante estoy segura de que a este revés sabrás sacarle provecho fundando un club de admiradoras para que te sigan en todas tus fechorías. ¡Con lo que te gusta que te admiren! Si tienen los sicópatas miles de seguidoras que les envían correo expresándoles su admiración, no veo motivo por el cual tú no las vayas a tener. Al fin y al cabo sólo te limitas a practicar con nosotras un juego hedonista en el que, finalmente, nos acabamos dando cuenta de que somos la pieza clave para poder realizarlo, y que nos puedes sustituir en el momento en el que el juego comienza a ser aburrido para ti. Toda una pesadilla hasta que conseguimos desentramar lo que te propones hacer con tus adeptas.

          Tras horas de terapia escuchándome decir lo mismo en cada sesión conseguí darme cuenta que el camino que estaba recorriendo era un callejón sin salida, siempre el mismo trayecto y con los mismos inconvenientes. Me dejaste, sí, finalmente tenías que hacerlo, de alguna forma te obligué a ello con mis preguntas de mal gusto —según tú— de incesantes reproches, de cuestionar nuestra relación… yo comenzaba a ser un estorbo más que un apoyo. Así que una noche —al regresar de no sé dónde— me dijiste que no podías más, que nuestra casa se había convertido en uno de los pabellones de Auschwitz donde sientes odio, pena, frustración… ¡Hijo de puta! Tal vez la visita de horror que hicimos años atrás a nuestra ruptura definitiva al mayor campo de exterminio que ha existido, te sirvió para hacer tal comparativa. «Odio» «pena» «frustración» fueron las mismas palabras que utilizaste cuando nos encontramos en el llamado: «Bloque de la muerte» donde las celdas de castigo aún se conservan como también la habitación de los «Juicios» donde las ejecuciones eran ejemplares… Me revolviste el estómago, al fin conseguía ver la clase de tipo que eras. Al que no le importa el sufrimiento sino que se retroalimenta de él. Me di cuenta que fue entonces cuando comenzaste a urdir un plan para someterme a ti, menoscabando mi dignidad, haciéndome sentir fea. Tus bien escogidas palabras hacían que el desprecio que podía llegar a sentir hacia ti se volvieran en mi contra, reprochando mi desconfianza. «Eres la luz de mi vida» «Tú me haces ser mejor persona» «Contigo encuentro la paz que tanto busco» «Por ti muero, Sofía».  Y yo me derrumbaba, me dejaba caer para que tus brazos me volvieran a sostener en la mentira. Queriéndome en el engaño, haciéndome el amor en tu tela de embudo, besos llenos de veneno, extremadamente dolorosos pero igualmente satisfactorios para una enamorada. Cada vez que terminabas de hacerme el amor —no quiero pensar que simplemente me follabas— volvía al mundo real donde mi yo —de mujer— me recriminaba por lo que acababa de consentir. «Te está utilizando Sofía» «Sabes que ya no eres la primera» «Se volverá a marchar».

          Como despedida: «Te llamaré, guapa». Porque por aquel entonces se suponía que ya habías salido de mi vida, estaba en terapia e intentando olvidarte. Así pasé medio año, amándote entre charla y charla con mi sicóloga. Di un paso más y me propuse no aceptar tus invitaciones al sexo rápido ¡no sabes cuánto me costó! Rechazar una y otra vez tus: «Te necesito mi amor, te juro que te amo» porque aún no habías desaparecido del todo, aún no, sólo estabas ausente. Y yo continuaba amarrada a mi desdicha queriendo seguir amando el dolor. Fue cuando te (me) perdí para siempre, toqué fondo y en medio del lodazal pude ver más claro que nunca impulsándome para salir a la superficie y poder respirar. Más sola que nunca en un mundo en el que las personas seguían sus vidas sin reparar que tenían una nueva compañera de viaje.

DIARIO

Domingo 13 de noviembre

Todo se ha confabulado para que nada saliera bien. Iba predispuesta con las mejores de las intenciones pero parece ser que no era ni el día indicado ni las circunstancias las más propicias. Hoy me he levantado con unas ganas tremendas de llorar arrepentida por lo sucedido y que yo misma provoqué. Alenté a Cristóbal a que tuviera una imagen deplorable de nuestro encuentro. Seguro que no quiere volver a verme, al menos de la forma que yo deseo que me vea. Me gustaría tener el valor suficiente para llamarlo pero no puedo, finalmente soy una cobarde. En eso tiene razón Patricia, y me fastidia tener que dársela; a ella, a una mujer que ha probado el sabor de los labios del hombre que quiero antes que yo. ¿Qué quiero? o ¿Al que quiero? Porque aunque parece lo mismo no lo es. ¡Uff! de vuelta con mis inseguridades.

      Cierro el diario, no puedo escribir ni una palabra más. Pongo la alarma del despertador porque mañana sí es lunes y ¡joder! tengo que dejar de llorar  o me despertaré con los ojos tan enrojecidos que ni el corrector será capaz de disimular. Sólo una cosita más: creo que me estoy aficionando demasiado al ¡joder! de Nuria; voy a tener que poner un límite.

15

Acabo de cometer un grave error. Me quedo en la cama escondiéndome bajo las sábanas hasta que él desaparece. No quiero tener que despedirme, ni muchísimo menos oírle decir que ha sido un placer volverme a ver. Él tampoco se esperaba que lo llamase un sábado, ni un domingo, ni un lunes… no lo esperaba, sin más.

            Estoy aburrida, es sábado y no tengo ningún plan para salir. Me niego a pasar uno más con pijama y comiendo patatas fritas. Antes no necesitaba planificarlos, simplemente con quedarme en casa era más que suficiente. Una cena frugal, unas copas de vino frente a la televisión y probablemente unos besos que desembocaban en una escena pasional. Hoy he vuelto a tenerla pero sin película ni cena. Ahí radica la diferencia. Una llamada, una excusa —no sé qué tanto de creíble, pero no es mi problema— y todo solucionado, licencia para estar conmigo. Esta noche es mío. No  pienso en nada más, solo en que después del divorcio vuelvo a tener a alguien en mi cama y mucho mejor si sé que ese alguien me va a responder como yo espero. Hace tiempo que no nos vemos, que me dejó por su mujer, pero hoy tengo la necesidad de sentirlo de nuevo entre mis piernas y parece ser que él también necesita recordar viejos tiempos.

            Lleno un par de copas de vino y las dejo sobre la mesa junto a una vela encendida que desprende un sutil aroma a esencias afrodisíacas que despiertan la sensualidad en poco tiempo. Cojo del armario el vestido negro de bajo asimétrico con fruncido lateral que se ajusta a mi silueta. Lo deslizo suavemente por mi cuerpo hasta que los tirantes espaguetis se quedan reposando sobre mis hombros haciendo que no caiga al suelo. Me calzo unas sandalias de punta cuadrada con unas finas tiras que rodean mis tobillos en color nude, con unos tacones considerables que parecieran haberse creado para tal ocasión —otra ocasión, no esta— pero quiero estar deslumbrante así que no importa que sean otros ojos los que me miren. Recojo la melena en una coleta alta y bien estirada permitiendo ver con total claridad mi rostro pincelado ligeramente en tonos marrones claros y unos labios en rosa palo. Del joyero escojo unos pendientes de aro dorados y un anillo grueso dando al conjunto un toque sofisticado. Llaman a la puerta; justo a tiempo.

        Abro e inmediatamente me vuelvo ofreciéndole la imagen de una espalda totalmente descubierta hasta el límite permitido para la provocación pero sin caer en lo soez. Ando con pasos gatunos  y de sobra sé que se está resistiendo a su instinto de cazador marcando una distancia prudente para no caer sobre su presa. Le ofrezco la copa. Bebe mirándome por encima del borde de la misma. «Simplemente espectacular» —dice— dejando la copa. Se acerca, me coge de las manos y me hace girar sobre mí misma, «Deslumbrante como siempre, pero esta noche te has superado». Callo, creo que el comentario no admite respuesta. Deja mis manos libres para agarrarme por la cintura y atraerme hacia él. No pongo impedimento, su contacto me agrada, su olor me trastorna y su forma de llevarme tan seductora me conquista. Toma mi copa y la deja junto a la suya. Besa mi cuello mientras que rodeo con mis brazos el suyo, me lleva consigo hasta el borde de la cama, allí hace que el vestido resbale hasta mis pies dejándome expuesta a su mirada. Me sorprendo porque es una mirada de deseo pero al mismo tiempo es cálida, acogedora… como sus manos que recorren mi cuerpo con delicadeza, tomándose su tiempo… como su boca que acaricia cada palmo del camino, ascendiendo muy lentamente hasta llegar a la mía. Me sobrecoge tanta dulzura, tanta generosidad y no puedo —no quiero— resistirme a todo ello. Siento su cuerpo pegado al mío incitándome a seguir su vaivén, esperándome en cada suspiro acompañado por un suave gemido. No es él, no es su forma de amarme, él no es tan bondadoso, tan compasivo. Tengo miedo, me ha hecho recordar otras noches y no es lo que esperaba que sucediera. Yo solo necesitaba a su sexo, al deseo descontrolado que te deja exhausta, a unas sábanas revueltas como hacen tiempo que no lo están.

          Se queda unos minutos a mi lado, en silencio, oigo como su respiración se va enlenteciendo. Me besa el hombro que he dejado al descubierto —por descuido— y en unos segundos desaparece. Nada de: «Ha sido un placer volverte a ver» como yo esperaba que dijera. ¿Por qué? Hoy no pedía ser amada. Hoy quería olvidar que un día lo fui, intentar que por una noche desapareciera la imagen de Cristóbal mientras nos amábamos pero lo he tenido más presente que nunca. Por eso estoy convencida de que ha sido un grave error, porque me has demostrado que tú también sabes amar como lo hacía él y me duele. Tal vez sea que has aprendido a verme de otra forma muy distinta, a sentir que puedes darme lo que tanto te rogué y que en su día me negaste, o quizás que todo este tiempo sin mí te ha hecho mella. No puedo continuar, eres una equivocación en mi vida y ahora mucho más. Sé que no vas a estar a mi lado, que nunca vas a abandonarla, por ese motivo es que me niego a que me vuelvas a amar de esta forma, guárdatelas para ella. En ti busco otra cosa muy diferente: amarnos sin medida, sin control, a deshora, en cualquier lugar, no en deshacerme por dentro como lo has hecho hoy, en dejarme desamparada cuando te has ido, hacer que el engaño me duela tanto o más que a ti.

          El agua de la ducha está fría, hoy la prefiero así. Necesito borrar sus huellas, su olor… aunque no quiera. Hoy la he sentido vulnerable entre mis brazos, he sentido que debía amarla, protegerla, aunque sólo fuera por esta noche. Me he sorprendido haciéndole el amor como nunca antes lo había hecho, me ha inspirado ternura. ¡Uff! Tengo que dejar de pensar  en ella de esta forma, no puedo estar enamorándome, no debo, yo no soy así. Me seco dejando que unas gotas discurran por mi cuerpo, no quiero que tu recuerdo se desvanezca tan pronto y me voy para la cama que comparto desde hace una década con una mujer que desde hace mucho tiempo ha dejado de ser amante.

          —¿Qué hora es? —pregunta.

         —Tarde, Carlos se ha puesto algo pesado y hemos tenido que pedir una ronda más —contesto.

         Me da la espalda —tal vez no se haya creído lo de ir a tomar unas copas con los amigos—. Sinceramente me da igual, estoy cansado de tener que dar explicaciones cada vez que entro por la puerta. Lo he intentado mil veces y de mil formas diferentes pero no hay reconciliación posible a no ser que me someta a sus amenazas o advertencias. Tengo muy claro que no soy el hombre perfecto y que el hecho de que mi mujer se haya distanciado de mí, no es excusa para que busque en la calle lo que no encuentro en casa. Llevo años conviviendo con el desprecio, con la indiferencia y me consta que si seguimos con esta farsa de matrimonio es por nuestro hijo —al menos yo—. Por parte de ella ya me lo dejó bien claro en una ocasión: «Jamás voy a concederte el divorcio a no ser que sea bajo mis condiciones y estoy segura de que no te van a gustar lo más mínimo». El quedarme sin nada tampoco es que me importe mucho pero olvidarme de Javi como si nunca hubiera existido, eso no lo podría soportar. Así que accedo a sus imposiciones, a su sed de venganza y de  rencor que la han transformado en una mujer fría y despiadada.

          Confieso que durante todo este tiempo he mantenido una aventura —llevado por la indiferencia de Lucía—; momentos de amargura que los he acabado pagando con mi amante. Necesitaba quitarme de encima el odio y con el mismo, hacer el amor sin piedad e incluso con crueldad diría yo. Pero esta noche no he querido ser así, me he despojado de la rabia antes de volverla a ver y amarla ha sido como un bálsamo sobre la piel que me ha curado las llagas, las heridas. Me agrada saber que puedo volver a amar con sensibilidad, que puedo ser afectuoso haciendo que el hombre en el que me he convertido desaparezca por instantes. Debo desechar estos sentimientos, no harán más que hacernos daño. Tengo que continuar con la fama que he cosechado —falsa como mi matrimonio— pero tan cierta como que Julia es mucho más que un entretenimiento para aliviar el dolor.

 

 

 

 

 

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